lunes, 30 de noviembre de 2015

'El abuelo murió...' anuncio Edeka Navidad 2015



Comienza la navidad y, con ella, las grandes marcas nos inundan con sus anuncios y campañas publicitarias. Últimamente, si los analizamos un poquito, nos daremos cuenta que muchos de ellos tratan de pellizcarnos con algún mensaje que nos revuelva, que nos emocione.

Las emociones.

Este anuncio que os traigo aquí emociona. A mí me ha emocionado. No entiendo el alemán. No hace falta. El mejor anuncio publicitario es aquél que cualquiera que lo vea puede entenderlo sin necesidad de conocer o saber lo que se dice. Simplemente lo imaginamos. Simplemente, tal vez, lo sabemos.

La última campaña de la cadena de supermercados alemanes Edeka ha generado miles de comentarios y repercusiones en las redes sociales, y el vídeo se ha convertido en un fenómeno viral. Las reacciones son unánimes: el anuncio navideño, denominado “Es tiempo de volver a casa” emociona y ha sido objeto de todo tipo de elogios.

Lo protagoniza un señor mayor que llega a casa con su perro, cargado de bolsas, y empieza a escuchar los mensajes de sus hijos anunciando que están lejos, que tienen trabajo, y que no podrán ir en Navidad con él. Todos le prometen pasar la próxima Nochebuena juntos, pero pasa el tiempo sin que la promesa se cumpla y el hombre se queda solo en Nochebuena, con el árbol como única compañía.

Algo ocurre después, de manera sorprendente. Lo que sigue es mejor que lo veas con tus propios ojos, pero seguro que te hará reír, reflexionar y también llorar. El mensaje es muy bonito y contundente: nos recuerda que los años pasan y que hay que disfrutar de los nuestros mientras podamos, que la Navidad es un buen momento para volver a casa a celebrarlo con los que más queremos. 

En un fecha tan especial, el vídeo de Edeka representa, sin dudas, un certero golpe al corazón, con inteligencia, sensibilidad y mucha creatividad. Para aplaudir de pie...

Dice Erica Smith que...

"Solo cuando la mente está quieta somos capaces de ver con claridad y de oír plenamente."

domingo, 29 de noviembre de 2015

29.11.2015... Y la colleja!

Final de semana. Fin del domingo.

Tal vez debería ser el día de descanso, como marcan ciertos ritos. Desde hace veinte años el domingo, para mi,  es como ese primer día de la semana, o ese día de transición en el que desde la tranquilidad y vitalidad que te aporta tu verdadero espacio, tu casa, preparas y organizas lo prioritario del resto de lo que será la semana, hasta el viernes.



Es como un ritual

No dejo mucho a la improvisación. Primero rindo cuentas conmigo mismo. Reflexiono sobre los temas que han quedado pendientes la semana anterior, o aquello que voy retrasando porque es más complicado o menos agradable. Repaso mentalmente lo prioritario, los objetivos y tareas, abro la agenda y voy ocupando fechas. Busco hasta esos recovecos que pueden convertirse en mis momentos.

Prácticamente todo lo dejo anotado y escrito. Todo lo que venga sin programar, bienvenido sea pero, las tareas prioritarias trato de cumplirlas incluso, hasta, las que escribo como personales: estudios, lecturas varias, artículos y un mínimo de 40 km entre running y power walking.

Es una de mis recomendaciones como  Coach Personal. Así llego al lunes con ilusión y dispuesto a enfrentarme a todo lo que se ponga en el camino. 

Es cierto que, por algún motivo, algún domingo no lo he hecho y puedo asegurar que la semana se convierte en algo más desordenado y tenso.

Y sí, mi día de descanso mental es el sábado: mi particular Sabbat. 

Es curioso pero mientras que escribo estas líneas, repasando, como he comentado, los días pasados, estoy escuchando un tema de enorme belleza que creo voy a compartir con vosotros porque, sinceramente, Giovanni Allevi interpretando Aria me está transportando a no sé qué poético lugar... impresionante:


Cambio de ritmo. Parece que estamos en pre campaña electoral. Voy a tener bastante tiempo de comentar por aquí lo que opino y pienso. Una opinión como la mía puede resultar bastante absurda o, simplemente,  sirve de poco ante tanta mayoría o tanto listillo, pero como me muevo en un estado de libertad personal y mental cada vez más agudizado y público, escribiré aquello que me parezca. Como siempre. 

Mi voto está claro y lo va a tener el proyecto en el que he creído y trabajado siempre y, en este caso, también, la persona que lo representa, Mariano Rajoy. Tan libre soy de pensar lo que pienso como otros de pensar o hacer lo que les venga en gana.

Cuando creo debo opinar sobre aquello que no me gusta, o que creo no se está haciendo lo suficientemente bien, lo he hecho, lo hago y lo haré, aunque eso signifique ir a contracorriente. 

Y hablando, casualmente, de Mariano Rajoy. Me ha resultado realmente sorprendente que, durante toda esta semana, más allá de los datos positivos en la economía, de las acertadas o menos acertadas decisiones, de las interesantes propuestas que se están ofreciendo para que el país continúe consolidando el crecimiento económico, de lo que más se ha hablado es de 'la colleja'. 

Sí, me refiero a la colleja que Rajoy padre dio a su hijo cuando grababa uno de esos programas al que ahora asisten los candidatos para mostrarse más cercanos al resto de los ciudadanos.

Fue en un programa deportivo. El hijo apareció por allí y tras hacerle alguna pregunta por parte de los entrevistadores, se 'subió' un poco -como dicen los chavales de hoy- e hizo una crítica tildando de 'basura' a no sé que comentarios de uno de los periodistas deportivos.

Claro, algo que parece normal para cualquier padre, dar una colleja a su hijo cuando dice o hace algo no correcto; algo que, sin duda, todos hemos recibido en alguna ocasión y que, desde luego, nos ha venido bastante bien, para la falsa progresía prácticamente es un delito. Más o menos habría que denunciar al Presidente del Gobierno de España por ser padre y hacer lo que cualquiera habríamos hecho. Seguro que ahora le estarían criticando por lo contrario en caso de no haberlo hecho.

Yo no lo vi pero, ante tal revuelo, no me quedó más remedio que hacerlo

Me ha hecho bastante gracia y, sobre todo, me ha parecido ver al presidente-persona, al político-padre que, en un momento, se aleja del protocolo encomendado, está a gusto y, como si estuviera en el salón de su casa viendo la tele con sus hijos, le arrea una colleja porque uno de ellos dice algo desafortunado. Pues perfecto. 

Me hubiera gustado que, durante estos cuatro años, esos que parece saben de todo, hubieran dejado más al Presidente Rajoy ser Mariano Rajoy. Posiblemente tendría una imagen mejor valorada de la que tiene. A eso me refiero cuando hablo del Líder Político Emocional (pronto publicaré un artículo por aquí): ser persona, ser sensible a las emociones, comportarse como uno más, ser cercano al resto.

Algunos, de verdad, aún siendo lo mayores que somos, necesitamos alguna que otra colleja. Sobre todo, aquellos que van de populistas y políticos modernos y luego les cuesta dar el nombre de un libro de filosofía. Y de eso, también, hablaremos.

Ahora, es la hora... feliz noche y semana.

La diferencia entre deseo y objetivo es tu compromiso.

sábado, 28 de noviembre de 2015

28.11.2015 La leche de la vaquita...!!!

Un auténtico sábado envuelto en quietud. Una quietud deseada, buscada. Uno no puede estar, a estas alturas de la vida, con más proactividad, si cabe, que cuando tenía diez años menos. 

Quietud es carencia de movimientos, es reposo, es descanso. Quietud es estar quieto y en esa calma es cuando tu mente se somete al pensamiento libre, sin agentes o ideas externas que lo distorsionen.




He leído hoy uno de esos cuentecitos metafóricos  de los que extraemos siempre alguna enseñanza para reflexionar. 

He querido dejarlo hoy por aquí, como reflexión y ejemplo.

Dice así: 

Venerado como uno de los hombres más sabios y bondadosos de su época, un anciano maestro que llevaba días caminando con su discípulo divisó, a lo lejos, una casucha en lo alto de una montaña. Decidieron acercarse y pedir agua y cobijo para pasar la noche. Sin embargo, fue una casita en ruinas y, en la puerta, una pareja y sus tres hijos pequeños, todos desharrapados y desnutridos. A pesar de la pobreza, la pareja acogió a los visitantes de la mejor forma posible, ofreciéndoles agua, parte de la escasa comida que tenían y la única habitación de la casa para que descansaran. Agradecido por aquella generosidad, el viejo sabio preguntó: "Veo que sois buenas personas y honradas, pero ¿cómo sobrevivís en un lugar tan pobre y apartado?" "¿Ve usted aquella vaquita? Pues estamos vivos gracias a ella.", respondió el cabeza de familia. "A pesar de estar tan flacucha, todos los días nos da leche para beber y poder hacer un poco de queso. Y cuando sobra, cambiamos la leche por alimentos en la ciudad. Si no fuera por ella, ya estaríamos muertos", añadió, y se fueron todos a dormir.Al día siguiente los visitantes agradecieron la hospitalidad y partieron. Ya llevaban caminando unos minutos cuando, al pasar por un precipicio que bordeaba la carretera, el sabio paró y le dijo a su discípulo: "Vuelve a la casa, coge la vaquita flacucha y tírala al abismo." El aprendiz se quedó atónito: "Maestro, la vaca es el sustento de esa familia; sin ella se van a morir...". Pero de nada valían sus argumentos. El anciano solo lo miraba, en silencio, hasta que el alumno se calló y, a disgusto, hizo lo que le habían ordenado.Pasaron varios años, pero pensar en lo que habría sido de aquella pobre gente no dejaba de atormentar al discípulo. Entonces, un día, carcomido por el remordimiento, decidió volver para pedirles perdón. Sin embargo, al llegar, se encontró un escenario que lo hizo sentir aún más culpable. En vez de la casucha en ruinas, vio un lugar bonito, con una casa enorme, piscina y varios empleados. El aprendiz pensó: "Pobres desgraciados, si no murieron, seguro que se vieron obligados a vender sus tierras y deben de andar mendigando por ahí". Se dirigió a un hombre robusto y bien vestido, que parecía ser el dueño del lugar, para preguntarle si conocía el paradero de la familia que vivía allí. Entonces, para su asombro, el sujeto respondió: "Hombre, claro que lo sé, somos nosotros mismos".Al momento reconoció al hombre, así como a la madre y a sus hijos,  que ya no estaban desharrapados como antes, sino que eran tres jóvenes fuertes y una mujer guapa bien arreglada. Atónito, le dijo al que fuera su anfitrión: "¿Pero qué paso? Hace algunos años, estuve aquí con mi maestro y no había más que miseria. ¿Cómo pudisteis mejorar tanto?" A lo que el sonriente hacendado respondió: "Teníamos una vaquita que nos proporcionaba alimento pero, el día que os fuisteis, se cayó por el desfiladero y murió. Al principio, creíamos que íbamos a morirnos de hambre. Pero, ante la necesidad, todos tuvimos que dedicarnos a hacer otras cosas para ganarnos la vida, lo cual nos ayudó a descubrir habilidades que ni imaginábamos. Y el resultado es este que ves".

Creo que el significado es claro. Nos acomodamos. Muchos de nosotros estamos acomodados, en cierto modo, en nuestra vida. Somos privilegiados. Pero ese privilegio nos frena. No nos apetece ni cambiar ni buscar nuevas formas que nos enriquezcan más, no hablo en lo material. Es como si pensásemos que ya está, que es lo que la vida nos ha dado y por ello, como tenemos la leche asegurada, para qué movernos.

Alrededor de esta idea han estado volando mis pensamientos en este sábado de quietud. Que estemos de lunes a viernes sin parar un solo minuto, no quiere decir que la rentabilidad, espiritual, emocional o económica, sea la esperada o la que realmente a uno le llena.

¿Perder el tiempo? Tal vez. ¿Acustumbrado a la comodidad de la leche de la vaquita? También. 

Feliz noche...

Dice Albert Einstein que...

"El esfuerzo por unir sabiduría y acción se logra pocas veces y dura poco" 

viernes, 27 de noviembre de 2015

Caído y solo en la cumbre...

Caído y solo en la cumbre
y borracho de sirenas,
ajeno a las servidumbres,
nacido entre las miserias.

De la nada llegó al todo
como del todo a la nada,
de conserje abriendo puertas
a tratar a los demás
como simples gilipuertas.

Así fue y así es la vida.

De pantalones campana
a chaquetas entalladas,
de pelo todo engrasado
a melena engominada.

Así fue y así es la vida.

De metro y madrugador
a nocturno con chófer público,
de chatos de vino y tasca
a pedir mantel y carta.

De ser aprendiz de todo
a político de nada.

Y así, como de la nada
lo vimos y lo creímos
que en la nada todo acaba.

De narices en la celda
sin confituras pagadas
sin mariscos y sin saunas
ni esos amores robados.

Es lo que tiene esto, amigos,
de nunca haber sido nada
a ser un  mangante público.

Mi Madrid y... 181: despierta Madrid en Atocha!!!


Nuestra máxima libertad la encontramos siempre en nuestro interior.

jueves, 26 de noviembre de 2015

26.11.2015... Vivir y escribir a un tiempo...!

De la oscuridad de la noche al día, tan solo unos kilómetros. Coger el tren en Getafe de noche y sales de esa cueva artificial a la superficie y la luz te sorprende como despertando al día.

En la plaza se amontonan las gentes, caminan con prisa hacia uno y otro lado. Largas colas en las aceras señalan las diferentes paradas de autobús. 


Posiblemente mi primera decisión del día siempre sea elegir si recorrer los tres kilómetros y medio que me separan de la oficina caminando, o hacerlo en autobús. Todavía, en estas fechas, vence el caminar; el clima lo permite. 



Comienzo a andar las calles, con pasos largos y rítmicos mientras el sol sube marcándome el compás de la jornada. 

Primero esa cuesta inclinada, donde los críos con sus pesadas mochilas a la espalda, lentos, cansinos, se dirigen a las puertas del instituto. Los vehículos rugen marcando su territorio como leones en la selva.

Siempre prefiero desviarme por el parque, ajeno al recorrido más corto. Contemplar el espejo del lago, reflejando un cielo limpio y amarillo de sol, dar los buenos días a la naturaleza mientras respiro algo de vida.

Caminar en la indolente mañana, entre montones de hojas otoñales caídas en el suelo o esas ramas que quedan desperdigadas en los caminos menos transitados. Cientos de pájaros cantan a todos los que cruzamos bajo ellos. 

Varios corredores me cruzan, otros me adelantan, dejándose el sudor zancada a zancada.

Salgo del parque por el norte. Me adentro en esa calle infinita que ahora se llena de unos y otros, trabajadores y estudiantes, que van y vienen, algunos sonámbulos, otros ajenos a esos interminables escaparates que visten esta acera que, tras unas horas, serán enjambres de turismo y consumo.

Un barrendero ennoblece el paisaje urbano con su presencia mientras limpia, con elegancia, esos portales que habitan nobles, empresarios y algún que otro artista. 

Y llego al café, como cada día, bajo la oficina. Los mismos a la misma hora. Sentado, leo la prensa y veo que el viento alborota los abrigos y vestidos, los peinados y bolsos.


Mi día comienza así, y tan feliz.

Tan feliz porque estoy en Madrid, en casa. Llevo unas semanas de arriba a abajo, de tren en tren, de ciudad en ciudad. Ourense, Barcelona y, anoche, regresé de Málaga. Actividades importantes, gestes fantásticas, pero llega uno a cansar. Cansar porque no tienes tiempo de nada, porque no paras, porque ni siquiera piensas y porque te excedes más de lo debido.

Vuelves a casa y parece se enciende la poesía.



Escribir. Cuando estoy fuera no escribo más que en el viaje de ida, en el tren. La vuelta suelo venir medio dormido, cansado, adherido al asiento sin mover ni el brazo. Hasta eso echo de menos en estas semanas.

Leo un post de Virginia Galvin en el que define lo que para ella es escribir:  "Ser escritor es poder delirar sin que te encierren."  


Qué razón, qué preciosa definición. Eso es escribir. Escribir es poder vomitar lo que te plazca, importándote un bledo quién lo lea, desahogando tus miserias, sin que te puedan encerrar por ello. Y qué a gusto, sinceramente, se queda uno.

En este viaje a Málaga comencé a leer el último volumen de los diarios de Salvador Pániker. Lo titula 'Diario del anciano averiado'.

Me gusta muchísimo Salvador Pániker. Es una especie de filósofo, sabio, místico y gentleman vividor. Disfruto leyendo sus diarios, sus idas y venidas, sus ideas, sus pensamientos que ya, a cierta edad, no tiene tapujos en hacer públicos. Uno escribe así cuando ya no le importa nada, cuando está por encima de todo.

"quien escribe, actúa, crea o, en general, se interesa por las cosas -olvidándose de sí mismo-, no es uno sino lo absoluto que le posee a uno."

Y realmente es así. Creo que son los años los que nos van obligando a dejar escrito lo que pensamos, lo que sentimos. No todo el mundo lo hace. No todos los que lo hacemos lo hacemos bien. Pero es algo que recomiendo siempre. Escribir. Dedicar un tiempo, como ahora, como en esta noche, a encontrarte, a obligarte a reflexionar sobre el día y escribir, dejar, aquello que consideras.

Hoy he tenido una mañana tranquila. Lo necesitaba. Luego he almorzado con algunas personas que no conocía, a su vez conocidos del que conocía. Resulta asombroso escuchar ciertas experiencias de la vida de las personas. La gente tiene necesidad de hablar, de que le escuchen, de contar parte de esa vida que saben acaba. Comienzan a reconocer sus fracasos y casi nunca se acuerdan de sus muchas victorias.

A veces me gustaría dejar por aquí algunas de esas historias que me cuentan, pero entonces no sería mi cuaderno, sería el cuaderno de otros.

Dice Pániker, Salvador, que "un diario intenta resolver la ecuación entre literatura y vida, captar a ésta en el momento en que brota. Un diario trabaja con el tiempo real, más acá del tiempo artificial de la novela. Hay buenos escritores que no han vivido. (...) Yo, modestamente, he intentado vivir y escribir a un tiempo."

Vivir y escribir a un tiempo... poético.

Dice Norman Cousins que...

"La tragedia de la vida no es la muerte, sino lo que dejamos que muera en nuestro interior mientras vivimos."

martes, 24 de noviembre de 2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

Despertar/ asomar/ sentir...

Despertar
asomar
sentir.

Oler esa humedad
que blanquecina
envuelve
así visillo
la tierra.
Más allá las ramas
encuadran el infinito
acariciando el rocío
que amanece.

Aquí
he descubierto el sentido
lentitud de la vida
cesar del campo
al tiempo
perfume de siembra.

He recibido
escuálido otoño
en este paraje abierto
que guarda raíz y recuerdo
a veces torpe
argumenta en polvo
como baúles
que quedan
bajo esta vestida
niebla.


Música Running: Marwan - Sueños Sencillos

Normalmente aquello que se desea cuesta esfuerzo y lo que requiere esfuerzo suele estar fuera de nuestra zona de confort.

domingo, 22 de noviembre de 2015

22.11.2015... Como pasan los días...!

Todo en exceso cansa, puede llegar a sentar mal o, simplemente, se puede convertir en algo perjudicial para la salud. Era uno de esos sabios consejos que escuchábamos de pequeños y que ahora, algo más mayores, somos nosotros mismos los que no dejamos de repetir. Unas veces a nuestros pequeños, pero otras muchas a nosotros mismos.

He salido de viaje, de dos a tres días por semana, en las últimas tres. Viajaré, nuevamente, las próximas dos. Todo por motivos laborales y, aunque uno siempre encuentra momentos para un paseo, para salir a correr por esas calles nuevas, o para compartir con amigos, se provoca una desorganización en mi vida que desequilibra ese pequeño universo ordenado en el que vivo. Pasan los días, las semanas, como sin darme cuenta de ellos. Se amontonan las ideas, los proyectos, las lecturas, las escrituras y los papeles que despachar u ordenar. Se acumula el cansancio.



Por eso llego al fin de semana con la lengua fuera y con ese deseo de sentarme en el sillón a meditar, a pensar, a garabatear o leer cualquier cosa ajena a lo laboral.

Esta mañana corrí con C nuestros 15.5 km que nos llega en ese camino que tantos secretos guarda de nosotros. Hacía frío. Creo es el primer domingo frío del otoño y el viento nos buscaba de cara, recordándonos que se acerca diciembre. Conseguimos algún instante de sol pero, sobre todo, conseguimos ponernos al día de nuestras vidas, de nuestros pasos, como esas zancadas que nos hacen sentir que algo más arriba nos cuida, mientras acariciamos con nuestro sudor la verdosidad de las faldas del Cerro de los Ángeles.

Es en esos momentos, entre conversaciones varias, en los que surgen tantas y tantas preguntas, tantas y tantas dudas. ¿Pero todo esto que hacemos, pero esta vida que llevamos, merece la pena? ¿Cuánto va quedando en el camino sin hacer?

De verdad que ahora, cuando me pongo otra vez a preparar la semana, a pensar el agitado día a día, es cuando vuelvo a ser consciente de que los buenos momentos siempre duran menos que los malos o incómodos.

Ha sido una semana especialmente dura. El viaje fue peculiar y me hizo reflexionar sobre ese lugar en el que debe estar cada uno. Todos tenemos el nuestro y a veces las circunstancias cambian. Cuando cambian las circunstancias a lo mejor ese lugar que creíamos nuestro, deja de ser.

No sé por qué, o sí, en los últimos tiempos la vida me tiene tan alterado como preocupado. Hay quién me dice que es como si hubiera envejecido de repente; como si esa vida mía se me fuera a terminar mañana y quisiera hacer todo como si me faltase el tiempo.

Y tal vez sea así ¿quién lo sabe?

El caso es que ando de un lado a otro, como correteando. Pongo los ojos en un proyecto o varios a la vez, pero sin entretenerme en ninguno demasiado. Escribo deprisa, me dejo versos inacabados o reflexiones e ideas confusas en frases que cuando recojo ni siquiera yo mismo entiendo.

La vida es todo lo larga que queramos. Podemos vivir eternamente como muertos o disfrutar de este momento como si fuera el último.

Tal vez este sea el pensamiento que me recorre últimamente: disfrutar el ahora.

Y tal vez sea un buen pensamiento para terminar esta semana, antes de que la siguiente me lleve en volandas, nuevamente, sin darme cuenta de ello.

Dejo unos versos, de esos inacabados, encontraré su final. Surgieron en la tarde de ayer como si nada pero que, como siempre, tienen su por qué y su esencia de ser.

Como uno llega
al caciquismo de los cincuenta
tras no sé cuántas guerras
declaradas, perdidas o ganadas.
Indistinto e insensible
para muchos,
emotivo y sensible
para otros.
Tarde en lo importante,
está pero no estuvo,
amante de lo ajeno
poeta de la nada.
...
(... continuará)


Dice Thomas Jefferson...

“No son las riquezas ni el esplendor, sino la tranquilidad y el trabajo, los que proporcionan la felicidad”. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

No en todos los casos la mejor respuesta ante la intolerancia es la tolerancia. No siempre vale. El buenismo funciona frente a la sensatez y la racionalidad. Frente lo irracional sólo cabe la fuerza.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Dice Hermann Hesse que...

"Cada hombre solo tiene una vocación genuina: encontrar el camino a sí mismo... su tarea era descubrir su propio destino, no uno arbitrario, y vivirlo totalmente con resolución dentro de sí mismo. Todo lo demás es una existencia hipotética, un intento de evasión, una huida hacia los ideales de las masas, conformidad y miedo al propio interior."

jueves, 19 de noviembre de 2015

Haikus...

Manchada luna
polvareda de estrellas
que están bailando.

Dame versos
para poder sembrar
el corazón.

Rugiendo llega
el ocioso silencio
que solo queda.

Con esta boca
absorbí de tus labios
todos los sueños.

Eres octubre
cediste una sonrisa
y la guardé.


Mis Momentos: Ourense...


Hay personas que no sé el por qué, pero parece se empecinan continuamente en no ser felices. Es una elección normalmente voluntaria, lo que ocurre es que en muchas ocasiones arrastran tras de sí a otros.
Separarse de ese tipo de personas es una formidable y beneficiosa decisión.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

18.11.2015... Conversaciones!

Creo que hoy ha sido un buen momento para hacer un paréntesis en lo cotidiano, en todo esto que nos envuelve últimamente, llenándonos la cabeza de no buenos pensamientos, e intentar buscar la ansiada paz, el silencio y la reflexión.

Últimamente encuentro estos instantes en el trayecto que me lleva de la estación de tren, Atocha, al despacho, Velázquez esquina Juan Bravo. Son cuarenta minutos andando, cruzando El Retiro mientras amanece, respirando ese aire que nos llega con el frescor de la mañana, y sumido en mis pensamientos.

Hoy recordaba una conversación que tuve días atrás. De lo más enriquecedor. 

Uno trata de entablar conversaciones con toda aquella persona de la que entiende va a encontrar algo más interesante que sí mismo. 



Alguien, como yo, al que le gusta más escuchar que hablar, enemigo de las largas conversaciones telefónicas, que huye de los diálogos absurdos o comprometidos, que prefiere escribir a hablar -aunque lleve toda la vida discurseando, sermoneando y discutiendo-, de vez en cuando sucumbo a la esencia de la vida por medio de la conversación aparentemente intrascendente pero que espera encontrar un tesoro. Uno, como yo, alguna vez se topa con lo esencial: la vida.

Hablé el otro día, en uno de esos momentos ajenos a lo real, con una persona que, del todo, también aparentaba ser ajena a una realidad mundana aunque, posiblemente, más cuerda que el resto. El caso es que fue una de esas veces en las que uno se las da, o intenta dárselas, de algo bohemio e intelectual, de ese filósofo de vida sin vida. 

Tras un rato de conversación en compañía de algún vino, tal vez de más, se me ocurrió preguntarle que qué leía habitualmente: Tolstói, Dostoyevski, Gurdjieff... Jung.

- ¿Y tú? - me respondió.

- De todo. Muy de vez en cuando, pero muy de vez en cuando, me adentro o intento adentrarme en la literatura rusa. Nunca he pasado más allá de Dostoyevski y Tolstói. 

- Pues entonces no tienes ni idea de literatura. En los rusos está la esencia.

Y me quedé clavado. Tal vez tenía, o tiene, toda la razón. Traté de ahondar más. Posiblemente buscando desequilibrar el momento.

- Oye, y ¿qué has estudiado? - pregunté.

- Nada.

- ¿Nada?

- ¿Y esa cultura tuya? Esas opiniones sobre escritores que pocos conocen.

- Me las ha dado la vida.

- ¿La vida? Vaya. Interesante. Pero la vida no habla de Tolstoi ni mucho menos de Jung.

- ¿Y tú? ¿Qué has estudiado?

- Pues esto y lo otro... Administración de empresas, Recursos Humanos...

- Pues es posible que de la vida no tengas ni idea.

- Pues sabes qué te digo: llevas razón.

Y acabó mi conversación... y acabó mi día.

Me he dado cuenta que, por ahí, la vida enseña más de lo que sabemos o, sinceramente, sabemos menos que la vida...

'Cuadernos Encontrados' por Antonio Muñoz Molina

El hallazgo de una libreta o de un cuaderno adecuado puede ser tan providencial para un escritor como el encuentro con una persona o con un lugar que le inspire el origen de una historia, con un libro que va a marcar un cambio de dirección en sus lecturas y hasta en su vida. Los cuadernos mejores, como las historias, se encuentran a veces en el curso de un viaje, en el escaparate de una papelería de una ciudad desconocida y prometedora. Quizá los viajes son más propicios a esos hallazgos porque la suspensión de los hábitos sedentarios le despierta a uno la atención, lo vuelve más alerta a las posibilidades de lo insospechado. Y el mérito de un cuaderno no depende de su calidad objetiva, de la encuadernación o la cubierta de cuero o la lisura del papel. El cuaderno aparece y se impone a la mirada y a las manos. En los mejores casos no será el recipiente donde verter algo que ya existe, sino el catalizador que hará que nazca en la imaginación y cobre forma una historia o un tono de escritura que de otro modo no se habría revelado a la conciencia.

Un cuaderno de tapas de corcho y hojas cuadriculadas débilmente en azul que encontré ahora hace 25 años en un viaje a Madrid favoreció que cuajara una novela ya en marcha pero todavía disgregada en una confusión de imágenes sin conexiones bien trabadas entre sí. El día antes de un viaje a Nueva York compré por casualidad un cuaderno de anchas hojas blancas y tapas de tela azul en una tienda de papelería sueca que ya no existe en Madrid: sin la tentación y el reclamo de esas hojas en blanco, yo no habría sentido la urgencia de contar todo lo que veía y todo lo que se me pasaba por la imaginación. El paso de los días era simultáneo al de las hojas del cuaderno. Según se aproximaba el final de aquel viaje, yo tenía la urgencia de visitar todos los lugares que todavía me faltaban y de llenar de escritura las hojas del cuaderno que aún estaban en blanco. Lo llevaba conmigo en una mochila y me sentaba en cualquier parte a escribir en él. La materialidad del cuaderno y los apuntes a mano daban a la escritura la misma cualidad estimulante de experiencia física que el vigor de las caminatas a pie por la ciudad.
La lisura sin tacto de lo digital acentúa en el escritor el remordimiento de no estar trabajando con las manos"
En el origen de Últimas noticias de la escritura, de Sergio Chejfec, hay un descubrimiento así. Aunque el libro es un ensayo, la escena tiene la tonalidad de una de las novelas del propio Chejfec, en las que con frecuencia hay paseantes solitarios en parajes no exóticos pero tampoco del todo familiares para ellos. En uno de esos lugares improbables, donde uno siempre se pregunta con algo de estupor cómo ha llegado allí, Sergio Chejfec encuentra el cuaderno que lo va a acompañar durante muchos años de su vida: “Un objeto que adopté inmediatamente, apenas verlo medio olvidado en la vidriera de una tienda muy poco glamurosa, en un barrio alejado de una ciudad que apenas conocía y hasta donde había caminado sin nada mejor que hacer”. El cuaderno, barato, de fabricación china, tiene un volumen considerable, 300 páginas con rayas horizontales. Más que de registro de escritura sostenida, le ha ido sirviendo a Chejfec, a lo largo de los años, como un talismán, una libreta de mensajes cifrados y dirigidos a sí mismo, anotaciones breves y recordatorios; y sobre todo, la libreta habrá sido para él la prueba material de una continuidad, el asidero sólido de un oficio en el que casi todo es frágil, inseguro, tan volátil como esas ideas luminosas que prometen algo y luego se revelan superfluas, o se borran simplemente de la memoria, y en el que además ahora desaparecen a toda velocidad hasta sus precarios soportes físicos.
Justo ahora, en el vértigo acelerado de lo digital, cuando escribimos palabras fantasmales sin tinta sobre rectángulos en blanco que simulan la hoja de papel sobre una pantalla, cuando basta un golpe accidental de una tecla para que se borre lo que tardó tanto en ser escrito, Sergio Chejfec, sentado frente a su portátil, con su viejo cuaderno al lado, reflexiona sobre el lado material de la escritura y de la lectura, con la perspectiva paradójica de quien parece recordar un mundo que se extinguió hace ya mucho tiempo, pero que en realidad duró hasta bien entrada nuestra edad adulta.
Aprendimos a escribir inclinándonos premiosamente sobre cuadernos de caligrafía dotados de rayas paralelas. Escribimos luego con ruidosas máquinas mecánicas, y más tarde, con aquellos mastodontes eléctricos en los que se de­sataba un tableteo de ametralladora en cuanto apretábamos una tecla con más fuerza de la debida. Arqueólogo de un tiempo sepultado y cercano, Sergio Chej­fec se acuerda también del reinado brevísimo, aunque muy excitante para algunos de nosotros, de aquellas máquinas electrónicas de diseño mucho más ligero que nos permitían ver la escritura deslizándose por una pantalla lineal encima del teclado unos segundos antes de que las palabras se imprimieran.
Un cuaderno de tapas de corcho y hojas cuadriculadas débilmente en azul que encontré ahora hace 25 años en un viaje a Madrid favoreció que cuajara una novela"
La instanteidad silenciosa, la lisura sin tacto de lo digital seguramente acentúan en el escritor el remordimiento de no estar trabajando con las manos, la envidia que cuenta Chejfec que siente, y en la que me reconozco tanto, cuando visita el estudio de un artista, con su atmósfera de almacén y chamarilería, de taller en el que se pintan, se cortan y tallan y manipulan cosas. Escribir tendría que parecerse más a una de esas tareas. Sin duda se pareció en otro tiempo.
Cuando era muy joven, para leer más intensamente a Franz Kafka y empaparse mejor de su espíritu y de su estilo, Sergio Chejfec copiaba a mano las historias suyas que más le gustaban. El artista Tim Youd copia textos enteros de novelas en una sola hoja, usando el mismo modelo de máquina en el que se escribieron originalmente. Joaquín Torres García pintaba y dibujaba objetos que sugerían una escritura jeroglífica y cuando escribía dibujaba las palabras con una plasticidad rotunda de pintor. Los ojos no dejan huella de su paso sobre las líneas de escritura, pero en un libro impreso el lector marca algunas veces la constancia de su reacción a lo leído, pruebas de la “conversación con los difuntos” a la que alude Quevedo en su soneto a la imprenta. En la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, la presencia de Borges está fijada en sus anotaciones y subrayados a los libros que leyó. En su libro sobre Lucrecio, El Giro, Stephen Greenblatt cuenta una historia que le gustará a Sergio Chejfec: hace unos años se subastó un ejemplar de De rerum Natura impreso hacia mediados del siglo XVI, lleno de subrayados y notas: por la caligrafía y el tono de las anotaciones se comprobó con toda certeza que ese era el ejemplar que había poseído y leído infatigablemente Montaigne.
Es muy probable que estas “últimas noticias de la escritura” no sean nunca las últimas. Entre los cuadernos escolares y las pantallas de Internet, entre la aplicación del copista y las fantasías caligráficas del arte contemporáneo, Sergio Chejfec lleva consigo su cuaderno que no llega a colmarse y prolonga su hilo asiduo y su viaje de palabras escritas. Me gusta que en un momento dado las compare con la lluvia.

Dice Dale Carnegie que...

"Harás más amigos en dos meses interesándote por los demás que en dos años intentando que se interesen los demás por ti."

martes, 17 de noviembre de 2015

17.11.2015... Que la fuerza nos acompañe!

Un día bastante motivado y coachizado por el mejor coach que uno puede tener: uno mismo. 

Un día ordenado, organizado y, deportivamente hablando, excelente. Hacer algo de deporte no sólo sirve para quemar calorías y expulsar toxinas, sino que nos equilibra la mente ya que mientras corremos o caminamos pensamos y reflexionamos.

Y no sé por qué, o sí, esta noche, mientras hacía unos kilómetros running, pensaba que a veces, de ser racional a irracional va solo un paso, un instante. 

En España sabemos mucho de eso.

Supongo que en muchas ocasiones actuamos sin tener muy claro lo que es racional en cada momento. 



Dicen que los animales no razonan. Yo creo que, visto lo visto, son más razonables que nosotros. Ellos, los más salvajes, o esos que creemos más salvajes, normalmente su instinto de supervivencia les hace defenderse ante una invasión de su espacio, de su entorno, o un ataque. Sobreviven. Nosotros, los humanos, esos seres perfectos pero más imperfectos, destruimos o nos destruimos nosotros mismos con nuestros actos.

Diez kilómetros de sudor para llegar a esta conclusión que mi hijo o, incluso mi querido Mozart, hubieran concluido acertadamente.

Cada vez entiendo menos al hombre, cada vez me entiendo menos.

En vez de convivir nos asesinamos. 

En vez de vivir, destruimos nuestro entorno.

En vez de ayudar, nos pueden las envidias y nos dañamos.

Si no tenemos problemas, nos los buscamos.

Así somos. Así nos creemos.

Creo que el mundo está alborotado. Desde el pasado viernes, tras los atentados en Francia, hay un antes y un después. Por fin algunos se han dado cuenta que no hablamos de terroristas sino de verdaderos guerrilleros organizados para matar: estamos en guerra.

Y estos días he sentido cierta envidia de nuestro país vecino y sus ciudadanos. Un país que unido se ha defendido, sin medias tintas.

Son días en los que circulan mensajes y textos de todo tipo. Yo hoy recibí uno que, realmente, dice claramente lo que somos y nuestras diferencias con otros países.

París es esa ciudad donde la gente salió del estadio evacuado cantando el himno nacional, mientras nosotros aquí nos avergonzamos o lo pitamos. París es esa ciudad donde los periódicos hablan de guerra sin tapujos, y donde un presidente socialista promete una respuesta sin piedad. Y es apoyado por todos. París es la capital de un país que considera su libertad y sus valores algo mucho más importante que su miedo.

Y nosotros aquí, hace once años, en una situación similar, en unos días iguales de sangre y plomo, se amedrentó y echó la culpa al Gobierno de lo ocurrido. Vivimos en un país que duda de su modelo de sociedad y todavía hoy piensa que si nos vienen a matar es porque algo habremos hecho. Que no defiende sino que olvida a las víctimas, de su larga experiencia de sufrimiento. Los españoles somos supervivientes del terrorismo, pero no lo sabemos porque nos cuesta pensar que los asesinados murieron en tu nombre. Porque prefierimos creer que basta con no odiar para defendernos del odio.

Aquí un generalito, piloto de cazas bombarderos, hombre de guerra, se alista en un partido populista que defiende el diálogo con quienes te matan, que flirtea con criterios terroristas y se idealiza de gobiernos totalitarios.

Vivimos en un país realmente extraño. 

Mi pregunta de esta noche sería: ¿Quién nos va a defender a los españoles si nos gobernasen estos y volvieran, y digo volvieran, a atacarnos como puede ocurrir en estos momentos?

Y respondo: Que la fuerza nos acompañe.

Feliz noche.