sábado, 28 de noviembre de 2015

28.11.2015 La leche de la vaquita...!!!

Un auténtico sábado envuelto en quietud. Una quietud deseada, buscada. Uno no puede estar, a estas alturas de la vida, con más proactividad, si cabe, que cuando tenía diez años menos. 

Quietud es carencia de movimientos, es reposo, es descanso. Quietud es estar quieto y en esa calma es cuando tu mente se somete al pensamiento libre, sin agentes o ideas externas que lo distorsionen.




He leído hoy uno de esos cuentecitos metafóricos  de los que extraemos siempre alguna enseñanza para reflexionar. 

He querido dejarlo hoy por aquí, como reflexión y ejemplo.

Dice así: 

Venerado como uno de los hombres más sabios y bondadosos de su época, un anciano maestro que llevaba días caminando con su discípulo divisó, a lo lejos, una casucha en lo alto de una montaña. Decidieron acercarse y pedir agua y cobijo para pasar la noche. Sin embargo, fue una casita en ruinas y, en la puerta, una pareja y sus tres hijos pequeños, todos desharrapados y desnutridos. A pesar de la pobreza, la pareja acogió a los visitantes de la mejor forma posible, ofreciéndoles agua, parte de la escasa comida que tenían y la única habitación de la casa para que descansaran. Agradecido por aquella generosidad, el viejo sabio preguntó: "Veo que sois buenas personas y honradas, pero ¿cómo sobrevivís en un lugar tan pobre y apartado?" "¿Ve usted aquella vaquita? Pues estamos vivos gracias a ella.", respondió el cabeza de familia. "A pesar de estar tan flacucha, todos los días nos da leche para beber y poder hacer un poco de queso. Y cuando sobra, cambiamos la leche por alimentos en la ciudad. Si no fuera por ella, ya estaríamos muertos", añadió, y se fueron todos a dormir.Al día siguiente los visitantes agradecieron la hospitalidad y partieron. Ya llevaban caminando unos minutos cuando, al pasar por un precipicio que bordeaba la carretera, el sabio paró y le dijo a su discípulo: "Vuelve a la casa, coge la vaquita flacucha y tírala al abismo." El aprendiz se quedó atónito: "Maestro, la vaca es el sustento de esa familia; sin ella se van a morir...". Pero de nada valían sus argumentos. El anciano solo lo miraba, en silencio, hasta que el alumno se calló y, a disgusto, hizo lo que le habían ordenado.Pasaron varios años, pero pensar en lo que habría sido de aquella pobre gente no dejaba de atormentar al discípulo. Entonces, un día, carcomido por el remordimiento, decidió volver para pedirles perdón. Sin embargo, al llegar, se encontró un escenario que lo hizo sentir aún más culpable. En vez de la casucha en ruinas, vio un lugar bonito, con una casa enorme, piscina y varios empleados. El aprendiz pensó: "Pobres desgraciados, si no murieron, seguro que se vieron obligados a vender sus tierras y deben de andar mendigando por ahí". Se dirigió a un hombre robusto y bien vestido, que parecía ser el dueño del lugar, para preguntarle si conocía el paradero de la familia que vivía allí. Entonces, para su asombro, el sujeto respondió: "Hombre, claro que lo sé, somos nosotros mismos".Al momento reconoció al hombre, así como a la madre y a sus hijos,  que ya no estaban desharrapados como antes, sino que eran tres jóvenes fuertes y una mujer guapa bien arreglada. Atónito, le dijo al que fuera su anfitrión: "¿Pero qué paso? Hace algunos años, estuve aquí con mi maestro y no había más que miseria. ¿Cómo pudisteis mejorar tanto?" A lo que el sonriente hacendado respondió: "Teníamos una vaquita que nos proporcionaba alimento pero, el día que os fuisteis, se cayó por el desfiladero y murió. Al principio, creíamos que íbamos a morirnos de hambre. Pero, ante la necesidad, todos tuvimos que dedicarnos a hacer otras cosas para ganarnos la vida, lo cual nos ayudó a descubrir habilidades que ni imaginábamos. Y el resultado es este que ves".

Creo que el significado es claro. Nos acomodamos. Muchos de nosotros estamos acomodados, en cierto modo, en nuestra vida. Somos privilegiados. Pero ese privilegio nos frena. No nos apetece ni cambiar ni buscar nuevas formas que nos enriquezcan más, no hablo en lo material. Es como si pensásemos que ya está, que es lo que la vida nos ha dado y por ello, como tenemos la leche asegurada, para qué movernos.

Alrededor de esta idea han estado volando mis pensamientos en este sábado de quietud. Que estemos de lunes a viernes sin parar un solo minuto, no quiere decir que la rentabilidad, espiritual, emocional o económica, sea la esperada o la que realmente a uno le llena.

¿Perder el tiempo? Tal vez. ¿Acustumbrado a la comodidad de la leche de la vaquita? También. 

Feliz noche...

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