miércoles, 30 de septiembre de 2015

Discursos Épicos antes de la Batalla...




Publicado por Javier Bilbao



Intente recordar las hazañas deportivas o bélicas más emocionantes, ya sean recientes, históricas o ficticias: ¿qué es lo que tienen en común? El (en teoría) débil termina venciendo al fuerte, unos pocos son capaces de derrotar a muchos, quien en principio parecía tenerlo todo en su contra finalmente alcanza con enormes sacrificios la victoria. La motivación, esa es la clave. La motivación entendida como una especie de soplo de los dioses o de las gónadas que nos eleva por encima de las fatigas y los miedos, que enardece los corazones y blinda la voluntad hacia metas que parecían imposibles. Por su enorme poder parece que estuviéramos hablando de algo con propiedades mágicas… ¿Pero si es magia cuál es el conjuro para invocarla?

Convencer a alguien de que lo mejor que puede hacer con su vida es perderla no es tarea fácil. La retaguardia es un lugar muy extenso y tentador al que llegar por muchos caminos, así que para querer marchar en dirección contraria al sentido común, directos a un enemigo que está deseando partirnos la crisma —y que tiene muchas posibilidades de lograrlo— hace falta entonces tener muy buenas razones. Si encima ese adversario está muy lejos de nuestro hogar, es más numeroso o está mejor armado y protegido, además de razones convincentes es necesario sintonizar con un estado de ánimo poco habitual, no digamos ya alcanzarlo de forma colectiva. Es lo que el historiador Philip Taylor llama con certera metáfora la «munición de la mente», aquella que «seduce las almas y las mentes de los hombres, explotando su naturaleza agresiva para dirigirlos periódicamente al campo de batalla». A ello se han dedicado hasta la afonía generales, reyes y primeros ministros arengando a sus tropas en momentos cruciales, a veces al pie mismo del escenario donde tendrá lugar la masacre, siempre con la esperanza de conectar con esa motivación tan decisiva para la victoria. Si echamos un vistazo a algunos de los discursos más memorables no es difícil encontrar una serie de elementos comunes. A eso iremos a continuación.

Un primer ejemplo lo encontramos en La Ilíada, la epopeya de Homero rebosante de épica y epítetos en cuyo canto segundo el muy altitonante, dodoneo y pelásgico de Zeus induce mediante un sueño, pernicioso y alado, al rey Agamenón, domador de caballos y pastor de hombres, a que tras tan largo asedio lance ya sus tropas contra Troya, la ciudad de anchas calles. Pero antes de iniciar el ataque y para comprobar la lealtad de sus tropas, Agamenón se dirige a ellas en un discurso animándolas a huir y dejando claro, eso sí, lo innoble del acto: «vergonzoso será para nosotros que lleguen a saberlo los hombres de mañana». A continuación la diosa Atenea descendió del Olimpo y le señaló a Ulises lo inapropiado de la retirada, animándole a que convenciera a todos los demás guerreros a continuar la lucha. Así lo hizo, y Agamenón con esta especie de plebiscito reafirmó su autoridad, aumentando la determinación de sus tropas tras haberlas asomado a la vergüenza de la huida. Era entonces el momento de comenzar el ataque final y les arengó así:

Cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto a los corceles de pies ligeros a inspeccione el carro, apercibiéndose para la lucha; pues durante todo el día nos pondrá a prueba el horrendo Ares. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la noche obligue a los valientes guerreros a separarse. La correa del escudo que al combatiente cubre, sudará en torno del pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y también sudarán los corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.

Permítanme insistir en la idea porque tiene interés: a los aqueos se les dio por un momento la oportunidad de huir —o al menos se les hizo creer que podían escoger esa opción— para obtener su adhesión voluntaria en el momento de entrar en combate (luego ya no, como vemos). Nos implicamos más en las decisiones que tomamos nosotros mismos que acatando órdenes, al fin y al cabo siempre es más fácil reconocer un error ajeno que uno propio… El ejemplo más notorio lo tenemos en la muchedumbre de esclavos persas que no fue capaz de doblegar a los pocos pero decididos griegos. Heródoto lo explicaba así:

Los atenienses, mientras estuvieron regidos por una tiranía, no aventajaban a sus vecinos en el terreno militar; y, en cambio, al desembarazarse de sus tiranos, alcanzaron una clara superioridad. Este hecho demuestra, pues, que, cuando eran víctimas de la opresión, se mostraban deliberadamente remisos por considerar que sus esfuerzos redundaban en beneficio de un amo; mientras que, una vez libres, cada cual, mirando por sus intereses, ponía de su parte el máximo empeño en la consecución de los objetivos.

Durante la batalla de las Termópilas Leónidas se jactaría expresando esta idea: «Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado» y según contaba el mencionado historiador, una vez el rey espartano descubrió la traición deEfialtes decidió quedarse luchando hasta el final junto a algunos leales, a los que dijo aquello de «tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el Hades». Mientras que, en la posterior guerra del Peloponeso, Periclesen su clásico Discurso fúnebre ensalzaba el modelo político que se habían dado los atenienses de tal forma que bien merecía la pena arriesgar la vida e incluso sacrificarla por defenderlo. Teniendo en cuenta además que los caídos no morían completamente, sino que les esperaba la gloria de ser recordados por su comunidad. Otra idea que será recurrente y que Alejandro Magno más adelante hará valer cuando sus tropas, exhaustas tras una década de conquistas que los había llevado hasta la India:

¡Oh macedonios y aliados griegos, manteneos firmes! Gloriosos son los hechos de quienes acometen una gran labor y corren un gran riesgo, y es muy hermoso llevar una existencia valiente y morir dejando tras de sí la gloria imperecedera. ¿O no sabéis que nuestro ancestro ha alcanzado tan altas cotas de gloria, pasando de ser un mero mortal a convertirse en un dios, como parece ser, debido a que no permaneció en Tirinto o Argos, o incluso en el Peloponeso o en Tebas?

Por si acaso la apelación a la gloria inmortal no era suficientemente convincente, también aludió a su libertad y su propio interés:

Sabéis que los padecimientos los comparto con vosotros, asumo los peligros a partes iguales, y las recompensas están disponibles para que todos compitan libremente por ellas. Porque las tierras son vuestras, y vosotros sois quienes las gobernáis. De igual manera, la mayor parte de los tesoros son ahora vuestros, y cuando hayamos conquistado lo que queda de Asia, por Zeus, que habré satisfecho vuestras expectativas, e incluso habré superado las ganancias que cada uno esperaría recibir.

Entonces uno de sus generales, Coeno, tomó la palabra para responderle apelando a esa misma libertad, mostrándole que si actuaba contra la voluntad de sus tropas «descubrirás que ya no somos los mismos soldados (…) ya que estaremos privados de nuestro libre albedrío y faltos de ganas». De manera que Alejandro Magno tomaría la decisión de regresar, consciente de que un ejército desmotivado le llevaría inevitablemente a la derrota. En tales situaciones sin embargo, con un ejército muy lejos de su hogar, puede utilizarse el recurso de plantear el avance hacia el enemigo como el único camino posible de vuelta a casa. Así se lo dijo Aníbal a sus tropas cuando ya estaban en la península itálica en dirección a Roma:

A derecha e izquierda os cercan dos mares y no tenéis ni un solo barco con el que escapar; a vuestro lado fluye en Po, un río más grande que el Ródano y más rápido; la barrera de los Alpes se cierne a vuestra espalda, esos Alpes que apenas lograsteis cruzar cuando vuestra fuerza y vigor estaban intactos. Aquí, soldados, en este lugar donde habéis encontrado por primera vez al enemigo, tenéis que vencer o morir. La misma fortuna que os ha impuesto la necesidad de luchar guarda también la recompensa de la victoria, recompensas tan grandes como las que los hombres suelen solicitar a los dioses inmortales. Incluso si fuésemos solo a recuperar Sicilia y Cerdeña, posesiones que fueron arrebatadas a nuestros padres, serían premios lo suficientemente grandes como para satisfacernos. Todo lo que los romanos poseen ahora, ganado a través de tantos triunfos, todo lo que han acumulado, se convertirá en vuestro junto con sus propietarios. Venid, pues, tomad vuestras armas y ganad, con la ayuda del cielo, tan magnífica recompensa.

Y en ese entorno hostil, en el que no queda otra que hacer piña y avanzar para vencer o morir, cabe apelar también a los lazos de compañerismo que se han ido forjando, una hermandad de armas en la que el orador se muestra humilde, no como un líder inalcanzable sino como el primero entre iguales, tal como hace Aníbal de una forma muy similar a la que veíamos anteriormente a Alejandro Magno:

No hay un hombre entre vosotros ante quien yo no haya efectuado más de una hazaña militar o de quien yo, que soy testigo fehaciente de su valor, no pueda contar sus propias acciones decorosas y el momento y lugar en que las acometió. Yo fui vuestro alumno antes de ser vuestro jefe y entraré en batalla, rodeado por hombres a los que he elogiado y recompensado miles de veces, contra unos que nada saben de los otros y que son mutuos desconocidos.

Enrique V recibe un heraldo del Rey de Francia durante la batalla de Agincourt. (DP)

Unos cuantos siglos después, en el año 1415, Enrique V también se vio atrapado con sus hombres en territorio hostil y logró sobreponerse en una de las hazañas bélicas más recordadas. Tras tomar posesión del trono de Inglaterra, había desembarcado al otro lado del canal de la Mancha para recuperar los ducados que pertenecieron a sus antepasados. Sin embargo la invasión tuvo un resultado peor del esperado y dirigió sus diezmadas tropas de vuelta a casa, con tan mala suerte que fueron alcanzados en Agincourt por unas tropas francesas que duplicaban su número. Antes de una batalla que se pronosticaba desastrosa arengó a los soldados con unas palabras que… a quién importan ya, el discurso que ha ocupado su lugar es el que Shakespeare imaginó:

Westmoreland: ¡Ojalá tuviéramos aquí ahora
aunque fuera diez mil de aquellos hombres que en Inglaterra
están hoy ociosos!
Rey Enrique V: ¿Quién pide eso?
¿Mi primo Westmoreland? No, mi buen primo:
si hemos de morir, ya somos bastantes
para causar una pérdida a nuestro país; y si hemos de vivir,
cuantos menos hombres seamos, mayor será nuestra porción de honor.
¡Dios lo quiera! te lo ruego, no desees un solo hombre más.
Por Júpiter, no codicio el oro,
ni me importa quién se alimente a mi costa;
no me angustia si los hombres visten mis ropas;
esos asuntos externos no ocupan mis deseos:
pero si es pecado codiciar el honor,
soy la más pecadora de las almas vivientes.
No, créeme, primo, no desees un solo hombre de Inglaterra:
¡Paz de Dios! no perdería un honor tan grande
como el que un solo hombre creo que me arrebataría
por lo que más deseo. ¡Oh, no pidas uno solo más!
Proclama, en cambio, Westmoreland, por mi ejército,
que el que no tenga estómago para esta pelea,
que parta; se redactará su pasaporte
y se pondrán coronas para el viático en su bolsa:
no quisiéramos morir en compañía de un hombre
que teme morir en nuestra compañía.
Este día es la fiesta de Crispiniano:
el que sobreviva a este día y vuelva sano a casa,
se pondrá de puntillas cuando se nombre este día,
y se enorgullecerá ante el nombre de Crispiniano.
El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada,
agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta,
y dirá: «Mañana es San Crispiniano».
Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices
y dirá: «Estas heridas recibí el día de Crispín».
Los viejos olvidan: y todo se olvidará,
pero él recordará con ventaja
qué hazañas realizó en ese día: entonces recordará nuestros nombres,
familiares en sus labios como palabras cotidianas.
Harry el rey, Bedford y Exeter,
Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester,
se recordarán como si fuera ayer entre sus jarras llenas.
El buen hombre contará esta historia a su hijo;
y nunca pasará Crispín Crispiniano,
desde este día hasta el fin del mundo,
sin que nosotros seamos recordados con él;
nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos;
porque el que hoy derrame su sangre conmigo
será mi hermano; por vil que sea,
este día ennoblecerá su condición:
y los gentileshombres que están ahora en la cama en Inglaterra
se considerarán malditos por no haber estado aquí,
y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno
que luchara con nosotros el día de San Crispín.

Aparte de popularizar la expresión band of brothers que daría título a la serie de la HBO, si nos fijamos en el discurso (aquí podemos verlo interpretado) encontraremos una serie de tópicos que comienzan a resultarnos familiares. En primer lugar Enrique V ofrece la posibilidad de retirarse a quien lo desee, haciendo así creer a los soldados —de forma más o menos ilusoria— que es su elección ya no están allí por una fatalidad del destino sino porque realmente quieren estar allí, ahora ya dispuestos a encarar al enemigo sin titubeos. Y como hombres libres que resultan ser, él ya no les habla desde una posición de superioridad pues «el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano», de nuevo se pulsan las teclas de la camaradería y la igualdad. Pero el núcleo del discurso versa sobre la memoria. En parte sobre la posibilidad de recordar el momento y contar la batallita una y otra vez a hijos, nietos y cualquier imprudente que se siente cerca de ti en la taberna, y sobre todo por la oportunidad de ser recordado. Se afronta el miedo la muerte prometiendo un bálsamo que permitirá superarla, convirtiendo el recuerdo de tu nombre y de la gesta en la que participaste en un sucedáneo de la inmortalidad, eso es la tan anhelada gloria. Quizá sea muy poca cosa, pero como criaturas mortales tal vez sea a todo lo que podemos aspirar.

Precisamente una reina inglesa contemporánea de Shakespeare, la que le dio nombre al teatro isabelino, fue la autora de otro monólogo previo a la batalla que ha pasado a la historia. Se ve que la elocuencia flotaba en el ambiente y lograba causar gran efecto en los corazones y las mentes de quienes la presenciaban, porque Isabel I,ante la necesidad de repeler a la Armada Invencible que Felipe II le había enviado para destronarla, se dirigió en 1588 a las tropas que mantenía en Tilbury con las siguientes palabras:

Mi amado pueblo:
He sido convencida por aquellos que vigilan mi seguridad personal de que debo ser precavida cuando me expongo a multitudes armadas, por temor a las traiciones; pero les aseguro que no desearía vivir para desconfiar de mi leal y afectuoso pueblo.
Dejen que los tiranos teman. Yo me he conducido de tal modo que, después de Dios, mi fortaleza principal y mi seguridad descansan en los corazones leales y en la buena voluntad de mis súbditos.
Por lo tanto, vengo en esta ocasión a ustedes, como pueden ver, no para entretenerme y divertirme, sino resuelta a vivir o morir entre ustedes en medio del fragor de la batalla, dispuesta a entregar mi honor y mi sangre por amor a Dios, y por la salvación de mi reino y de mi pueblo.
Sé que soy dueña de un débil y frágil cuerpo de mujer, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, más aún, de un rey de Inglaterra, y considero con esquiva repugnancia el que Parma o España, o cualquier soberano de Europa, se atreva a invadir las fronteras de mi reino; lo cual, si sucediera, antes que una mancha caiga sobre mi honor por mi culpa, yo misma empuñaré las armas, ya misma seré su caudillo y su juez, y sabré recompensar sus virtudes en el campo de batalla.
Sé que por su disposición merecen recompensas y laureles. Y les aseguro, con palabra de reina, que les serán pagadas en tiempo oportuno. Mientras tanto, mi teniente general —al que nunca su reina le ordenó un objetivo más noble o digno—, estará en mi lugar. Y no dudando de su obediencia, concordia o valor en el campo de batalla, dentro de poco tendremos una famosa victoria sobre los enemigos de mi Dios, de mi reino, y de mi pueblo.

Es un discurso de una apreciable agudeza psicológica como podemos ver (aquí lo tenemos interpretado por Cate Blanchett). Comienza ganándose la confianza de sus oyentes, diciendo que pese a lo que supuestamente le recomendaron ella no tiene miedo de acercarse a ellos, no solo porque confía en su lealtad sino porque tiene la conciencia limpia y solo los tiranos deberían temer al pueblo. Recurre a la modestia para que sus súbditos no se vean a sí mismo como tales y se muestra como si fuera una más en la batalla («yo misma empuñaré las armas»). Sabe evocar hábilmente los sentimientos de protección de los hombres que la escuchan, pues tras mencionar su débil cuerpo femenino muestra al enemigo como un violador, el invasor de sus fronteras que le provoca esquiva repugnancia y haría caer una mancha sobre su honor. De esa manera pelearán en la batalla como si protegieran a sus madres, esposas e hijas. Y termina prometiendo la fama para los participantes en esa victoria —y aquí estamos hablando de ella efectivamente— así como recompensas que serán pagadas a tiempo. Unas palabras que supieron tocar la fibra de la audiencia y el resultado para la desdichada Armada Invencible ya lo conocemos.

Isabel I arengando a las tropas en Tilbury. (DP)

Pero donde las dan las toman y siglo y medio después sería el Imperio británico el que sufriría un duro revés a manos españolas. El responsable fue Blas de Lezo, apodado Mediohombre por todas las partes del cuerpo que había ido perdiendo en sucesivas refriegas, quien en 1741 defendió el fuerte de Bocachica en Cartagena de Indias junto a unos cuatro mil soldados frente a una flota de ciento ochenta y seis naves y más de treinta mil ingleses. Antes del choque arengó a sus tropas con apelaciones a la religión y la patria como en el discurso anterior, así como al ejemplo de los antepasados y a la memoria de los descendientes. Blas de Lezo se consideraba tan semejante a sus oyentes que solo pedía de ellos lo mismo que él se prestaba a hacer. Y como remate, la promesa de una vida más allá de la muerte gracias a la gloria imperecedera. Aquí lo tenemos:

Soldados de España peninsular y soldados de España americana. Habéis visto la ferocidad y poder del enemigo; en esta hora amarga del Imperio nos aprestamos para dar la batalla definitiva por Cartagena de Indias y asegurar que el enemigo no pase. Las llaves de Imperio han sido confiadas a nosotros por el rey, habremos de devolverlas sin que las puertas de esta noble ciudad hayan sido violadas por el malvado hereje. El destino del Imperio esta en vuestras manos. Yo, por mi parte, me dispongo a entregarlo todo por la patria cuyo destino esta en juego; entregaré mi vida, si es necesario, para asegurarme de que los enemigos de España no habrán de hollar su suelo, de que la santa religión a nosotros confiada por el destino no habrá de sufrir menoscabo mientras me quede un aliento de vida. Yo espero y exijo, y estoy seguro que obtendré, el mismo comportamiento de vuestra parte. No podemos ser inferiores a nuestros antepasados, quienes también dieron la vida por la religión, por España y por el rey, ni someternos al escarnio de las generaciones futuras que verían en nosotros los traidores de todo cuanto es noble y sagrado. ¡Morid, entonces, para vivir con honra! ¡Vivid, entonces, para morir honrados! ¡Viva España! ¡Viva el rey! ¡Viva Cristo Jesús!

En la década siguiente estallaría otra guerra en América entre potencias coloniales, esta vez entre Gran Bretaña y Francia por sus posesiones en Norteamérica, aunque involucraría a otros países convirtiéndose en conflicto a escala mundial: la Guerra de los Siete Años. Uno de sus momentos cruciales fue la batalla de Leuthen, en la que el ejército prusiano logró vencer al del Imperio austriaco que lo triplicaba en número. Para ello emplearon la misma táctica del general tebano Epaminondas en la batalla de Leuctra, una maniobra de engaño con un ataque desde un flanco en sentido oblicuo. Pero no fue la única influencia clásica. Al frente de las tropas prusianas estaba Federico el Grande, que antes de entablar combate les dirigió un discurso poniéndoles en situación, con los consabidos elogios al valor y patriotismo de sus hombres, para continuarlo así:

Dejadme que os diga que me propongo, en desafío a todas las normas del arte la guerra, atacar al ejército del príncipe Carlos, tres veces más numeroso que el nuestro, allá donde lo encuentre. No importa el número de los enemigos, ni importa la posición que han ocupado; todo eso espero superarlo con la devoción de mis tropas y el cuidadoso desarrollo de mis planes. Debo tomar este paso, o todo estará perdido; debemos derrotar al enemigo, aunque acabemos todos enterrados bajo sus baterías. Así lo creo, y así actuaré.
Comunicad mi decisión a todos los oficiales del ejército; preparad al soldado raso para los esfuerzos que han de llegar, y decidle que me siento legitimado a esperar de él una obediencia sin reparos. Recordad que sois prusianos y que no podéis mostraros indignos de semejante distinción. Pero si hubiera entre vosotros alguno que tema compartir conmigo todos y cada uno de los peligros, entonces lo licenciaré sin ningún reproche por mi parte.
(Silencio dramático)
Estaba convencido de que ninguno de vosotros deseaba abandonarme. Cuento, entonces, con vuestro fiel apoyo y la certeza en la victoria. Si yo no pudiera regresar para premiaros por vuestra devoción, la misma patria lo hará. Retornad a vuestro campamento y repetid a vuestras tropas lo que habéis oído de mí. Al regimiento de caballería que en el momento de recibir la orden no se lance sobre el enemigo, lo desmontaré inmediatamente después de la batalla, y lo convertiré en un regimiento de guarnición. Al batallón de infantería que apenas comience a dudar, no importa cuál sea el peligro, perderá sus banderas y sus espadas y se le arrancarán los encajes dorados de su uniforme. Y ahora, caballeros, adiós, hasta que hayamos derrotado al enemigo o ya no podamos vernos más los unos a los otros.

Vaya, parece que alguien leyó a Homero y a Shakespeare sacando buen provecho de ello… No es de extrañar, pues al fin y al cabo era un hombre muy culto que se carteaba con Voltaire y Diderot, el máximo representante del llamado «despotismo ilustrado». Una vez más el recurso retórico de ofrecer a sus oyentes la posibilidad de retirarse, tal y como hizo Agamenón, y al igual que él restringiendo esa opción a ese mismo momento. Así a nadie le da tiempo a reaccionar. La presión del grupo lleva a que ningún cobarde dé un paso al frente para huir, valga la paradoja, y luego una vez empieza la acción ya no hay posibilidad de retroceder sin severos castigos. Pero la cuestión es que todos irán a luchar con mayor convicción, creyendo que lo hacen libremente porque antes se les ha dado una ilusoria opción de elegir.

Pero si tener libertad para ir a luchar incrementa la motivación, probablemente esta ya no pueda ser mayor si la lucha es por la libertad misma. La mencionada Guerra de los Siete Años provocó una serie de cambios en el tablero que influirían en la Guerra de Independencia, que dio lugar a los Estados Unidos. En ella uno de sus héroes más recordados es Patrick Henry, uno de los Padres Fundadores que se dirigió a la Cámara de Ciudadanos de Virginia el 23 de marzo de 1775 de esta manera:

No hay retirada, ¡solo sumisión y esclavitud! ¡Nuestras cadenas han sido ya forjadas! ¡Su tintineo puede oírse en las llanuras de Boston! La guerra es inevitable. Así pues ¡dejadla venir señor! Os lo repito, ¡dejadla venir! Es inútil insistir en este asunto. Los caballeros podrán gritar paz, paz; pero no hay paz. De hecho, ¡la guerra ya ha comenzado!
¡La próxima tempestad que sople del norte traerá hasta nuestros oídos el resonante chasquido de las armas! ¡Nuestros hermanos se encuentran ya en el campo de batalla! ¿Por qué permanecemos aquí, ociosos? ¿Cuál es el deseo de los caballeros? ¿Qué tendrán? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, que deba ser comprada al precio de las cadenas y la esclavitud? ¡Que no lo permita Dios todopoderoso! No sé la decisión que otros tomarán; pero en lo que a mi respecta, ¡dadme libertad o dadme muerte!

Curiosamente él gozaba de mucha mayor libertad perteneciendo a una colonia inglesa que cualquiera de los cerca de ochenta esclavos que poseía en su plantación en el estado independiente que tanto ayudó a construir. Sufría una disonancia cognitiva del tamaño de una catedral, pero en todo caso estamos ante un discurso muy sentido.

Winston Churchill. Foto: Corbis.

En el breve recorrido que estamos haciendo por algunos de los grandes discursos militares que han forjado la historia nos acercamos ya al siglo XX y no puede faltar el hombre-arenga por excelencia. Había leído a los clásicos, conocía varios o quizá todos los ejemplos hasta ahora mencionados y tenía enfrente a un enemigo al que podía describir con las palabras más gruesas y grandilocuentes y aun así no exagerar ni un ápice. Churchill y la Segunda Guerra Mundial estaban hechos el uno para la otra. Tras la caída de Chamberlain, con la guerra ya comenzada y Holanda a punto de caer bajo el yugo nazi, el nuevo primer ministro profirió un discurso rebosante de determinación en el que dejó meridianamente clara su posición. Aquí puede escucharse, y a continuación un fragmento especialmente significativo:

Debo decir a la Casa, tal y como les dije a los que se han integrado en este Gobierno: no tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros un desafío de lo más doloroso. Tenemos ante nosotros muchos, muchos largos meses de lucha y sufrimiento. Me preguntáis, ¿cuál es nuestra política? Puedo deciros: es hacer la guerra, por tierra, por mar y por aire, con todas nuestras fuerzas y con toda la fortaleza que Dios pueda darnos; hacer la guerra contra una monstruosa tiranía, nunca superada en la lamentable historia de la criminalidad humana. Esa es nuestra política. Me preguntáis, ¿cuáles son nuestros objetivos? Responderé con una sola palabra: la victoria, victoria a cualquier coste, victoria a pesar de cualquier terror, victoria, no importa lo largo y duro que el camino pueda ser; porque sin victoria, no hay supervivencia.

Unos días más tarde, el 4 de junio, justo tras el desastre de Dunkerque, la Cámara de los Comunes fue de nuevo el escenario de otra arenga conocida como Lucharemos en las playas. El tercer gran discurso llegó el 18 de junio, llamado Su mejor hora, y en él describía un Imperio británico que podría durar mil años —igual que el Tercer Reich, mira— pero que nunca olvidaría ese momento. Churchill tendría otras muchas intervenciones memorables, al igual que otros líderes durante el conflicto, pero hay uno que cabe destacar por contener un ingrediente tan poco frecuente en la característica solemnidad de esta clase de oratoria como es el humor: nos referimos, claro está, al discurso de George Patton al Tercer Ejército en 1944. Aquí pueden leerlo completo, es algo extenso pero merece la pena.

Desde entonces la naturaleza de la guerra ha sufrido algunos cambios y puede que ya no haya grandes batallas o que los generales no estén por la labor de realizar alardes de oratoria, sin embargo los tenemos más presentes que nunca. Ya sea en El retorno del rey, en Braveheart, en Gladiator o en Master & Commander. Comenzamos hablando de hazañas bélicas o deportivas y estas últimas han heredado con todos los honores la retórica más grandilocuente de las primeras. Quizá hayan visto el vídeo viral del entrenador Flowers motivando a su equipo. No está mal, pero vamos a ver: ¿no era capaz de memorizar esas pocas líneas y mirar en todo momento a sus jugadores mientras las declamaba? Si alguna vez las circunstancias les llevan a tener que encender los corazones de soldados ante una batalla crucial, jugadores en una final histórica, empleados ante un proyecto en que se decide el futuro de la empresa o vecinos frente al pago de una derrama, espero que hayan comprendido las claves sobre las que debe girar el discurso: la libertad, el valor, el compañerismo, la gloria, el sacrificio en nombre de Dios y de la patria, el honor inmortal ante las generaciones venideras… pero por favor y sobre todo ¡no lo lean de un papel!

Si no te critican es que no eres importante para nadie, te ignoran. Si te critican, existes.

lunes, 28 de septiembre de 2015

28.09.2015... La chica del tren.

Vuelve uno de viaje, más de trabajo que de ocio, en lunes, y da la sensación de no haber tenido semana. Las semanas así, sin días de desconexión y descompresión, no son completas. Volvemos al lunes como si nos faltara aire de las ruedas, conscientes de que el cansancio irá haciendo su efecto, antes de lo normal, hasta desinflar por completo.

No quiero hacer hoy ninguna valoración, ni personal ni política, sobre el resultado de las elecciones celebradas en la Autonomía de Cataluña. Ni valoro el resultado general, ni voy a opinar sobre el resultado particular obtenido por el Partido Popular. Sí diré, de momento, algo que no he dejado de expresar desde hace algún tiempo (De cambios en el PP (Leer aquí)), años ya: de nada vale cambiar corbatas por camisas desabrochadas, ni chaquetas ajustadas por vaqueros. El cambio está en el mensaje. El mensaje no llega porque hemos perdido el hilo con el ciudadano de a pie. Es grave. Lo perdido siempre cuesta recuperar.



En fin, el viaje ha sido cansado, sin parar ni un instante, pero agradable. Compartir momentos con personas que aprecias, conocer a otras a las que sólo habías tratado en las redes sociales; reconocer el trabajo que hacen muchos de manera voluntaria, defendiendo sus ideas y proyectos en pequeños rincones de España dónde a lo mejor no es tan fácil decir lo que se opina abiertamente, sin que te miren mal. Charlas con otros, personas también, de ideas diferentes y darte cuenta de que cada uno tiene su credo y tan respetable es el de uno como el del otro. Todo enriquece y es lo que nos llevamos de momentos y días así.

En la vuelta, esta mañana, desde Castelldefels,  he tratado de buscar esa desconexion en el tren: perderme en mi música, mis pensamientos y  mis libros.

Y me ha ocurrido una cosa realmente curiosa. 

Casi siempre me sacan el billete en el asiento que hay junto la ventana. Es más entretenido, te puedes perder en los paisajes pero, reconozco, es un incordio cada vez que te levantas y tienes que molestar a la persona que llevas a tu lado. Hoy, en el asiento contiguo se ha sentado una chica. 

Iba a levantarme para tomar café nada más ponerse el tren en marcha así que, tímidamente, nunca se sabe, he decidido preguntarle si quería cambiar el asiento para no producirle molestias en mi inquieto viaje. Había sacado de su maleta un ordenador, alguna libreta y se disponía a trabajar. Con una voz agradable y simpática, me ha respondido que sí, que era lo mejor.

Sentada a sus cosas, vestida de oscuro, con el pelo sobre el rostro tratando de esconder una cara atractiva, de sonrisa ajena a miradas, sin más, se ha puesto a lo suyo.

Uno para nada es curioso. Ni me gusta curiosear, ni que me curioseen mis cosas. Lo cierto es que los asientos del tren están totalmente pegados uno al otro y, las bandejas que utilizamos para apoyar libros o el portátil, casi se unen como formando un mismo pupitre. El caso es que cuando la señorita ha encendido su ordenador, en mi mirada límbica, infinita, embobada,  he leído su nombre. Nombre bastante particular, bonito, de origen griego, que se me ha quedado en la cabeza. Me perdí en mis cosas, un tanto  molesto por haber fijado la vista en la pantalla de un ordenador que no es mío, y ni siquiera volví a recordar hasta que se levantó para bajar del tren antes de llegar a Madrid.

Cuando he llegado a la oficina, como todos los días, Me he puesto a responder correos acumulados y revisar mis redes sociales entreteniéndome, sobre todo, en mi likedin personal. Atención. En el apartado de recomendaciones, esos que de vez en echas un vistazo por si reconoces alguna persona, conocida o interesante, de tu ámbito profesional, aparece una señora -o señorita- con el mismo nombre que mi compañera de viaje y, aparentemente, un físico muy parecido. Joder. 

Aquí la curiosidad ha aumentado y no he podido evitar, tras la casualidad, curiosear en su página curricular que, por otro lado, me ha parecido bastante interesante. Compartimos contactos y por eso, entiendo, me ha saltado la recomendación.

Creo que ninguno de los dos nos hemos cruzado ninguna mirada más que cuando ofrecí la posibilidad de cambiar de asiento, por lo tanto simplemente he intuido, por el parecido de la foto, que era ella. Una casualidad de esas que, por lo que sea, ocurren. 

Esto de las casualidades es algo particularmente extraño, pero guarda algo de magia, de poesía y mística. 

Muchas veces, aunque no entiendes el mensaje ni sabes si realmente hay alguno escondido en lo casual, lo mejor es responder, no dejarlo pasar. He descubierto, con el paso de los años, que todo es capaz de decirnos algo, sólo tienes que estar dispuesto a escuchar. Es lo que no solemos hacer las personas: escuchar. Necesitamos que nos escuchen.

Realmente escribo esto hoy por aquí porque necesidad:  echaba de menos mis escritos absurdos.




Los días que no puedo escribir, aunque sean esas estupideces habituales, no me siento entero. Me falta algo. Es como ese desahogo terapéutico que complementa el running o el  caminar. En los viajes me desordeno. Cuando vuelvo tengo que, inevitablemente, encontrar un rato de soledad para removerme y recolocarme


El otro día, en una sesión de Coaching Personal que tuve con un cliente que demandó mis servicios, le pregunté si alguna vez se paraba a pensar y luego tratar de escribir, vomitar sobre un papel, lo que le surgía de sus pensamientos. La verdad es que no todo el mundo está tan 'pirao' como yo.  Me contestó que no, que lo último que había escrito era cuando estaba en la universidad cogiendo apuntes, de eso hacía un par de décadas. A todos mis clientes les recomiendo escribir. 


A él también propuse que escribiese algo todos los días. Preferiblemente al final de la jornada. Lo que fuera,  algo suyo: sus enfados o alegrías. Lo que se le ocurriese.
  

He de decir que no he vuelto a verle ni saber de él, debió entender que le estaba mandando deberes en vez de entender que buscaba desbloquearle.  Escribir es, simplemente,  un estímulo terapéutico fantástico. Te encuentras contigo. Te lees. Te vives.  


Y por eso creo que a veces escribo cosas como las que he querido contar hoy. Cosas que a nadie le importan, pero que no dejan de ser historias de una vida o la vida en unos renglones.


La casualidad de esta mujer en el tren, el paseo de ayer  temprano por una playa tormentosa, pero llena de color,   las conversaciones durante el día con todos esos otros, de ideologías diferentes pero con problemas o vidas similares  a las nuestras.



Todo puede ser una novela y, en un instante, un poema.

Y os deseo una feliz tarde...
El inicio de algo no supone el fin de nada. El vértigo es algo que siempre acompaña. Si no hay miedo, no hay proyecto y sin proyecto no hay nada.

domingo, 27 de septiembre de 2015

sábado, 26 de septiembre de 2015

Sí, es verdad que si sigues y no abandonas habrás conseguido una parte del éxito. Si abandonas, o no lo intentas, habrás fracasado siempre.

viernes, 25 de septiembre de 2015

25.09.2015... La oportunidad de volver a despertar...

Sí, claro que la vida nos brinda oportunidades cada día según despertamos. El hecho de levantarnos por la mañana supone la gran oportunidad: de vivir, de amar, de cambiar, de ser, de hacer.

Llegué a la estación de Atocha más o menos como siempre: 8.15 h. Salí a la calle. Un bofetón de ruido y coches, un tímido sol y una agradable temperatura. 

He mirado al cielo y en ese instante me he cuestionado: ¿Subir al bus o disfrutar de un largo paseo por Madrid cruzando el Retiro? ¿Sacrificamos el momento café? 



Dicho y hecho. Mochila a la espalda, fuera las noticias del smartphone, bienvenidas los acordes de Vetusta, SuperSubmarina, los Lori Meyers y otros... caminar. Caminar y disfrutar de esa nueva oportunidad vital, de esta nueva mañana que abría el día con incertidumbres pero con ilusión.

No siempre se puede hacer, ni todos pueden hacerlo. ¿Perder la oportunidad? 

Madrid se enciende a cada paso. Unos van, otros vienen. Cada uno con su vida, en su camino. Tal vez otros sigamos buscando el nuestro mientras vamos caminando a veces sin rumbo fijo.

Cada uno es el máximo responsable de su vida y de sus actos. 

Culpar a otros de nuestros errores o fracasos ya supone nuestro mayor fracaso. 

No aprovechar las oportunidades, vivir ajenos al presente o simplemente no decidir a dónde ir supone que otros lo hagan por nosotros.

Comenzar el día así es ganarle tiempo a la vida. Luego vienen las rutinas, las tensiones, los dolores de cabeza, las alegrías, las sorpresas, el cansancio con el que llegas a casa. Pero te has encontrado con un despertar lleno de oportunidades y ese mensaje que te dice que sólo tú puedes tomar la decisión de aprovechar o no aprovechar cada una de ellas.

Esta semana se ha llenado de nuevos proyectos, de nuevas ideas. Se ha llenado de incertidumbres, interrogantes y dudas. Nos ha caído algún miedo de esos que igual que aparecen desaparecen. Me gusta cuando tengo miedos. Los miedos te hacen estar despierto, te ponen en aviso, te alertan y no te permiten confiar.

Cuando se inicia un proyecto es bueno que aparezcan los miedos. El miedo no es un signo de debilidad, es un signo de prudencia.

Esta semana será larga. Hoy termino una parte y mañana comienzo otra.

Estoy contento y optimista. Iremos contando.

Dice Robert Louis Stevenson que...

"El don de la lectura (...) requiere, en primer lugar, un vasto legado intelectual -una gracia, debo llamarlo- en virtud del cual el hombre alcanza a entender que ni él tiene toda la razón, ni aquellos con los que no comulga están del todo equivocados".

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Dice Osho que...

"La vida llega momento a momento. Si sabes vivir cada momento con totalidad, habrás conocido el secreto de la vida"

martes, 22 de septiembre de 2015

22.09.2015... Reflexiones en el tren: ser Español.

Cómo cada día, vuelvo en el tren. Son muchos mis tiempos en estos vagones, entre idas y venidas. Semanas cómo esta las horas se incrementan. Ayer, por ejemplo, de Getafe con trasbordo en Atocha para ir a Málaga. El día a día semanal y terminaré viajando a Barcelona. Lo cierto es que es en los andenes, mientras se espera el vagón al que subir, dónde más se reflexiona sobre el tiempo: el tiempo que se gana, el tiempo que se pierde. Perder un vagón significa llegar más tarde a tu destino o, simplemente, no llegar.

Y en los vagones, mientras se mira se piensa. Algunos miramos y pensamos, incluso aprovechamos y escribimos.

Casi todos los días vuelvo a casa, si repito hora, rodeado de las mismas caras. A veces me entretengo en mirarlos y repasarlos, en intentar averiguar ese grado de felicidad que les devuelve a casa. Otras realizó estadísticas mentales sobre edades, sexos, posible origen o, simplemente dónde bajarán. Y la mayoría me olvido y recojo en mis lecturas. Pero hoy, en este vagón, tras ver a un pasajero con una camiseta de la selección española, trate de encontrar si había alguno más. Efectivamente descubrí a tres. De los tres que la vestían, entiendo con orgullo, por sus rasgos ninguno de ellos era español. Posiblemente, he deducido, entre colombianos y un rumano.



Eso me ha llevado a generar, conmigo mismo, un debate que me ha durado todo el trayecto.

¿Cómo es posible que los de fuera, los inmigrantes, sientan con tanto orgullo nuestros colores, sin olvidar ninguno de ellos su país se origen, y nosotros renunciemos a ello?

Nada hay más idiota y anormal que no sentirse de dónde uno es, dónde ha nacido. Es algo así como no sentir la madre que te ha parido, algo que sólo los desequilibrados mentales pueden hacer.

Uno es de dónde es, y ya está. Uno no puede despojarse de su raíz o su verdad.

Vivimos uno de esos momentos en los que parece prima eso de ser menos patriota o español que nadie. Sólo ocurre en un país como el nuestro.

Yo me siento el más andaluz de todos los españoles cuando piso Andalucía, el más catalán de los españoles cuando estoy en Cataluña. Soy español. Manchego de raíz, madrileño de nacimiento y español.

El otro día, uno de esos que viven del cuento de la subvención que pagamos todos los españoles con nuestros impuestos, haciendo películas que no hay quién las trague, dijo públicamente que No Se Siente Español. Con dos narices. Vive de España pero no se siente español. Y nosotros a seguirle pagando subvenciones para sus caprichos 'creativos'.

Y no hace tanto, otro bailarín también subvencionado, nos regaló la misma frase: "No me siento español". En el caso de este señor creo era el responsable de la compañía Nacional de danza. Vamos que cobraba también dinerito 'español'. Pero no se siente español.

¿Vivimos en un país de chupalápidas o no?

Fuera de España da la sensación de que somos los españoles, nosotros mismos, los que nos tomamos a broma España. 

Pues sí, yo apoyo esa iniciativa que anda por ahí que pide al Ministro de Educación y Cultura que retire el Premio Nacional de Cinematografía, nada menos que 30.000 euros, al tal Trueba.

Pero yo iría a más. Debería ser obligatorio que todo aquél que perciba subvenciones públicas, sea persona física, empresa o institución, del estado español, para la realización de cualquier tipo de actividad artística -o lo que sea- exprese su identidad y sentimiento con España. No sé cómo ni de qué manera. Lo que sí sé es que aquél que renuncie o desprecie su país, en este caso España, automáticamente quede inhabilitado para recibir cualquier tipo de ayuda por parte del estado español. No quiero que mi dinero vaya para estos tipos.

Y dicho esto, sin entrar a hablar hoy del tema independentista, pienso dedicarme a descansar aunque no sin antes dejar por aquí una cita que he leído y viene al pelo:

"Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol; si os alaba Inglaterra, será inglés, si os habla mal de Prusia, es un francés, y si habla mal de España, es español." 

Esto lo escribió en 1874 el poeta catalán Joaquín Bartrina en su libro "Algo".

La peor educación que puede generar un país en sus generaciones futuras es el desarraigo. Somos ciudadanos del mundo, una generación globalizada y universal, pero todos tenemos una raíz.

Orgullo de ser Español.

Momentos: desde mi ventana...


Sólo es capaz de liderar a otras personas aquel que primero ha aprendido a liderarse a sí mismo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

20.09.2015... Escribiendo!

Vueltos, llegados, de un fin de semana perfecto en Minaya. 

Sol, luz, paseos, relajación y reflexión. La necesidad de luz, de campo, de poesía, de tranquilidad, de sencillez. Volver se hace difícil.



Aquí, mientras me despido del cielo azul, pensando que uno no sabe dónde escribe, ni cómo, ni siquiera por qué escribe. Pero sabe lo que escribe porque es lo que le nace y crece, lo que vierte como ese manantial de enorme pureza.

El sabor a veces dulce, otras amargas; sensual o pasajero; emocionante, precoz o simplemente añejo. Escrito.

Con los años me vuelvo más reflexivo, tal vez huraño. Tampoco busco nada.

Cada día es un ejercicio que se convierte en una lección. En unos se aprueba, en otros se suspende.

Escribir la vida tiene la misma dificultad que vivirla.
Lo que sí es cierto es que las cosas no cambian porque sí, cambian porque nosotros hacemos que cambien.

viernes, 18 de septiembre de 2015

18.09.2015... El hula Hopp!!

Hay noches en las que uno da más vueltas en la cama que un hula hopp. Unas veces por desvelo, otras por meditaciones  poco trascendentales, pero otras es porque tu estómago no admite ciertos alimentos a horas totalmente anormales.




El pensamiento protagonista de esa noche es "en que momento se me ocurrió comerme tal o cual cosa". Pero ahí está, consiguiendo te retuerzas enredado en esas sábanas que no encuentran su lugar.

Cuando me levanto tengo la sensación de haber estado haciendo abdominales toda la noche.

Me cuesta iniciarme. Me cuesta moverme. Me cuesta pensar. Y entonces me contesto a la pregunta nocturna: "no vuelvo a cenar más". Pero lo volveré a hacer, sé que lo volveré a hacer.

La noche de ayer, especial con ese partido de la selección española de baloncesto contra la de Francia. Con ese partidazo emocionante que pude ver junto a mi hijo. Con esa victoria que puso, nuevamente, de relieve que Nunca está todo perdido, que hay que Luchar y Esforzarse hasta el final y que no hay victoria sin Sacrificio, terminé, tal vez demasiado emocionado, tomando rápida y aleatoriamente, algo que no debía.

Y así me acosté, con el ánimo de dormir a pierna suelta, con esa almohada mía de la conciencia bien tranquila, hasta que un sudor frío me invadió y avisó de que algo no iba bien en mi cuerpo.

A partir de ahí, hasta casi de madrugada, el baile del hula hopp.

Disfrutemos de este oxígeno de campo y a ver que nos depara hoy la noche...


Dice Nicolás Gómez Dávila que...

“Casi rico, casi buen mozo, casi inteligente, casi con talento… mi vida ha consistido en un perpetuo perder el tren por unos pocos minutos de retraso”

miércoles, 16 de septiembre de 2015

martes, 15 de septiembre de 2015

15.09.2015... Minaya es poesía: desde la calle Molino.

Que Minaya es poesía lo he escrito infinidad de veces por aquí y por allá. Que su viento viene envuelto en poemas, que las estrellas bailan sus limpios cielos recitando los más bellos versos y sus tierras, doradas por el rey sol, esconden esas rimas, consonantes o asonantes, que rezuman perfume a trigo y azafrán que te llevarás siempre.

Así lo sentimos los que amamos este pequeño rincón manchego, que esconde y guarda raíces y recuerdos.

Y ¿por qué escribo esto en esta ciclogénica noche? Porque he leído estos días un librito, enorme, que lleva por título 'Estela de sentimientos'



Es un poemario; un libro de versos, de poemas, repleto de sentimientos y emociones. Es un libro, como digo, enorme no por su tamaño pero sí por su grandeza. 

Aquél que escribe poesía, siente más allá que muchos; aquél que publica poesía, nos desnuda sus emociones con única valentía.

A principios del mes de agosto descubrí, en el perfil facebook del Ayuntamiento de Minaya, que un paisano, Juan Antonio Peinado Fernández, al que he conocido siempre de vista, presentaba su segundo libro de poemas, 'Estela de Sentimientos', en la Casa de la Cultura por el 15 del mes. Reconozco que sentí grata sorpresa y me interesé. Las circunstancias del mes hicieron que mis ansiados días veraniegos en Minaya quedasen en tan solo un par a finales del mes.

Estando allí, en el pueblo, en nuestro pueblo, decidí hacer lo más lógico, contactar con Juan Antonio y, antes de marchar, solicitarle, si era posible, un ejemplar de su libro, contrareembolso del mismo (algo que hago siempre, sobre todo con autores de poesía y, en este caso con un doble motivo del que halaré más adelante).

Juan Antonio, Toni, no tardo más de media hora en contestar y quedar conmigo en su casa para entregarme la obra. Cuando me dijo la calle dónde vivía, me resultó más que familiar, aunque, sinceramente, a él no le ubicaba en ella: calle Molino, la calle de la casa de mis abuelos maternos, la casa de la abuela Señor (María del Señor) y el abuelo Santiago. La casa en la que ahora viven mis tíos. La sorpresa fue que la casa de Juan Antonio, Toni, es exactamente la casa de enfrente.

Está claro que mi 'degeneración' y 'estropicio' físico, provocado por la edad, hacía que ni Juan Antonio ni su mujer me reconociesen. Yo a él perfectamente, aunque los años también le han ido surcando canas.

El caso es que tuve uno de esos encuentros, con un vecino y poeta, paisano, realmente amable, cariñoso y extraordinario. No esperaba menos de alguién que escribe sentimiento.

El propio Juan Antonio me comentó que una de las personas que presentaron su libro, Ricardo Fernández Moyano, poeta vecino de Zaragoza, autor de, entre otros, el libro de poemas 'Zarzal', también es de Minaya. ¡Qué doble descubrimiento! Minaya rezuma poesía.



Juan Antonio, Toni, entiende "que la poesía es engalanar el lenguaje del sentimiento del poeta", y la razón le acompaña. De cada palabra que escribe el poeta, podemos sentir su emoción.

"Estas palabras no son mías/ son de la tinta y de los vientos."
La lectura de poesía tiene su momento y su lugar.

El poeta marca el compás en sus versos, vierte su emoción presente con el ritmo y trata de producir ese mismo estado en el lector. No es fácil.

"cuanto cuesta expresar los sentimientos,/ compartir lo mejor de las entrañas/ para evitar que formen telarañas/ y airear el interior de nuevos vientos."

El poeta va llenando su vida de silencios porque eso es la poesía: silencio.

Encontrar unos versos que nos pellizquen es como descubrir un tesoro. Lo más difícil de un poeta es llegar a conectar con su lector.

"La vida es igual que un charco/ en un camino formado,/ te puede dar de beber/ o hacer que pises el barro. /.../Vivir no es solo nacer/ y continuar respirando,/ la vida es ponerse de pie/ después que te haya tumbado."
Fantásticos versos.

Leer poesía es leer sentimiento y emoción. La poesía no se lee como un cuento o un ensayo. La poesía requiere, para su lectura, alma.

Si te dejas, la poesía te envuelve como una manta en invierno, como ese perfume del que te impregnas en la mañana y te acompaña todo el día.

El poeta busca en la poesía su esencia en las palabras. Es su vida.

La poesía entra y sale de todo aquel que la espera.

Y termina Toni su libro con un poema dedicado a esa calle, su calle, mi calle, la Calle Molino de Minaya. Me ha emocionado. Un poema que es un canto a la vida, al recuerdo y al sentir. Mis recuerdos de pequeño están en esa calle, en aquel entonces de tierra y piedras, sin asfaltar, sin aceras arregladas. Era la entrada principal de la casa, el número 23 creo recordar. Era la casa de mi abuela, la Señor. La casa siguiente, la que hacía triángulo con la calle de las portás, era la casa de La Tomasa. Enfrente a la de mi abuela, la casa que veía desde la ventana cuando de pequeño tenía que hacer los deberes en los calurosos veranos, era la de los padres de Toni.

Y escribe...

"Fuiste la calle donde mi vida empezó su rastro./ No sé si te añoro o, simplemente te extraño./ Tal vez sea que fue el tiempo de niñez, que pasé sobre ti jugando,/ y en algún sitio debes de tener mis recuerdos guardados,/ como tengo yo los tuyos, ¡algunos no puedo ni quiero olvidarlos!,/ aunque pase el tiempo y corran por mí los años.(.../...) Cuando se apaguen mis luces y se detengan mis pasos,/ cuando se me acabe el aire que un día me diste/ y alguien cierre mis párpados,/ cuando me llame la tierra del pueblo que nunca he olvidado,/ paseará conmigo donde quiera que vaya, aquel tiempo lejano,/ me llevaré el olor de tu tierra, tus barrancos y tus charcos,/ los umbrales que me diste serán trofeos en la vitrina de mis recuerdos./ La experiencia y los pasos que di en otros caminos/ los dejaré con mi estela de sabor a paisano,/ me llevaré a cambio, el aroma de aquellos vecinos,/ el agrado de los juegos de niño y el sabor de los amigos/ que compartieron conmigo esta calle, mi calle Molino."

Uff!!! Impresionante terminar este día así, con estos versos, con tanta vida, con tanta emoción.

Desde luego que os invito a comprar y adquirir este libro 'Estela de Sentimientos', escrito por un gran poeta, Juan Antonio Peinado Fernández que, sin duda, os hará olvidar y reencontraros con vuestro propio sentimiento.

Os quería indicar que el beneficio por la venta de este libro de poemas, será donada a Cáritas. 

Y sí, Minaya es poesía. 

Feliz noche poetas...