lunes, 28 de septiembre de 2015

28.09.2015... La chica del tren.

Vuelve uno de viaje, más de trabajo que de ocio, en lunes, y da la sensación de no haber tenido semana. Las semanas así, sin días de desconexión y descompresión, no son completas. Volvemos al lunes como si nos faltara aire de las ruedas, conscientes de que el cansancio irá haciendo su efecto, antes de lo normal, hasta desinflar por completo.

No quiero hacer hoy ninguna valoración, ni personal ni política, sobre el resultado de las elecciones celebradas en la Autonomía de Cataluña. Ni valoro el resultado general, ni voy a opinar sobre el resultado particular obtenido por el Partido Popular. Sí diré, de momento, algo que no he dejado de expresar desde hace algún tiempo (De cambios en el PP (Leer aquí)), años ya: de nada vale cambiar corbatas por camisas desabrochadas, ni chaquetas ajustadas por vaqueros. El cambio está en el mensaje. El mensaje no llega porque hemos perdido el hilo con el ciudadano de a pie. Es grave. Lo perdido siempre cuesta recuperar.



En fin, el viaje ha sido cansado, sin parar ni un instante, pero agradable. Compartir momentos con personas que aprecias, conocer a otras a las que sólo habías tratado en las redes sociales; reconocer el trabajo que hacen muchos de manera voluntaria, defendiendo sus ideas y proyectos en pequeños rincones de España dónde a lo mejor no es tan fácil decir lo que se opina abiertamente, sin que te miren mal. Charlas con otros, personas también, de ideas diferentes y darte cuenta de que cada uno tiene su credo y tan respetable es el de uno como el del otro. Todo enriquece y es lo que nos llevamos de momentos y días así.

En la vuelta, esta mañana, desde Castelldefels,  he tratado de buscar esa desconexion en el tren: perderme en mi música, mis pensamientos y  mis libros.

Y me ha ocurrido una cosa realmente curiosa. 

Casi siempre me sacan el billete en el asiento que hay junto la ventana. Es más entretenido, te puedes perder en los paisajes pero, reconozco, es un incordio cada vez que te levantas y tienes que molestar a la persona que llevas a tu lado. Hoy, en el asiento contiguo se ha sentado una chica. 

Iba a levantarme para tomar café nada más ponerse el tren en marcha así que, tímidamente, nunca se sabe, he decidido preguntarle si quería cambiar el asiento para no producirle molestias en mi inquieto viaje. Había sacado de su maleta un ordenador, alguna libreta y se disponía a trabajar. Con una voz agradable y simpática, me ha respondido que sí, que era lo mejor.

Sentada a sus cosas, vestida de oscuro, con el pelo sobre el rostro tratando de esconder una cara atractiva, de sonrisa ajena a miradas, sin más, se ha puesto a lo suyo.

Uno para nada es curioso. Ni me gusta curiosear, ni que me curioseen mis cosas. Lo cierto es que los asientos del tren están totalmente pegados uno al otro y, las bandejas que utilizamos para apoyar libros o el portátil, casi se unen como formando un mismo pupitre. El caso es que cuando la señorita ha encendido su ordenador, en mi mirada límbica, infinita, embobada,  he leído su nombre. Nombre bastante particular, bonito, de origen griego, que se me ha quedado en la cabeza. Me perdí en mis cosas, un tanto  molesto por haber fijado la vista en la pantalla de un ordenador que no es mío, y ni siquiera volví a recordar hasta que se levantó para bajar del tren antes de llegar a Madrid.

Cuando he llegado a la oficina, como todos los días, Me he puesto a responder correos acumulados y revisar mis redes sociales entreteniéndome, sobre todo, en mi likedin personal. Atención. En el apartado de recomendaciones, esos que de vez en echas un vistazo por si reconoces alguna persona, conocida o interesante, de tu ámbito profesional, aparece una señora -o señorita- con el mismo nombre que mi compañera de viaje y, aparentemente, un físico muy parecido. Joder. 

Aquí la curiosidad ha aumentado y no he podido evitar, tras la casualidad, curiosear en su página curricular que, por otro lado, me ha parecido bastante interesante. Compartimos contactos y por eso, entiendo, me ha saltado la recomendación.

Creo que ninguno de los dos nos hemos cruzado ninguna mirada más que cuando ofrecí la posibilidad de cambiar de asiento, por lo tanto simplemente he intuido, por el parecido de la foto, que era ella. Una casualidad de esas que, por lo que sea, ocurren. 

Esto de las casualidades es algo particularmente extraño, pero guarda algo de magia, de poesía y mística. 

Muchas veces, aunque no entiendes el mensaje ni sabes si realmente hay alguno escondido en lo casual, lo mejor es responder, no dejarlo pasar. He descubierto, con el paso de los años, que todo es capaz de decirnos algo, sólo tienes que estar dispuesto a escuchar. Es lo que no solemos hacer las personas: escuchar. Necesitamos que nos escuchen.

Realmente escribo esto hoy por aquí porque necesidad:  echaba de menos mis escritos absurdos.




Los días que no puedo escribir, aunque sean esas estupideces habituales, no me siento entero. Me falta algo. Es como ese desahogo terapéutico que complementa el running o el  caminar. En los viajes me desordeno. Cuando vuelvo tengo que, inevitablemente, encontrar un rato de soledad para removerme y recolocarme


El otro día, en una sesión de Coaching Personal que tuve con un cliente que demandó mis servicios, le pregunté si alguna vez se paraba a pensar y luego tratar de escribir, vomitar sobre un papel, lo que le surgía de sus pensamientos. La verdad es que no todo el mundo está tan 'pirao' como yo.  Me contestó que no, que lo último que había escrito era cuando estaba en la universidad cogiendo apuntes, de eso hacía un par de décadas. A todos mis clientes les recomiendo escribir. 


A él también propuse que escribiese algo todos los días. Preferiblemente al final de la jornada. Lo que fuera,  algo suyo: sus enfados o alegrías. Lo que se le ocurriese.
  

He de decir que no he vuelto a verle ni saber de él, debió entender que le estaba mandando deberes en vez de entender que buscaba desbloquearle.  Escribir es, simplemente,  un estímulo terapéutico fantástico. Te encuentras contigo. Te lees. Te vives.  


Y por eso creo que a veces escribo cosas como las que he querido contar hoy. Cosas que a nadie le importan, pero que no dejan de ser historias de una vida o la vida en unos renglones.


La casualidad de esta mujer en el tren, el paseo de ayer  temprano por una playa tormentosa, pero llena de color,   las conversaciones durante el día con todos esos otros, de ideologías diferentes pero con problemas o vidas similares  a las nuestras.



Todo puede ser una novela y, en un instante, un poema.

Y os deseo una feliz tarde...

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