jueves, 17 de agosto de 2017

Dice Ismael Cala que...

"Vivimos en una era de banalidades, donde lo superfluo determina el valor y el estatus de muchas personas por encima de otras."

miércoles, 16 de agosto de 2017

16.08.2017... Semblanzas de Verano: Trabaja por y para ti.

La verdad que a veces uno se pone frente al ordenador, sabiendo que quiere escribir pero que no sabe cómo hacerlo; sé que tengo que escribir, esa obligación que uno se impone, pero dando vueltas y vueltas, no sabe uno elegir bien el qué o el cómo.

Son estos días veraniegos aptos, ideales para la reflexión. Tanto, que a veces uno reflexiona en demasía lo que debería quedarse como meros pensamientos o divagaciones mentales.

Escudriñas en tu interior y te vienen imágenes, pensamientos sobre el cómo hemos llegado dónde hemos llegado y para qué.

Sin duda los compases de la vida son aquellos que van marcando nuestro destino. El ritmo lo ponemos nosotros: más rápido o más lento, con mayor o menos frecuencia. El destino también.

Llegar a asumir que prácticamente todo en la vida es una equivocación, es lo más difícil con lo que te puedes encontrar cuando crees haber llegado a ese destino. Pero peor sería no llegar a darte nunca cuenta de ello.

No creo en la perfección, tal vez porque sea el más imperfecto de los seres que pisan la tierra; tampoco creo en aquellos que la están buscando constantemente en los demás, sin mirarse a sí mismos nunca.

¿Por qué queremos ser alguien en la vida si posiblemente lo mejor sea no ser nadie?

Mi gran amigo Krishnamurti decía que “todos queremos ser famosos, pero en el momento en el que queremos ser algo ya no somos libres.”

Vivimos en un mundo en el que parece estamos obligados a ser alguien. Incluso nosotros obligamos a los demás a que sean ‘alguien', a ser reconocidos, a que destaquen.

Queremos ser y queremos tener. Si llegamos a ser, seremos reconocidos; si tenemos más que el otro aparentaremos ser más que el otro.

No pensamos nunca que en cualquier momento dejamos de ser y dejamos de tener. Porque nada se tiene por completo ni nadie es por siempre.



Tal vez la felicidad consista, única y exclusivamente, en llegar a ser quién tú quieres ser.

Tu mejor proyecto
siempre serás tú mismo.
Saberte encontrado
por ti.
Haberte vivido
a ti.
Sentirte desde dentro
contigo.
Aprender a amarte
a ti.
No buscar fuera
sin haberte buscado
dentro.
Tu proyecto
simplemente tú.
Con tus idas y venidas
con tus cosas
con tus carencias
con tus defectos
con alguna virtud.
Egoístamente tú.

¿Quién no ha pensado alguna vez que va por la vida equivocado? 

Que su trabajo no le gusta. Que no está a gusto con su pareja. Que debería comer menos, adelgazar, dejar de fumar o beber, hacer más deporte.

¿Quién no ha pensado que, a cierta edad, no ha hecho del todo bien los deberes?

Estamos inmersos en una comodidad aparente, porque realmente no estamos a gusto como estamos. Es como estar sentado en un sillón sin muelles o tumbados en una cama sin colchón.

No queremos dar el paso de cambiar, aunque nos sepamos equivocados, porque siempre hay más peros que… esos posibles resultados.

“Y ahora, a mis años, ¿para qué?” Nos decimos constantemente dejándonos llevar.

Y yo digo: “¿Por qué no?”

Una persona de 45/50 años de edad, lo normal es que viva, por estadística, como mínimo otros 35 años más.

Por qué no decidir vivir para ti, sin necesidad de olvidar al resto, esos 20, 30 o 40 años que te queden de la única vida que vivirás. ¿Por qué no vivir hoy como si no hubiera mañana? ¿Qué te lo impide?

Por qué no colocarte ese paracaídas de ilusión y lanzarte a ese vacío que no lo es porque la vida está llena de apasionantes momentos, de esa belleza inmensa y poética que si no quieres ver lo vas a perder.

¿Qué te impide vivir?

¿Tú trabajo? ¿Tu pareja? ¿Tus hijos?

¿Qué podré vivir más si no lo estropeo antes? ¿30 años? Posiblemente, nadie lo sabe.

30 años puede ser menos de lo que uno lleva vivido, pero suficiente como para demostrar que lo hemos hecho bien y dejar ese poso con peso como para que se note que has pasado por este camino que es la vida.

¿Qué me inspira?
¿Qué tengo y a dónde voy?
¿Cómo voy?
¿Para qué?
¿Qué necesito?
¿Qué vivo y me hace vivir?
¿Cómo siento?
¿cómo siento?
¿Qué me hace sentir?
¿a dónde vas?
¿Qué precio pagamos por hacer lo que hacemos?

Atrevamos a contestarnos a estas cuestiones.

Trabaja para ti. Trabaja por conseguir el equilibrio, la paz, tu espiritualidad, tu vida.
Nada ni nadie te lo puede impedir.

¿Sabemos alguno de nostros si nuestra vida puede acabar en este preciso instante? Pues no. No sabemos si estas serán mis últimas líneas escritas, si será tu última copa de vino, tu última sonrisa o tus últimos pasos. ¿Por qué no disfrutas cada momento que la vida te regale de más?

Paremos un instante, meditemos y reflexionemos sobre nosotros, sobre nuestras vidas.

La experiencia nos hace llegar mensajes y señales que en la mayoría de los casos no escuchamos.

Vamos tan deprisa que no nos paramos a atender lo urgente y lo importante, lo que nos puede estar indicando si caminamos o no correctamente.

Solo cuando la señal se convierte en una sirena de alarma, entonces es cuando nos preguntamos por qué no hicimos caso antes.

En fin, al final es lo que ocurre cuando uno se pone a escribir y no sabe muy bien de qué hacerlo. Termina por indagar en ese más allá de nuestros pensamientos y se da cuenta que, a lo mejor, de vez en cuando, al igual que algunos hablan demasiado, otros escribimos demasiado.

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Dicen que sólo el que experimenta y conoce tiene derecho a hablar de algo. Por eso la experiencia es la mejor sabiduría ‬para bien o para mal.

martes, 15 de agosto de 2017

En la virtud del orden está el acierto de hacer y deshacer priorizando lo que es importante de aquello que no aporta ‬absolutamente nada.

lunes, 14 de agosto de 2017

14.08.2017... Semblanzas de Verano X: aquéllos veranos!

Puedo decir, lo tengo cada día más claro, que soy un hombre de campo y no de mar.

Me gusta despertar con ese silencio espacioso que otorga la tierra al gorjeo de los pájaros, que bailan a la salida del sol en el oriente.

Me gusta el olor que deja la escarcha sobre las hojas de las parras y la higuera, justo antes de que la luna se pierda.

El campo, mi campo, me estremece cada vez que lo vivo tal vez porque me ha hecho suyo tanto igual como yo me voy adueñando de él con los años.

Cuando estoy lejos lo echo de menos tanto que a veces recorro en fotografías mis instantes como si no fuera a volver.

No sé por qué me he convertido, sin quererlo, en uno de esos militantes defensores de lo rural frente a las robóticas ciudades que habitamos.

Es el cómo paso el tiempo, el cómo se detiene en los caminos cuando simplemente olemos las amapolas que bañan de color las siembras.

Siendo así, no renuncio cada año a degustar unos días el sabor de la sal del mar, el vals de sus olas, el sin fin de ese azul que se funde con el cielo. Los hay que prefieren el mar y los hay que preferimos el campo. Encontrar el equilibrio, encontrar el tiempo. Poder degustar ambos y quedar con lo nuestro. Todo un privilegio.

Hay hombres de mar y hombres de campo.

Hay poetas que escriben versos inspirados por sirenas y otros que encuentran su poema entre esos duendecillos que habitan bajo las cepas, en viñas, o agazapados en cebadales.

Todo es poesía, todo es belleza. Ser capaces de quedarnos quietos y contemplar el presente con el valor y gratitud de lo que nos rodea.

Son estos días, mientras contemplo el mar, sintiendo el pueblo, los que más me llenan de pensamientos y recuerdos de aquellos veranos.

Veranos siempre en el pueblo. 



No recuerdo un solo verano de mi vida sin haber pasado más o menos días en esas calles, en esos caminos, en esos campos.

No es lo que era ni lo que fue. Ni somos los que éramos ni los que son, esos chavales de ahora,  lo son cómo nosotros éramos.

Entonces ni móviles, ni ordenadores; ni consolas, ni en épocas televisores. Ni mil canales ni programas absurdos… Entonces estaban las calles, las bicis, las eras, los campos, el paseo, el patio de las casas, los corrales, las puertas abiertas al fresco de la noche.

Entonces las pandillas eran inmensas, esas de verano con sus más y sus menos, con sus líderes y tímidos, con las guapas y los menos agraciados; con esos primeros besos o esas peleas que quedaban en abrazos.

Estábamos todos comunicados y no sé realmente cómo. Simplemente salíamos a la calle y nos íbamos encontrando uno al otro hasta formar el grupo que en ciertas épocas se convertía en multitud.

Hoy leía, en un fantástico artículo de Reverte, un texto de Joseph Conrad, en este caso sobre el hombre de mar pero que yo lo sustituiría perfectamente, también, por el campo. Dice:

“Lo más maravillloso de todo es el mar (campo), o eso creo. El mismo mar (campo). ¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe? Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra. Pero decidme: ¿No fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar (campo) que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso? ¿No es lo que echáis de menos?Y todos asentimos: el financiero, el contable, el abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban para siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones.”

Qué felicidad la de aquellos veranos, cuando ni tenía ni era nada. Cuándo con aquella bici Orbea era el más feliz del mundo recorriendo esas calles que me hicieron crecer tal vez demasiado deprisa. 

¿Por qué no se paró el tiempo entonces? ¿Por qué no nos avisaban de todos esos monstruos a los que la vida nos haría enfrentar?

Hoy leo y escribo, estudio y doy conferencias, trabajo y emprendo; entonces la vida me escribía historias cada día

Eran las historias del verano y cada verano tenía las suyas. Esas historias quedaron grabadas en mi memoria, con sus protagonistas, de tal manera que cierro los ojos y las recuerdo, cada una de ellas, perfectamente. Casi huelo y escucho los olores y sonidos que entonces percibía.

Ahora los veranos ya no tienen historias; aprendemos a degustarlos sorbo a sorbo, con miedo a que nos llegue la fecha y hora de volvernos a colocar el traje, los calcetines y a fichar.

Aquellos veranos eran los Veranos. Eran las primeras pandillas, los primeros amigos y esos primeros besos.

Eran los veranos de las primeras caídas al suelo, de los primeros baños furtivos en las valsas de riego. De ir en bici a buscar paloduz a Casas de Haro.

De las chuches donde Michi.

Eran los veranos eternos aquellos del Yeti (Ángel), el Chafa (Jorge), el Belloto (Luis) y todos los demás que se iban uniendo: las de los chalets del paseo, los catalanes, los valencianos y los madrileños.

Eran los veranos de los guachos y las guachas.

Del 'odo nene!' o el 'pero pijo!'.

Eran los veranos de los primos y las primas, de las tías y los tíos.

Del cine Joaquinete o la discoteca Exágonos.

Los veranos de la Tomasa, del pan de en ca la Valentina, de la casera Manolín; del olor de la tienda de la Molinera, del 'mandao' de la abuela donde La Morena.

El verano de la piscina y el club. De esas tardes interminables hasta que el sol convertía en un visillo rojo el cielo. 

De engañar a la abuela y llegar más tarde por las portás.

Eran aquellos años de fumar las hojas secas de los árboles pensándonos machotes, hasta que aquel cigarrillo Sombra desvirgó los jóvenes pulmones.

Eran los veranos del Tatum y Las Palmeras, de la paloma en el Tino hasta altas horas y el último botellín en la discoteca Gatsby.

Eran los años en los que entrar primero a los reservados, con ese olor a desinfectante característico, suponía ser el rey de la noche e irte a casa con una gran sonrisa.

Eran los veranos en los que no pensabas en nada más que el presente porque ni había pasado ni futuro.


Cada uno tuvo sus veranos, cada uno su despertar. Mi despertar fue en Minaya y no lo quisiera acabar.