miércoles, 21 de junio de 2017

martes, 20 de junio de 2017

20.06.2017... Y los sueños... siempre son!

Creo que en alguna ocasión he escrito que no me he sentido nunca un soñador... como escribía Calderón de la Barca, poniendo en boca de Segismundo ese ya famoso monólogo que, como muchos, pensando en la suerte de la vida decía:
"Sueña el rey que es rey, y vive/ con este engaño mandando,/ disponiendo y gobernando;/ y este aplauso, que recibe/ prestado, en el viento escribe,/ y en cenizas le convierte/ la muerte, ¡desdicha fuerte!//¿Que hay quien intente reinar,/ viendo que ha de despertaren el sueño de la muerte?//
Sueña el rico en su riqueza,/ que más cuidados le ofrece;/ sueña el pobre que padece/ su miseria y su pobreza;/ sueña el que a medrar empieza,/ sueña el que afana y pretende,/ sueña el que agravia y ofende,/ y en el mundo, en conclusión,/ todos sueñan lo que son,/ aunque ninguno lo entiende.//
Yo sueño que estoy aquí/ destas prisiones cargado,/ y soñé que en otro estado/ más lisonjero me vi.¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño:/que toda la vida es sueño,/y los sueños, sueños son."
La vida puede convertirse en un eterno sueño si no pasamos a la acción. No creo en el eterno soñador, creo en esos sueños que visualizamos para con la acción ir a por ellos.



No creo que nadie diga que no ha tenido un sueño en su vida. Cada día es posible que nos despertemos con uno diferente. Alguno puede representar una locura, otros pueden ser totalmente estúpidos y unos, a lo mejor, nos pueden resultar irrealizables pero tal vez no. El caso es que soñamos, no dejamos de soñar. Una vida sin sueños es una vida sin esperanzas, un aburrimiento, una rutina.

Cuando en alguna ocasión me he referido a que no se puede estar toda la vida soñando, lo hago en el sentido de que soñar también puede hacernos caer en la rutina del sueño, generarnos esa somnolencia que nos provoca la monotonía del ser, la desilusión o la desgana.

Cuando sueñas te ilusionas, crees en lo que haces y provocas en ti una especie de energía que, de verdad, te genera la fuerza necesaria para pensar que lo que en un momento nos puede parecer imposible, es posible.

Los sueños no son imposibles: o son posibilidades que dejamos en el camino, o acciones que nos acercan a ellos.

Como todo en la vida, debemos apostar. 

Yo soy de esos que no juego a la lotería, por eso tampoco digo nunca eso de que a mi no me toca nunca. Evidentemente, no me toca porque no juego. Para que algo te salga bien lo primero que tienes que hacer es apostar, arriesgar.

Los sueños son emociones e ilusiones. Ambas, tanto la emoción, como la ilusión, forman parte del sueño. La emoción es sentir; las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan modos de adaptación a ciertos estímulos del individuo cuando percibe un objeto, persona, lugar, suceso o recuerdo importante.

La ilusión es el deseo de alcanzar algo, es una esperanza, es fuerza, capacidad para conseguir un objetivo. Por eso hay que tener ilusión siempre, no perderla nunca.

No hay sueño sin emoción ni ilusión: no hay corazón sin cabeza.

Los sueños no son fantasías, ni siquiera metas. Los sueños son dar sentido a algo, a una vida. Querer conseguir algo, llegar a ser algo, hacer algo, eso que te apasiona. Y el principio del sueño siempre eres tú.

El sueño nos provoca acción, movimiento, actividad. Cuando visualizamos un sueño debemos generar un plan, un camino, un cómo alcanzarlo.

Los sueños sin movimiento quedan en el olvido. 

El sueño nos predispone, determina nuestras acciones. Por lo tanto, solo tenemos que imaginar lo que nos gustaría sucediera. A partir de ahí todos los pasos, todas nuestras acciones, deben ir dirigidos a conseguir estar como imaginamos.

Los días son retos; los días con ilusiones, con sueños, se viven mucho mejor.

A veces caminamos con el viento de frente, creeremos que nunca lo conseguiremos, nos aparecerán esos diablillos que nos paralizan, pero los vientos cambian y si estamos preparados, podremos hacer la maniobra adecuada para ponernos a su favor.

¿Sabemos lo que queremos? ¿A qué aspiramos en la vida?

Debemos desearlo de verdad, con todas nuestras fuerzas. Si visualizamos nuestro sueño eso genera fuerza para caminar aunque el camino esté lleno de obstáculos.

En la vida, nos comprometemos con muchas cosas y personas. La mayoría de las veces de manera innecesaria. Si nos comprometemos con nosotros mismos, nos llenaremos de esa energía suficiente para intentar conseguir aquello que queremos.

Tú eres el primero que debes creer que es posible, no permitas que nadie te nuble la visión.

Debes visualizarlo, tenerlo muy claro. No te conformes. Sueña grande.

Compártelo, escríbelo, cuéntalo. No te lo quedes dentro.

Redacta tu plan de ruta para lograr ese sueño. Lo más real posible.

Trabaja muy duro por conseguirlo. No pierdas el tiempo, no pierdas la energía. Da pequeños pasos pero firmes cada día. Se constante.

Disfruta mucho y vive cada momento.

Que lo imposible sea tu próximo reto.

Mi amigo, siempre, Confucio, me dice: 
“todas las cosas son imposibles hasta que dejan de serlo”
No lo olvides...

'La Vida Nuestra' con Peter Dinklage y Arévalo Cervantes. Estrella Damm 2017

Dice Sigmund Freud que...

"Las emociones inexpresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas."

lunes, 19 de junio de 2017

La excelencia sólo se consigue a base de perseverancia y esfuerzo; la estupidez a algunos se la regala la vida.

domingo, 18 de junio de 2017

18.06.2017... Reflexiones en el pueblo!

No sé cuántos grados de temperatura tenemos a estas horas, sí sé que el calor que está haciendo estos días se aprovecha de nuestros cuerpos y mentes, los apelmaza, los trata de derrumbar en el hastío. Yo lucho, me peleo sin dejar, para no caer en ese peligroso lado oscuro que supone el dejarte llevar por la dejadez.

Abro el cuaderno y me quedo mirándolo hasta que aparecen dos o tres palabras, sin sentido, mientras miro el cielo que se retuerce en un fuego de consuelo.

Podemos llenar nuestra vida de cosas, de todo lo que imaginemos o podamos; de casas, coches, smartphones de última generación, cargos y puestos bien remunerados con tarjetas de visita vistosas, pero, si no somos capaces de vivir y valorar cada momento ¿de qué coño sirve?

Curiosamente, o casualmente, en menos de dos o tres semanas, la última vez el viernes, tres personas, alguna de ellas importante para mi, me han echado en cara, han criticado o, diría mejor, se han reído por esa defensa mía de lo rural, del pueblo. Todo esto ha ocurrido tras haber publicado por aquí y en Wall Street International, el artículo 'Ser de Pueblo'.

Hoy, posiblemente más que nunca, la mayoría de las personas habitan en un lugar en el que no han nacido. Muchos de ellos abandonaron el campo, los pueblos, para vivir en las ciudades. Somos urbanos. Las ciudades se van agrandando a pasos de gigante y van convirtiéndose en hervideros de gentes, apelotonados, que habitan en viviendas cada vez más pequeñas porque los pequeños sueldos no dan para más.

Las personas abandonan los pueblos, se marchan, y van a las ciudades en esa búsqueda de oportunidades, de una vida mejor. Ha sido así desde mediados del siglo pasado y continuará así, si nadie lo remedia, hasta que desaparezcan del mapa esos pequeños pueblos, paraísos, de los que muchos, también, nos sentimos orgullosos.



Preservar los pueblos españoles sería preservar, salvaguardar, nuestras raíces, nuestra historia

Escribo estas líneas, que ahora traslado por aquí, en mi cuaderno, sentado en el porche de mi casa en el pueblo.

Creo que la vida de cada uno ha de llenarse de satisfacciones, pequeñas o grandes; esos momentos que nos hagan sentirnos pletóricos, felices.

La gran libertad de una persona está en ser feliz con lo que tiene, no desear nada, no querer engrosar su cuenta corriente más de lo justo y necesario para llevar una vida digna. Simplemente vivir con aquello que le cubra el camino vital: familia, amigos, dinero, coche, casa... lo justo para estar.

Es ese el sentir, desde estos lugares, en los que mientras las nubes bailan, me vienen a la cabeza muchas de mis reflexiones vitales. 

Vivir coherentemente, como se piensa. Ese estoicismo moderno que muchos buscamos, además, en la filosofía oriental pero que ya estaba por aquí, entre muchas de esas piedras que adornan el camino, siglos atrás.

Si pensamos de una manera y vivimos de otra, tendemos al fracaso.

Es verdad que yo vivo en un pueblo/ciudad, trabajo en la capital de España, pero realmente soy feliz en el campo, en este rincón mío del pueblo. Creo, además, que sería capaz de ganarme la vida desde aquí.

El campo te permite pensar, está lleno de silencio y puedes ser consciente de tu yo sin tener que buscar o ir más allá de nada.

Naturaleza, viento, vida.

No hay que abandonar el pasado, ni renegarlo. Hay que construir futuro, recoger las piedras caídas y ser capaces de encontrar las esencias, las raíces que vuelvan a sostenerlas.

Aquí, en el pueblo, es todo tan diferente que cuando vuelvo a la ciudad a veces me entra vértigo.

El fin de semana ha sido realmente ideal. Siempre puede ser mejor, pero nunca más ideal. 

Mis padres están fantásticos. Mi madre con el chasis algo más fastidiado, pero ese motor, que es la cabeza, en perfecto estado de revista. 

Comer en casa, en el pueblo, envuelto en los olores de esa tortilla de patatas recién hecha, el pisto con pimientos y conejo, es como volver  a la vida, por no decir resucitar de la muerte. Si permites que algo quede en el plato es defraudar el sentido de lo divino.

Y sí, mi casa. La misma mesa de toda la vida y ellos que cada día hacen que veas todo con un poco más de sentido. Sí, tener tus padres cerca es un privilegio que no solemos valorar como merece. Yo, que conozco personas que la vida obliga a estar lejos de los suyos, a construirse como persona desde la lejanía, no entiendo cómo muchas veces nosotros, los que tenemos todo al lado, dejamos pasar tiempo. Cierto es que lo que se tiene no se valora.

Las tomateras que sembró mi padre ya han agarrado en el pequeño huerto. Kika, cada vez disfruta más corriendo por el patio, de un lado a otro, buscando una lagartija a la que perseguir. Y yo siento satisfacción de verla, mucho más libre.  Ayer, cuando llegamos, la eché de menos durante un tiempo. Normalmente, cuando no está al lado es porque está haciendo una de las suyas. La llamé y no venía. Me levanté, no sin antes refunfuñar y fui a buscarla. Estaba en un rincón del otro lado, con la mirada fija en el suelo y moviendo el rabo. Me acerqué corriendo al ver que algo se movía delante de ella. Era un polluelo de gorrión que había caído de algún nido. El pobrecito estaba muerto de miedo, paralizado. Ella no le hacía nada, simplemente olisqueaba y miraba fijamente. La retiré y el pajarillo comenzó a corretear e intentar levantar el vuelo. Lo cogí entre las manos, tratando de no hacerle daño, y busqué el tejado más cercano para lanzarlo con suavidad. De seguro su mamá estaría cerca. En esta época muchos caen de los tejados, de sus nidos, en ese intento por volar. Creo que este ha tenido otra oportunidad.

Ayer, en la tarde, el calor en Minaya era tan bochornoso como en toda la península, ni más ni menos, pero La Mancha juega con esa fama de áspera y seca. Como de repente, cuatro nubes se vistieron de negro, dejaron sonar tres truenos de esos que recuerdan el verano; como de repente, la lluvia sobre las tomateras, el cielo confundido por las nubes, la alegría en el canto de los gorriones y el deambular de las moscas hipnotizadas por la espesa temperatura.

Una sorpresa momentánea que congregó un baile de golondrinas en el atardecer.

El olor a tierra mojada que me empapaba de pensamientos, tanto como comprobar que prefiero ese tintinear de la lluvia en los tejados que el rugir del tráfico despiadado.

Tras un buen chaparrón el día me dejó tiempo de un paseo por mis caminos, dejando que el poco aire que corría despeinase algunos trigales. Dejar que ese olor penetre en uno para llevarlo en el recuerdo, junto con esas imágenes que no puedo evitar fijar en la retina y convertir en los paisajes de mi vida.

Esta mañana, al despertar con esa luz del día que dejo que entre en la habitación para no perder ni un minuto, pensaba que en el campo, en el pueblo, se sueña diferente. Los sueños son tan distintos como lo somos nosotros en estos lugares que muchos convierten en ajenos pero otros sabemos que son nuestros.

Parece que uno termina así la semana renovado, reseteado. Son estas fechas más que ajetreados. Son tiempos en los que queremos llegar más allá de lo que tal vez podemos y eso, sin quererlo, nos confunde el vivir.

Venir por aquí es recomponer la mente y recordar, siempre recordar para no olvidar, dónde está tu verdadero silencio. 

Y para seguir con la tradición del domingo, dejo una de esas canciones que me motivan...

Dice la Madre Teresa que...

"Podemos sentir que lo que hacemos es sólo una gota en el océano. Pero el océano sería menos debido a esa gota perdida."

sábado, 17 de junio de 2017

Es posible que los retos más difíciles sean los que te impulsen y motiven más que aquellos que creemos fáciles. ‬La vida es un eterno desafío.

viernes, 16 de junio de 2017

16.06.2018... Por Zamora

He viajado estos días a Zamora. Un viaje caluroso, espeso y a lo mejor algo desigual.

Zamora es una ciudad románica, con una historia extraordinaria, en un bello enclave atravesado por un elegante río Duero que con poética grandeza baña estas tierras de Castilla. No conocía Zamora, debe ser de las pocas capitales españolas que me quedan por conocer. Uno va recorriendo España en estos años y se va llenando de grandeza.

Han sido días en los que queremos llegar a todo y todos y vamos dando saltos de un lugar a otro y de un extremo a otro de nuestras emociones. Pero como campeones de la vida vamos superando cada obstáculo, con menos miedo a caer del que teníamos antes, tal vez porque el miedo, con el tiempo, también se va perdiendo.

Dice Steve Jobs que...

"Todos los puntos en la vida se terminan conectando de alguna manera y tienes que dedicarte a lo que más te apasione."

miércoles, 14 de junio de 2017

14.06.2017... Sentido a la vida!!

En estos días, en los que el calor nos busca, nos encuentra y no se despega de nosotros hasta hacernos sentir como almas en pena buscando la sombra, en cada rincón de las calles asfálticas de la ciudad, pensaba en lo difícil pero a la vez importante que es encontrar el sentido a nuestras vidas.

Sí, no es que me ponga en plan filósofo o coach, es que entiendo que es esencial saber a dónde queremos ir y saber a dónde queremos llegar.

Muchos de los problemas que nos acompañan diariamente, en nuestro camino, se superarían fácilmente si tuviésemos claro cual son nuestros objetivos en la vida. 

No es un tópico. Todos llegamos a casa, la mayoría de los días, pensando que no sabemos por qué trabajamos tanto ni para qué; no sabemos por qué hacemos tal o cual cosa ni si verdaderamente valdrá la pena. Esto, que puede convertirse en un hábito, el hábito de la queja constante con uno mismo, es fruto de no tener claro a dónde se quiere llegar.

Es importantísimo saber, tener, encontrar un por qué vivir.


Cuando tenemos objetivos, cuando nos ilusionamos por algo, nuestros esfuerzos no parecen tales, el sacrificio se minimiza y nos levantamos cada día saltando de la cama por que tenemos una ilusión, algo que conseguir.

Nuestra mente es capaz de crear situaciones diferentes constantemente. Unas nos marcan una tendencia positiva, pero otras son capaces de enfundarnos en una tristeza y adversidad de la que somos incapaces de salir si no nos paramos a pensarlo.

La mente crea, nos confunde, puede jugar con nosotros y divertirse de tal manera que, no siendo conscientes de ello, nos maneje a su antojo.

Todos podemos cambiar, todos podemos mejorar si tenemos un objetivo, una dirección hacia donde ir.

Hace poco escribí en mi cuaderno esto: si crees creas; si crees confías.

Lo que quise decir, tal vez en un momento en el que alguno de mis proyectos me hace cuestionar ciertas cosas, es que cuando crees en algo, en ti, eres capaz de crear las situaciones, las oportunidades que te lleven con menor o mayor éxito a conseguir tus objetivos porque cuando crees estás confiando en ti y, por ende, en tu proyecto.Y eso es fundamental. Y esto te genera pasión, la pasión necesaria para que cuando llegues a casa, cada día, después del esfuerzo, con la ropa sudada de ir de allí para acá, de patearte las calles, no pienses que no merece la pena. Todo merece la pena.

El éxito fundamental de tu vida eres tú. No hay otro éxito mayor que ese. Lo demás es algo material que no podrás llevar contigo el día que te mueras. Para construir tu éxito personal tienes que creer en ti, confiar en ti y todo lo que hagas, hacerlo con un sentido, con una coherencia y con unos valores que te hagan siempre diferente y auténtico.

Nuestras emociones, como decía Goleman, determinan el éxito de una persona por encima de su coeficiente intelectual. Sabiendo esto, lo que tenemos que hacer es gestionar correctamente nuestras emociones porque eso nos dará un equilibrio interno vital y una mayor capacidad de relación con todos los que nos rodean.

Buscamos el éxito fuera sin pensar que lo realmente necesario es el éxito interior. Creemos que la felicidad es ese éxito que nos aguarda en algún lado como si fuera un manantial de agua inagotable. La felicidad no es permanente. Quien crea o busque la felicidad permante no la encontrará jamás porque no existe. Nuestras vidas están llenas de momentos felices, cuantos más mejor.

Nos generamos obligaciones, como el hecho de ser felices desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estemos dónde estemos.

La felicidad es como el viento, como el sol o la luna, aparece y desaparece, va y viene. Hay que disfrutar de los momentos que nos llega y no tratar de perseguirla constantemente ya que eso evitará ser conscientes del verdadero momento.

Busquemos el significado de nuestras vidas, su sentido. Hacerlo nos genera unas emociones y unos pensamientos que, a su vez, provocan acciones alrededor de lo que queremos, de esos objetivos.

Dice el Dalai Lama que...

"Una de nuestras formas más efectivas de superar la ansiedad es intentar cambiar el foco de atención de uno hacia los demás. Cuando tenemos éxito en esto, encontramos que la escala de nuestros problemas disminuye. Esto no significa que debemos ignorar nuestras propias necesidades por completo, pero en cambio debemos intentar recordar las necesidades de los otros junto con las nuestras, no importa cuan apremiantes las nuestras puedan ser"

martes, 13 de junio de 2017

Querido hijo...

La vida es perfecta, simplemente está ahí para que tú la descubras.
Si somos capaces de liderarnos nosotros mismos, controlando nuestra mente y acciones, seremos capaz de transmitir liderazgo a todo lo que nos rodea.

domingo, 11 de junio de 2017

11.06.2017... Conversaciones con uno mismo!

Uno cree que tiene siempre claro las cosas, que camina en la dirección correcta, que todo lo hace bien, pero no tiene por qué ser así. Lo que es bueno o correcto para uno no tiene por qué serlo para otros, ni la dirección que uno lleva tiene por qué ser la misma que deseen llevar los otros.

Cuando se entra en este tipo de contradicciones normalmente ocurren dos cosas: o se asume que lo mejor, o correcto, es lo del otro o se defiende lo suyo y cada uno opta por un camino.

Normalmente esto no debería ser difícil. He conocido empresas en las que los socios han discutido sobre la dirección de la empresa, normalmente en momentos de incertidumbres y crisis, cada uno ha tomado un camino generando proyectos deferentes y ambos han obtenido buenos resultados. También he conocido todo lo contrario, los que tras la discusión, se separaron, optaron por no unir esfuerzos sino ser competitivos y ambos fracasaron.

Yo siempre he creído más en la primera opción. Cuando surgen las diferencias de planteamiento, si no puede reconducirse lo que hay, lo mejor es optar por caminos diferentes sin rencor ni competencias absurdas.

Siempre es mejor sumar que restar.



Pero no todo lo que yo pienso o siento está en lo razonable, en lo cierto ni, por supuesto, lo pretendo.

Lo más importante siempre es lo que nosotros pensamos, no lo que otros quieren que pienses.

Esta mañana, bajo un sol que hacía justicia y con una temperatura temprana que ya se acercaba a los 30º C, hemos superado los 16 kms de rigor. Y digo de rigor, porque no sé si pensar que, debido a la vida poco ordenada y salubre que llevo, en muchas ocasiones, sobre todo últimamente, estos kilómetros se convierten más en un castigo que en un placentero recorrido. Hoy ha sido uno de esos días. Uno de los días en los que el cerebro ordena a las piernas detenerse, que pesen; que más que levantarse para dar la zancada, se arrastren en el polvoriento camino. Hoy ha sido uno de esos días en los que he sufrido cada kilómetro, pero también he recordado cada uno de esos platos que, junto a un vino de la tierra y posterior gintonic, he disfrutado esta semana. Es lo que toca, es el sacrificio de andar, de caminar de allí acá, de pensar que la vida es el momento, cada momento, y no pensar tanto en el mañana como a lo mejor debería hacer.

Pero soy así, ni tengo remedio ni lo quiero. ¿Cambiar ahora? ¿Para qué? No sé si habré hecho, ni haré, todas las cosas bien en mi vida. No seré yo el que me juzgue. Es más, reconozco que no todo lo he hecho bien. Sé que camino siempre hacia delante, que me esfuerzo, que me exijo, que me equivoco, que me caigo y me levanto. Uno merece sus tiempos, sus momentos. Uno merece sentir esa vida que quiere, que necesita, que le impulsa cada mañana a continuar adelante. Porque eso es vivir, el resto sería dejarse morir.

Y por eso cada vez necesito sentirme más cerca de mi estado natural de ser: mis rincones. Alejarme del ruido, del estado habitual de supervivencia al que nos vemos sometidos diariamente.

No deberíamos estar siempre así, no deberíamos caminar siempre hacia nuestro objetivo dejándonos llevar por esas obligaciones que lo único que hacen es quitarnos tiempo para pensar y vivir la vida que queremos.

La vida no puede ser puro deseo, deben ser hechos. La vida debe ser un camino, con sus obstáculos, con ese faro en su final que solo el GADU sabrá si lo tocaremos, pero mientras, no debemos dejar de caminar.

Lo que he tenido siempre claro en mi vida es que no tengo nada claro. Exceptuando algún que otro proyecto, como estos que me llevan en los últimos tiempos, siempre voy hacia delante de un lado a otro del camino, de aquí allá, con ansia de saber, al punto de saber de todo y no especializarme en nada concreto.

Pero sí sé cómo me he visto siempre, cómo quiero verme: leyendo bajo un árbol, con mi cuaderno al lado. Dejándome llevar por esos textos, esos versos o, simplemente, por el silencio.

Y puede que algunos se rían de mi, de lo que pienso o siento. Puede que algunos piensen que estoy zumbado por necesitar ese encuentro con uno mismo cada vez más, por huir del ardiente asfalto o los bulliciosos lugares. Lo más importante es saber lo que se quiere, buscarlo, sentirlo. No dejarte llevar por lo que los demás piensen. Cada persona tiene su lugar y su mundo.

Y ni si quiera sé por qué escribo todo esto hoy.

Tal vez tenga un exceso de optimismo en la vida, aunque es posible que algunos me vean como una de esas personas que sienten amargor en la existencia por el exceso de exigencia sobre uno mismo. Sinceramente, solo espero cosas buenas de la vida, para todos los que me rodean y para mi, me siento mucho mejor así.

Y como suelo hacer últimamente, aquí os dejo con una de esas canciones que levantan y motivan... Grandes Varry Brava:



Es difícil caminar sin pensar en los demás aunque a veces, si queremos avanzar, no debemos estar haciéndolo ‬constantemente, aunque nos tachen de egoístas.

sábado, 10 de junio de 2017

10.06.2017... El árbol...!

He conseguido amanecer descansado, sin prisa, fundiendo mis pensamientos en ese estado de quietud deseada a la que he dedicado prácticamente todo el día.

Ultimamente llego al sábado con la cabeza rebosante de pensamientos, de ideas, pero también de alguna que otra toxicidad que me impide ordenar en condiciones óptimas la mente.

Anoche regresé de Ourense. Cada vez que viajo a esta bella ciudad romana, que habita el valle del Miño, rodeada de montes de un verde y belleza exuberante, vengo más encandilado de ella. 

Mis paseos a orillas del río, mis encuentros, en sus calles, con esas piedras perfumadas de historia. Uno, que viaja de una ciudad a otra continuamente, va encontrando sus lugares, esos que te hacen sentir bien, esos rincones en los que encontrarías la paz necesaria para estar.

La próxima semana viajaré a Zamora. En este caso es una ciudad también empapada en historia, pero para mi desconocida. Seguro que descubriré, también, esa poesía que desprende nuestra geografía.

A veces pienso que el escribir, como el caminar, nos sirve para llenar los vacíos de la vida. 



Siempre he recomendado escribir como un método para encontrar el desahogo perfecto, la meditación y el encuentro con el yo. Escribir te ayuda a vomitar, a sacar no sólo tus miserias sino todas esas emociones que dentro podrían inflarnos como un globo lleno de gas. Y el Diario es un método. Un método para encontrarnos con el yo, nuestro yo. A veces uno no tiene mucho que escribir o, simplemente, lo que quiere escribir prefiere no escribirlo. Otras, llevado por la efusión del momento, tal vez escribe más de lo que debería escribir.

Lo cierto es que nos sirve para ejercitarnos mentalmente, remover y estirar nuestro intelecto creándonos nuestro día a día. En estas semanas, que leo y releo páginas de años pasados, me encuentro con textos que ni siquiera hubiera imaginado escribir por cómo expresan uno u otro estado, uno u otro momento.

Ayer recibí la foto de un cuadro que alguien ha pintado para mi. Es un cuadro que, aparentemente, más allá de su grandeza artística, es simple. Se ve un árbol repleto de verde y bajo él, como el Buda bajo la higuera, un hombre leyendo un libro. 

El cuadro es, realmente, una representación de mi ser. El cuadro es el como alguien me ve pero, también, sin pretenderlo el creador, cómo me veo yo.

Los libros, mis libros. No sentir más que el pasar de las hojas mientras el perfume del campo inunda mis sentidos, o ese murmullo del boli sobre las páginas del cuaderno, vírgenes, limpias.

Encontrar la quietud consciente. El pensamiento sólo es puro si conseguimos concentrarnos en nosotros, en nuestro más profundo ser.

El árbol junto a un hombre siempre ha sido un símbolo de iluminación. En mi caso es un deseo, un deseo de ser y sentir; un símbolo de humildad y belleza; un estar consciente del presente sin las ataduras del pasado, ni las preocupaciones del futuro. 

La belleza de un árbol, junto a un hombre y un libro, transmitiendo paz, riqueza y un sentido de la vida más allá del materialismo que nos envuelve. Necesitamos muy poco y lo muy poco que necesitamos está ahí para que lo recojamos y disfrutemos.

La verdad es que me ha hecho una inmensa ilusión y me llena de agradecimiento recibir algo tan poético como esta pintura que dice mucho de quién se expresa así.

¿Qué sentido simbólico tiene el el 'árbol' en nuestra cultura?. 
Hay un texto, de Juan Eduardo Cirlot, que titula 'árbol' en su libro  “Diccionario de Símbolos”, que me parece apropiado dejar por aquí para quien interese...
"Árbol

Es uno de los símbolos esenciales de la tradición.  Con frecuencia no se precisa, pero algunos pueblos eligen un árbol determinado como si concentrase las cualidades genéricas de modo insuperable. Entre los celtas, la encina era el árbol sagrado; el fresno, para los escandinavos; el tilo, en Germania; la higuera en la India. Asociaciones entre árboles y dioses son muy frecuentes en las mitologías; Attis y el Abeto; Osiris y el cedro; Júpiter y la encina; Apolo y el laurel, significando una suerte de “correspondencias electivas”.  El árbol representa en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como vida inagotable equivale a inmortalidad.  Según Elíade, como ese concepto de “vida sin muerte” se traduce cronológicamente por “realidad absoluta”, el árbol deviene dicha realidad (centro del mundo). El simbolismo derivado de su forma vertical transforma acto seguido ese centro en eje. Tratándose de una imagen verticalizante, pues el árbol recto conduce una vida subterránea hasta el cielo, se comprende su asimilación a la escalera o montaña, como símbolos de la relación más generalizada entre los tres mundos (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior, celeste).  El cristianismo y en particular el arte románico le reconocen esta significación esencial de eje entre los mundos, aunque, según Rabano Mauro, en Allegoriae in Sacram Scripturam, también simboliza la naturaleza humana (lo que, de otra parte, es obvio por la ecuación macrocosmo-microcosmo).  Coincide el árbol con la cruz de la Redención, y en la iconografía cristiana la cruz está representada muchas veces como árbol de la vida. La línea vertical de la cruz es la que se identifica con el árbol, ambos como “eje del mundo” (motivo conocido antes del periodo neolítico), lo cual implica, o presupone, otro agregado simbólico: el del lugar central. En efecto, para que el árbol o la cruz puedan realmente comunicar en espíritu los tres mundos se ha de cumplir la condición de que se hallen emplazados en un centro cósmico. Es interesante reconocer en la estructura del árbol la diferenciación morfológica correlativa a la triplicidad de niveles que su simbolismo expresa: raíces, tronco, copa. Ahora bien, las mitologías y folklores distinguen, dentro del significado general del árbol como eje del mundo y expresión de la vida inagotable en crecimiento y propagación, tres o cuatro matices; son éstos, a veces, reducibles a un común denominador, pero en alguna ocasión la denominación implica sutil diferenciación que redunda en enriquecimiento del símbolo. En el estrato más primitivo, más que un árbol cósmico y otro de conocimiento, o “del bien y del mal”, hay un “árbol de vida”, y otro “árbol de muerte” los cuales no se especifican, siendo el segundo mera inversión del sentimiento del primero. El arbor vitae es un símbolo que surge con gran frecuencia y diversidad en el arte de los pueblos orientales. El motivo, en apariencia decorativo, del hom, o árbol central, colocado entre dos animales enfrentados o dos seres fabulosos, es un tema mesopotámico que pasó hacia Extremo Oriente y a Occidente por medio de persas, árabes y bizantinos. En la ornamentación románica, el árbol de la vida aparece más bien como frondas, entrelazados y laberintos (dotados, sin embargo de igual sentido simbólico, más el tema del envolvimiento). En el concepto simbólico del “árbol cósmico” hay un componente de gran interés, y es que, con mucha frecuencia, la imagen del árbol se presenta invertida, es decir, con las raíces desarraigándose del cielo y la copa en la tierra. Aquí el simbolismo natural de la analogía morfológica ha sido desterrado por un significado diferente que ha tomado prevalecimiento: la idea de la involución, ligada a la doctrina emanatista, y para la cual todo crecimiento verificado en lo material es una opus inversa. Por ello dice Blavatski: “En el principio, las raíces del árbol nacían del cielo y emanaban de la raíz sin raíz del Ser Integral. Su trono creció y se desarrolló atravesando las capas de Pleroma, proyectó en todos los sentidos sus ramas frondosas sobre el plano de la materia apenas diferenciada; y después, de arriba abajo para que tocaran el plano de la tierra. Por esto, el árbol de la vida y del ser es representado en esta forma”. Esta idea se encuentra ya en las Upanishads, donde se dice que las ramas del árbol son el éter, el aire, el fuego, el agua, la tierra. En el Zohar hebreo se lee también que “el árbol de la vida se extiende desde lo alto hacia lo bajo y el sol lo ilumina enteramente”. El mismo Dante se representa el conjunto de las esferas celestes como la copa de un árbol cuyas raíces (origen) miran hacia arriba (urano). Sin embargo, en otras tradiciones no se produce esta inversión y se prefiere perder este sentido simbólico para conservar el inherente a la verticalidad. En la mitología nórdica, el árbol cósmico, llamado Yggdrasil, hunde sus raíces en el corazón de la tierra, donde se halla el infierno. Volvamos a considerar la duplicación del árbol, pero ahora según Gn 2, 9: en el paraíso había árbol de la vida, y también el del bien y del mal, o del conocimiento, y ambos estaban en el centro del paraíso. Schneider dice al respecto: “¿Por qué no menciona Dios el árbol de la vida? ¿Porque era un doble árbol de la ciencia, o porque, como algunos han creido, estaba oculto y no podía ser identificado ni era por tanto accesible hasta el instante en que Adán se apropiara del conocimiento del bien y del mal, es decir de la sabiduría? Nos inclinamos por esa hipótesis. El árbol de la vida puede conferir la inmortalidad, pero no es cosa fácil llegar a él. Está “oculto”, como la hierba de la inmortalidad que Gilgamés busca en el fondo del océano, por ejemplo, o custodiado por monstruos, como lo están las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. La existencia de dos árboles no es tan rara como pudiera parecer. A la entrada este del cielo babilónico había dos árboles: el de la verdad y el de la vida”.
En este debate del árbol único o dual no se altera el simbolismo característico del árbol, sino que se agrega otro significado simbólico por la presencia de Géminis. Aquí la transmutación del árbol al ser afectado por el simbolismo del número dos, se refiere al paralelismo del ser y conocer (árbol de la vida y árbol de la ciencia). Ahora bien, del sentido general expuesto, se han deducido -como en muchísimos casos de otros símbolos- especializaciones diversas. Vamos a citar algunas. En primer lugar, la triplicación del árbol. Según Schneider, el árbol de la vida, cuya copa va solamente hasta la montaña de Marte (manifestación), está considerado como una cariátide del cielo. Consta de tres raíces y de tres troncos, es decir, de uno central, con dos gruesas ramas que corresponden  a las dos cimas de la montaña de Marte (dos rostros de Jano). Aquí, el eje central expresa la síntesis unificante del dualismo crudamente expuesto por el árbol doble. El aspecto lunar del árbol de la vida ratifica a la luna como mundo fenoménico; el aspecto solar se refiere a la sabiduría y a la muerte (con frecuencia asociadas en distintos símbolos). En la iconografía, el árbol de vida (o el lado lunar del árbol doble o triple) se representa florido; el de muerte (o de la ciencia, o su aspecto), seco y con señales de fuego. La psicología ha reducido a expresión sexual este simbolismo de la dualidad. Jung afirma que el árbol posee cierto carácter bisexual simbólico, lo que se expresa en latín por el hecho de que los nombres de árbol sean de género femenino, aun con desinencia masculina. Esta coniunctio ratifica el valor totalizador del árbol cósmico. A éste se asocian muchas veces otros símbolos, bien por influjo de situaciones reales, bien por yuxtaposición de imágenes y de proyecciones psíquicas, para dar lugar así a símbolos más determinados, ricos o complejos, pero, por lo mismo, menos generales y espontáneos. El árbol suele relacionarse con la roca, con la montaña, sobre las que aparece. Por otro lado, cuando se vuelve a encontrar el árbol de la vida en la Jerusalén celeste, lleva doce frutos o formas solares (¿signos del zodiaco?). En muchas imágenes, el sol, la luna y las estrellas están asociados al árbol para especificar su carácter cósmico y astral. En la India se halla el árbol triple con tres soles, imagen de la Trimurti; en China, el árbol con los doce soles zodiacales. En la alquimia, el árbol con lunas significa la opus lunar (pequeño magisterio) y con soles la opus solar (grande obra).  Si tiene los signos de los siete planetas (o metales) representa la materia única (protohylé) de donde nacen todas las diferenciaciones. En alquimia, el árbol de la ciencia recibe el nombre de arbor philosophica (símbolo del proceso evolutivo, de todo crecimiento de una idea, vocación o fuerza). “Plantar el árbol de los filósofos” equivale a poner en marcha la imaginación creadora. Es asimismo interesante el símbolo del “árbol marino” o coral relacionado con el personaje mítico del rey marino. Al árbol se asocia frecuentemente la fuente y también el dragón o la serpiente. El símbolo LVII de la Ars Symbolica del Boschius, muestra el dragón junto al árbol de las Hespérides. En lo que concierne al simbolismo del nivel, podemos establecer analogías en cuanto a la verticalidad. A las raíces del árbol corresponden los dragones y serpientes (fuerzas originarias, primordiales); al tronco, animales como el león, el unicornio y el ciervo, que expresan la idea de elevación, agresión y penetración. A la copa, aves y pájaros o cuerpos celestes. Las correspondencias de color son: raíces, negro; tronco, blanco; copa, rojo. La serpiente arrollada al árbol implica otro símbolo: el helicoidal o espiral. El árbol como eje del mundo es rodeado por el conjunto de ciclos de la manifestación universal. Este sentido puede atribuirse a la serpiente que aparece junto al árbol donde está suspendido el vellocino de oro, en la leyenda de Jasón. Podríamos citar indefinidamente ejemplos de estas asociaciones de símbolos, con sentido psicológico a resaltar. Otra sinestesia simbólica es la célebre del “árbol que canta” que aparece continuamente en cuentos folklóricos. En la Passio S Perpetuae XI (Cambridge 1891) se lee que san Saturio, el compañero de martirio de Santa Perpetua, soñó, la víspera de su martirio, que “despejado de su carne mortal era transportado por cuatro ángeles a la región de Oriente. Siguiendo una dulce pendiente llegaron a un sitio admirablemente iluminado: era el paraíso que se hizo ante nosotros”, añade, “un espacio que era como un jardín, con árboles que tenían rosas y todo género de flores; su altura era como la de los cipreses y cantaban sin cesar”. La estaca de sacrificio, el arpa-lira, el barco funerario y el tambor son símbolos derivados del árbol, como camino del mundo ultraterrestre. Gershom G. Sholem, en Les Origines de la Kabbale (Paris, 1966), habla del simbolismo del árbol en conexión con estructuras jerarquizadas verticales (como el mismo “árbol sefirótico”de la Cábala, tema que no podemos desarrollar aquí) y se pregunta si el “árbol de Porfirio”, símbolo difundido en la Edad Media, era del mismo género. En todo caso, recuerda el Arbor elementalis de Ramon Lull (1295), cuyo tronco simboliza la sustancia primordial de la creación, o hylé, y cuyas ramas y hojas representan sus nueve accidentes. La cifra de diez es la misma que en el caso de los Sefirot, o “suma de todo lo real que puede determinarse por números”

Dice Nietzsche que...

"No deberíamos intentar frenar la piedra que ha empezado a rodar cuesta abajo; lo mejor es empujarla aún más".

jueves, 8 de junio de 2017

08.06.2017... Volviendo!

Escribo esto en el tren, de un día cualquiera, no sé si ayer o antes de ayer. Qué más da. Vuelvo a casa tras una jornada de esas que merecen ser, por el mero hecho de que lo son.




A mí alrededor unos y otros con caras de circunstancia, de pena, de alegría, perdidos en su smartphone como si su vida les fuera o realmente fuera ese espacio entre su mirada y el aparato.

Cada uno sumergido en sus cosas, en sus pensamientos. ¿Qué piensan? ¿Su día? ¿Les habrá ido bien, mal? Solo ellos lo saben. Podrán decir de mi lo mismo, aquí, cabizbajo, escribiendo mientras el compás de la vía me devuelve.

Estamos agotados. Tanta información, tanta globalidad, tanta tecnología nos está llevando a un mundo que cada vez tiende más al ascetismo, a la busqueda del silencio, a la reflexión, al encuentro con uno mismo.

Tal vez por eso están teniendo tanto éxito los libros de aquél Thoreau que se escapó corriendo a su cabaña, para vivir en solitario su experiencia con la vida. Esta experiencia la relató en Walden, obra de culto del ecologismo.

Tenemos el mundo entero a nuestros pies, o eso creemos, porque en la pantalla de un aparatito pequeño vemos, conocemos, podemos saber, todo al instante. 

Aquel Thoreau, o esos otros budistas modernos, que viven en el campo, en el pueblo, lo tiene todo cada día cuando abren la ventana de su casa y contemplan el campo bañado por el cielo.

La vida está llena de falsedades, de imposturas, de mala educación, de falta de civismo y solidaridad.

Es esa parte vital que echo tanto de menos.

Cuando uno acumula años gusta de encontrar a personas que te aportan esa energía que tú no llevas, no porque no quieras, sino porque tus depósitos ya no son capaces de llenar lo suficiente.

Hoy, mientras charlaba con una de esas personas que la vida pone en tu camino, entusiasta, emprendedor, trabajador, diría que casi creador pero, sobre todo, lleno de esa energía que la juventud inconformista te genera, me di cuenta de lo importante que es en un proyecto de vida, empresarial, acertar con quienes te acompañan.

La experiencia te aporta la sabiduría de los pequeños éxitos, pero, sobre todo, de los fracasos. Los fracasos nunca son grandes o pequeños, simplemente son fracasos. Pero un fracaso no lo es si no has acabado tumbado, pudriéndote bajo una losa... un fracaso es un mal resultado que te aporta la sabiduría suficiente para, al menos, intentar no volver a caer.

No hay nada casual en la vida. Ningún error es por nada, todo es por algo.

Las respuestas siempre están ahí, en la calle, en el camino, en la vida. Todas llegan antes o después.

Las cosas suceden o no. Suceden si queremos que sucedan, si apostamos porque sucedan.

Últimamente me ilusiono por poco y tal vez pierda el norte por mucho. Es la edad.

Cuando escucho a alguien que me pellizca, que me dice adelante, que aquí estoy yo para remar, para sacar a flote el barco, me siento no sólo agradecido sino emocionado.

Es cuando vuelve ese Moreno que se lanza a la piscina sin agua y es capaz de flotar en el aire; es cuando tarareamos esas canciones que nos suben hacia arriba.

Todo es confianza. Confiar en nosotros nos hace confiar en los demás.

¿Y si no sale qué?

Bueno, llego a Getafe Las Margaritas y me he desahogado mientras escucho, con gran interés,  este fantástico y animado grupo que se llama Varry Brava y que me cargan las pilas.

Dice el Dalai Lama que...

"Las causas que generan tener alegría interior, son la honestidad, el no tener mala intención, ser confiables para los demás, generando una atmósfera virtuosa entre nosotros y los demás"

miércoles, 7 de junio de 2017

Querido hijo...

Eres el responsable de tu vida. En el momento en el que lo reconozcas, habrás conseguido enamorarte de esa vida que es tuya.

La ignorancia supone pensar lo que unos piensan y hacer lo que otros esperan que hagamos. Piensa por ti y haz para ti.

martes, 6 de junio de 2017

06.06.2017... Reflexiones de martes noche!

Esta mañana pensaba que el egoísmo viene dado por creernos uno mismo en el mundo.

Estamos acostumbrados a perseguir nuestro propio bienestar sin pensar en los demás.

Vivimos mundos de fantasía y ni siquiera sentimos que somos parte de un todo.

Hemos olvidado que ser y estar, no es ser o estar con uno mismo sino que es Ser y Estar en un hábitat que lo conformamos muchos, independientemente de donde vengamos, vayamos, pensemos, seamos o queramos.

He llegado a sentir que uno es ajeno al resto y el resto es ajeno a ti. No es ser individualista, simplemente es comenzar a sentirse uno mismo para poder dar a los demás.

Curiosamente, ojeando un texto, me encontré con la siguiente cita del maestro zen Linji:
"Deja en paz tus pensamientos y no busques nada fuera de ti. Presta atención a las cosas tal como aparezcan. Atiende solo a lo que surja en el presente. Despreocúpate de todo lo demás."

Qué difícil es llevar a cabo algo así. Estamos envueltos en un sin fin de problemas que nos llevan sin darnos cuenta, de un día a otro. No nos detenemos a pensar.




No hay que pensar tanto en el mañana y sí en dejar que la vida nos sorprenda a cada instante.

El otro día, uno de esos amigos que uno tiene, y siente de verdad, me decía que él ha decidido vivir el momento, pensar primero en él como principio fundamental para sentirse bien y así poder trasladarlo a los demás. Dejar de preocuparse del resto porque lo primero es preocuparse de uno mismo.

A veces, afirmaciones así chocan con mis planteamientos pero otras, si nos paramos a analizarlo profundamente, te das cuenta que la razón del ser es estar conforme consigo mismo, estar bien tú mismo porque esa es la única manera de poder ofrecer a los demás, de ser compasivo con el resto.

Nos aferramos a grandes sueños, mientras la vida va a gran velocidad, y ni siquiera nos damos cuenta, ni nos da tiempo a pensar, en lo que verdaderamente deseamos. 

Hipotecamos nuestras vidas por cosas que carecen de sentido alguno. ¿Cuántos hay que cuando han alcanzado la riqueza y la fama, después de años peleando, sufriendo y mal viviendo por ello, han fallecido sin haber podido disfrutar, ni antes ni después, de ese ficticio éxito?

Tal vez necesitemos menos cosas, menos ruido, y así dejar tranquilo a que nuestro corazón germine en paz y crezca.

Al final del día, cuando repaso lo acontecido, lo no acontecido, a lo que llego y a lo que no, pienso que en este instante, ahora mismo, huiría. Me pondría las zapatillas, mi ropa cómoda, dejaría los relojes, los zapatos y emulando a Thoureau, caminaría sin parar, sin rumbo, hasta dar con ese rincón que es el mío, en el que sé que nada es posible ni nada imposible. Y no, no es ser individualista, es simplemente, huir de estos asfaltos realmente egoístas.

Y no sé si lleno mis páginas de tonterías de tinta. Ni siquiera sé si nada de lo que hago sirve de algo. Tampoco sé si los que me rodean son mínimamente conscientes de lo que hago, o mínimamente felices conmigo, o si simplemente encuentran en mi un simple apoyo perfecto para pasar un rato o llevar su camino con más seguridad.

Si ni yo mismo me aguanto, por qué deberían hacerlo los demás.

Hablo, escribo, pero no avanzo en mi. De ojos a fuera soy un privilegiado de la vida, no hay más que verme; pero de ojos a dentro, que son los míos, con los que me miro, tal vez no sea más que uno de entre los muchos gilipollas que deambulamos por la vida, envueltos en un uniforme de creencias y tradiciones que escupen estupidez a cada paso.

Tal vez es que esta sea la edad del pensar y repensar. Tal vez acercarse al medio siglo te haga pensar y repensar. ¿Madurar?

Mientras mantengamos falsas creencias jamas podremos acercarnos a la verdad, a nuestra verdad.