martes, 19 de julio de 2016

19.07.2016... Recuerdos en Minaya I

En estos días, que respiro campo, que respiro tierra y raíces propias; en estos días, que el tiempo, con un limpio e inmejorable estado mental, me permite leer, reflexionar y pensar mucho más.

Sinceramente que, posiblemente, en estos momentos tenga menos -en el ámbito material- de lo que habitualmente tengo a mi alrededor; sinceramente que, en estos momentos, siento mucha más felicidad de lo que siento cuando tengo tanto a mi alrededor. ¿Por qué?

Comentaba el otro día un amigo, en plan jocoso, en la piscina del pueblo, acompañados de una cerveza fría que "aquí deberíamos pagar por vivir". Es cierto que, el amigo, es uno de esos personajes que viven en el privilegio del positivismo. No tengo claro que  en la vida le haya ido del todo bien, pero sí tengo claro que nunca le he visto triste. Siempre positivo. Siempre sonriendo. Esta vez, de las veces que le he escuchado, llevaba toda la razón: vivir aquí es todo un lujo. Los que lo valoramos a lo mejor deberíamos 'pagar por ello'; los que no lo valoran, sinceramente, deberían repensarse su lugar en el mundo.


Seguro que muchos de los que habitualmente andan por aquí, disfrutando de esta vida tranquila, sin más ambición o problema que el de vivir dignamente, no lo valoren.

Algunos, de los que no podemos disfrutar de Minaya, de sus campos, de su belleza innata, de su poesía escondida, de vez en cuando, el mero hecho de poder vivir unos días por aquí, nos es suficiente como para valorar la esencia de la vida que, simplemente es esto: mirar por la ventana. 

Hace exactamente 80 años comenzó la Guerra Civil española; hace 80 años España se partió en dos. A día de hoy,  todavía tengo mis dudas de que aquella partición no siga vigente. 

El golpe de Estado en España de julio de 1936, fue una sublevación militar dirigida contra el gobierno de la Segunda República, surgido de las elecciones de febrero de aquel año, que tuvo lugar en julio de dicho año, y cuyo fracaso parcial condujo a una guerra civil y, derrotada la República, al establecimiento de una dictadura, vigente, desgraciadamente, en el país hasta la muerte del dictador Franco en 1975. 

Una de las mayores vergüenzas de nuestra historia, no la única, en la que la culpa de todos supuso la muerte de muchos

Estos días, casualmente, en Minaya, he leído la copia de una libretilla (el original lo posee mi tío Paulino) en la que mi abuelo Santiago, padre de mi madre, escribió lo que fue su llamada a filas, exactamente el 20 de abril de 1938:

“El día 20 de abril de 1938 salí de mi casa a incorporarme en la caja de reclutas de Albacete. Allí estuve hasta el día 30 de dicho mes que nos sacaron con dirección a Madrid, en el tren. El día siguiente, 1 de mayo, llegamos a Tembleque y desde allí continuamos el viaje en camión hasta la capital de Madrid, llevándonos al cuartel de Ramón y Cajal. Al día siguiente, día 2, nos llevaron en el tren a Guadalajara y desde allí, en el mismo día, nos llevaron en camión a un pueblo de la provincia de Guadalajara llamado Ruguilla. Allí quedamos haciendo instrucción, perteneciendo a la Base de Instrucción de la 33 División del Cuarto Cuerpo del Ejército. Allí estuvimos hasta el día 17 que nos destinaron a la 136 Brigada Mixta Tercer Batallón. El mismo día nos llevaron en camión a un sitio llamado El Matorral que estaba el batallón descansando y allí me destinaron a la 4ª Compañía. Al día siguiente, día 18, me llevaron a un sitio llamado Barranco De la Hoz, que estaba la Compañía, también de descanso. Allí estuve hasta el día 28 del mismo mes que todo el batallón fue por la noche a relevar al Segundo Batallón que estaba en primera línea, dando la marcha a pie y se hizo el relevo de la misma noche quedando nosotros ocupando la posición que ocupaba el otro batallón. Dicha posición estaba sobre el río Tajuña, dando vista a Torre Cuadrada. En dicha posición estuvimos hasta el día 2 de octubre…” 

A partir de ahí, mi abuelo va contando sus días, como si de un diario se tratase, hasta el 17 de marzo del año siguiente. 




Un documento interesante para mi, no más de los muchos documentos existentes, no más de las muchas libretas o cuadernos escritos e inexistentes por haber quedado en el anonimato, de todo aquél que vivió en primera persona tan nefasta experiencia.

Mi abuelo Santiago vivió, como mi otro abuelo José María (Serafín, en carnet de identidad), la misma experiencia de muchos de sus vecinos de Minaya, como la de toda España, de uno u otro ‘bando’, dependiendo la zona dónde estuvieran, y que tuvieron la obligación, no voluntaria, de vivir

Ambos, mis dos abuelos, regresaron vivos de la guerra. Otros muchos no lo hicieron. Ambos pudieron continuar sus vidas, en paz, con sus familias en un pueblo que, por lo que yo he sentido, ha estado ajeno a esos rencores que sí se vivieron (y en algunos casos se viven) en otros lugares. Ambos, hombres de campo, hombres humildes, hombres de bien, vivieron en la escasez, en la dignidad vital, en el valor y el subsistir; ambos sacaron adelante a grandes familias educadas en valores y en el sacrificio del tener para ser, no el ser para tener

Les conocí felices. 

Mi abuelo Santiago falleció siendo yo niño. 

Lo recuerdo perfectamente: delgado, con las facciones marcadas, el pelo corto y gris, de pantalón negro, camisa blanca, de vez en cuando, en ocasiones, chaleco negro y siempre las albarcas. 

Ahora mismo, contemplando a mi tío Santiago y mis primos Paulino e, incluso, Santi, le veo un poco a él. 




Le recuerdo a última hora de la tarde, cuando venía del campo con aquel carro y el burro. Abría las portás y entraba dirigiendo, con gran protocolo al animal, para que no rozase en las puertas. Era serio. Se sentaba en una silla en el patio. Se lavaba en un cuenco, y afeitaba en el mismo agua con el jabón y una navaja. 

Tras el aseo cogía una cebolla, un pedazo de pan, la pelaba y se la comía tan feliz. 

No recuerdo muchas conversaciones con él. No recuerdo muchos más momentos que ese, en el que una mañana fría, en época de matanza, que nos juntábamos toda la familia, se ve que desperté pronto y le vi correr tras el cerdo por el corral, alimentado durante el año para la ocasión, garrote en alto, como un quijote desesperado, hasta que le dio alcance junto a otros, para terminar subido a la mesa -el cerdo- en la que sería sacrificado por los matarifes.

Una escena habitual en los pueblos, pero una escena dantesca y estremecedora de la antigua España. Escuchar los gritos del animal mientras la sangre brotaba sobre un cubo, para luego ser utilizada en el resto de labores de la matanza: entre otras para hacer morcillas. 

En el siguiente recuerdo que tengo, veo a mucha gente en el patio, mientras la familia, mi abuela, madre y sus hermanos, velaba dentro de la casa el cadáver del abuelo. 

Falleció joven, de cáncer. 

Es curioso cómo, cuando paso días por aquí, por mi pueblo, me vienen tantos y tantos recuerdos. Unos mejores, otros peores. Pero son recuerdos. 

Poco a poco voy tomando notas de ellos. Poco a poco los voy recopilando no sé con qué ánimo ni intención. Lo que sé es que la escritura puede ser un modo de mostrar nuestras vidas a quién nos lee. Es un modo de hacer partícipes a los demás de nosotros mismos, hasta que ese nosotros se convierte en el del otro.

Y aquí, ahora, termino mis reflexiones de hoy.

1 comentario:

  1. Conmovedor y documentado José Luis, de lectura recomendada. Muchos intransigentes harían bien en cambiar de estrategia y dialogar más que chillar o conspirar.Todos necesitamos más paz y menos clases magistrales de "no experimentados" venidos a mayores. Abrazo.

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