Nos ocurre que el cuerpo te pide revelarte, gritar, protestar. Y la edad te hace pensar, calmar y recordar las veces que te has metido en charcos de los que nadie te ha ayudado a salir.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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