Tendemos a hacer de lo que no debería ser un problema un problemón. ¿Para qué? Es como si tuviéramos esa necesidad vital de estar en constante tensión.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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