Cuando no paramos parece que ni siquiera nos damos cuenta de la belleza y poesía de las pequeñas cosas. Son esas pequeñas cosas que te enriquecen poética y espiritualmente.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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