martes, 25 de abril de 2017

25.04.2017... El Samurai

Vivimos unos momentos sociales de verdadera incertidumbre. 

Trato de refugiarme en mis cosas, pero no puedo caminar ajeno a lo que ocurre alrededor ya que, de una u otra manera, nos afecta. 

Cuesta mucho no recordar etapas que han pasado y formado parte de la vida de uno; etapas en las que con sus errores, pero también con algún que otro acierto, parte de la vida me quedó en ese camino.


Ahora que vivo más envuelto en la filosofía y la poesía, con un pequeño hilo fascinante que me mantiene unido a la defensa de lo local y agitado siempre con mis proyectos empresariales que, en el día a día, me quitan tiempo pero me mantienen con los pies en lo real, veo algunas cosas desde un lugar privilegiado y, tal vez, con esa sensación acertada de que hay momentos para estar y momentos para no estar. 

Puede parecer una estupidez, o no, pero como seguidor de Marco Aurelio, estoico, a veces creo que lo oportuno fue lo oportuno. Él, en aquel entonces, tras haber sido cabeza del Imperio de Roma, poderoso, prefirió refugiarse de las tentaciones del ego mediante filosofía, sabiduría y estoicismo

Un ejemplo más que nos da la historia.


Cada uno tenemos nuestro momento, siempre lo he dicho y defendido;  a veces, siempre,  forzar situaciones absurdas llevan a generar desastres importantes de daños sin solución.

Cuando un castillo se derrumba, todo lo de abajo, por muy bueno estable que parezca ser, queda enterrado. Eso pasa siempre en la vida, en la empresa o en el mundo político.

Algunos han disfrutado de un merecido y respetable poder gracias al trabajo de muchos que, con esfuerzo y sacrificio, se ilusionaban cada día por conseguir buenos resultados. Esos pocos están consiguiendo con su aptitud, con su presunto hacer, que se pierda no sólo todo el camino recorrido sino la ilusión y confianza que es lo más difícil de recuperar. 

Sé lo que dicen unos y otros, lo que opinan otros y unos, sobre lo que ni saben ni conocen. Asumo que haber tenido el privilegio de vivir una etapa fascinante y repleta de no pocos sacrificios personales, errores pero también muchas satisfacciones personales, finalmente hace que cada uno limpie sus miserias tratando de echar pelotitas, que no pelotas, contra quien ni siquiera han visto o conocen. 

Pero da igual. Tengo un privilegio que he conseguido a base de tiempo y meditación: libertad. Y la libertad te permite distinguir entre guerrillas de pelotillas de papel o guerras que realmente merezcan la pena. Las batallitas tontas quedan para los tontos.

Casi todo vale, y digo casi todo. 

No entraré en juegos de hazmerreír o aburridos, menos en el juego de aquellos que están totalmente deslegitimados hasta para pedir explicaciones a los demás de absolutamente nada. La seriedad ante todo.

Uno ha conocido y vivido una etapa que pasó ya; por suerte, o por circunstancias, o por la casualidad de no estar en estos momentos donde estaba, hace que me alegre profundamente y me sienta cada día más feliz. 

Y hoy voy a terminar con uno de esos cuentos sabios que me encantan. Es anónimo, como casi todo lo bueno, y se titula 'El Samurai'. El verdadero significado de Samurai es: el que sirve y vigila...
Hace mucho mucho tiempo, en el lejano oriente, y más concretamente en Japón, vivía cerca de Tokio un respetado samurai, que había llegado ya a anciano, tras innumerables batallas ganadas con honor.
Su tiempo de guerrero en el campo de batalla había pasado, y ahora, este sabio samurai, se dedicaba a impartir sus enseñanzas a los más jóvenes, pese a que se seguía creyendo la leyenda de que era capaz de derrotar a cualquier adversario, por muy temido que fuese.
Una tarde de verano, apareció cerca de su casa un guerrero conocido por sus malas artes y poca caballerosidad. Le conocían por ser provocador y no tener el mínimo escrúpulo. Le gustaba molestar a su adversario, hasta que éste, movido por la ira, realizara un movimiento, lo que utilizaba para atacar por sorpresa. Cuentan que jamás había sido derrotado. Y esa tarde quiso probarlo con el anciano samurai para hacer más grande su fama.
A pesar de la oposición de los estudiantes, el sabio samurai aceptó el desafío, y la contienda comenzó. El guerrero, fiel a sus malas artes, empezó a insultar al sabio samurai, llegando a tirarle piedras e incluso escupirle en la cara, además de gritarle todo tipo de insultos e improperios dirigidos contra él pero también contra sus ancestros.
Así se sucedieron los minutos y las horas, sin respuesta alguna del sabio samurai, que permanecía impasible. Pasada la tarde, ya exhausto y ciertamente humillado, el irreverente guerrero se dio por vencido y se fue.
Los aprendices de samurai, indignados por los insultos que había recibido el maestro y a los que no había combatido, le preguntaron:
– Maestro, ¿cómo habéis podido soportar toda esta indignidad? ¿Por qué no blandísteis vuestra espada aunque supieras que ibas a perder la lucha, en vez de ser cobarde delante nuestro?– preguntaron.
A lo que el maestro les cuestionó:
– Si alguien llega con un presente y no lo aceptáis, ¿a quién pertenece el regalo?– les inquirió.
– ¡A quien lo vino a entregar!- Respondió un alumno.
– Pues lo mismo vale para la rabia, los insultos y la envidia… – Respondió el maestro samurai – …Cuando no son aceptados. Siguen perteneciendo a quien los llevaba consigo.
Anónimo


Feliz tarde y noche, amigos y chavales que pasáis por aquí vuestro tiempo...

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