domingo, 12 de marzo de 2017

12.03.2017... el valor de las cosas.

He despertado esta mañana con la intención de comenzar a preparar, repasar, reflexionar y escribir una ponencia, que ofreceré próximamente, sobre liderazgo. 

El liderazgo, algo sobre lo que no dejo de estudiar y escribir, comienza por uno mismo y, más allá, se extiende a cada uno de los ámbitos de nuestra vida ya sea personal como profesional. No es fácil liderar, no es fácil ser un líder, aunque defiendo que todos lo somos, incluso sin saberlo, por ello lo esencial, lo primario, es ser capaces de liderarnos nosotros mismos.

Pero como decía, desperté con una intención que ha ido cambiando a lo largo de la mañana y, tal vez fruto, de mis pensamientos de fin de semana.

Disfrutando, temprano, de esos kilómetros de ejercicio bajo un sol extraordinariamente poético, sin más que pensar ni que desear que el que las fuerzas nos permitiesen alargar los kilómetros y el tiempo, nos ha dado por charlar del verdadero valor de los momentos, de las cosas. De lo poco que vale lo que verdaderamente importa, de lo poco que valoramos lo que tenemos.

Es posible que los años vayan ajustando tus preferencias, tus deseos. También es posible que, en el camino, se vayan cruzando personas que te hacen respirar de otra manera, que consiguen abrirte los ojos, equilibrarte y hacerte ver que todo no es ser o tener.

¿Qué valor damos a las cosas una vez que las tenemos? Ninguno.

Dedicamos nuestras vidas a acumular cosas que deseamos, normalmente materiales, que al poco tiempo ni siquiera hacemos caso porque queremos tener otras diferentes o mejores.



Así vamos construyendo una vida sobre una constante acumulación de deseos que no sirven para nada, que no nos aportan nada y que nos hacen olvidar aquello que es lo verdaderamente importante y que, por cierto, no tiene valor económico: la construcción de uno mismo desde dentro.

Nos alejamos de la verdad. Nos alejamos de nosotros, nos alejamos de la verdadera riqueza que es la riqueza del espíritu.

Parece que vivimos como en un plan preestablecido, en el que todo radica en acumular más y más posesiones, en ser cada vez más y más sin dar valor a nada porque realmente nada nos llega a satisfacer.

Tenemos miedo a la impermanencia. Tenemos miedo a perderlo todo y por eso nos dedicamos a acumularlo sin disfrutar ni vivir. Nos marcharemos y todo quedará, porque esa es la única realidad y verdad. Pero en vez de habernos dedicado a prepararnos en la felicidad de nuestros momentos, nos hemos dedicado a perder el tiempo en la acumulación de aquello que simplemente nos llena el espacio del deseo, pero nunca el interior.

Lo esencial es valorar las cosas y, para ello, si nos damos cuenta, tampoco nos es necesario tanto para encontrar ese efecto que embriaga nuestro alma de felicidad.

Una sonrisa, una mirada, una caricia, un verso, un pequeño cuadro, el aleteo de una mariposa, correr bajo el sol de la mañana, disfrutar del amanecer mientras caminas por El Retiro.

Estamos de paso por aquí. ¿Por qué perder tanto el tiempo en cosas absurdas? Creemos que todo nos pertenece pero es mentira: sólo el instante presente, el ahora, nos pertenece de verdad.

Somos impermanentes. Hoy estamos, mañana no.

Tendemos a inventarnos problemas cuando no los tenemos. Tendemos a buscar culpables de nuestra infelicidad, a discutirlo todo con el otro por el mero hecho de demostrarnos a nosotros mismos una seguridad ficticia. Nada es seguro. 

Debemos ser capaces de reconocer el valor de nuestra vida, una maravilla que tenemos a nuestro alcance y cada uno tiene que ser capaz de aprender a vivirla de una manera esencialmente virtuosa.

Sé que no es fácil. Ni siquiera lo es para éste que escribe por aquí pero, al menos, reflexiono conmigo mismo, me desahogo en mi cuaderno y consigo ir recomponiendo mis pasos.

Cada vez deseo más la quietud, el silencio, la reflexión. Cada vez valoro más los pequeños momentos, las sonrisas, las personas que verdaderamente me enriquecen en mi día a día. Es curioso, pero uno que ha conocido de todo, uno que ha estado en lo alto y en lo bajo, entre algodones o rozando el suelo, siempre he sentido lo mejor entre aquellos que no teniendo nada lo tenían todo, que entre esos que teniéndolo todo les faltaba lo esencial que es la verdad del alma.

...

Estoy disfrutando muchísimo estos días con mis lecturas pero, particularmente, con la lectura de un libro que lleva por título "La casa de los veinte mil libros" de Sasha Abramsky (Traducción de Ángeles de los Santos. Periférica, 2016. 364 páginas.) Está claro que siento mío ese particular amor por los libros. 

En un tiempo en el que parece el papel pierde protagonismo, frente a esos aparatos electrónicos capaces de acumular una gran biblioteca en la palma de la mano, yo sigo apostando por el olor a tinta impresa, por tocar y acariciar, abrir y desnudar las páginas, subrayar y guardar en cada rincón esos pensamientos que quedarán siempre.

El autor narra la historia biográfica familiar, la de su propio abuelo Chimen Abramsky y su esposa Miriam, y el mundo cultural y bibliófilo impresionante que crearon a partir de 1944, en una casa de una pequeña urbanización londinense justo al lado del parque de Hampstead ­Heath conocido como Holly Lodge Estate. 

Una maravillosa historia, muy recomendada para todos aquellos que, como yo, aman los libros y no pueden evitar ir llenando rincones con esos volúmenes que recorren nuestra historia y de los que nunca sabremos cuál será su final; de momento, hoy, simple pero eficazmente, nos llenan la vida.

1 comentario:

  1. estamos de paso aquí, sin duda, qué menos que ser felices :)

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