miércoles, 4 de marzo de 2015

04.03.2015... Hablemos de Tolerancia...

Hoy, y no sé por qué, terminando este día de sol que hace de ecuador de la semana, he recuperado unas reflexiones que tenía por ahí escritas, sobre la Tolerancia y su valor.

Siempre he tratado de ser tolerante, en todo y con todos. Posiblemente lo he sido tanto que a veces he rozado el exceso de aguante. Todavía hoy, con años de experiencia, reconozco la tolerancia como una de mis virtudes favoritas. No me arrepiento de serlo y creo se debe educar para que se sea.



Vivimos en una sociedad en la que unos nos hemos acostumbrado a tolerar y otros a ser intolerantes frente a los tolerantes. No tengo muy claro quién sale ganando. Sí tengo claro quienes dormimos tranquilos, los tolerantes.

¿Tolerancia política? ¿Tolerancia vecinal? ¿Tolerancia familiar? ¿Tolerancia religiosa? ¿Tolerancia racial? ¿Tolerancia generacional?...

Sé que no voy a decir nada que no esté dicho o escrito, no ahora, sino desde hace siglos. Lo que ocurre es que me temo que por mucho escrito o por mucho dicho no hemos aprendido. El ejemplo de los que digo está nada más abrir los periódicos cada mañana o escuchar la noticias de la radio.

“Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”OCTAVIO PAZ

He querido comenzar este breve post con esta frase del maestro Octavio Paz. Una frase que a día de hoy,  recoge la esencia, al menos para mi, del humanismo, de la ética, de la vida en un siglo, el nuestro, el XXI, en el que nuestra existencia,  va mucho más allá del YO para convertirlo en el NOSOTROS.

Y el nosotros, hoy, no es el NOSOTROS de ayer. 

El nosotros, hoy, se encuentra más cerca, se encuentra junto a esa diversidad que más allá de separarnos, nos debe o debería enriquecer. Y la esencia de ese enriquecimiento, la esencia del ser en este siglo XXI está grabada en las letras que componen una palabra cargada de enorme significado: TOLERANCIA.

TOLERANCIA es, llega a ser, la esencia de la vida en cualquiera de las sociedades actuales. Tolerancia es aceptar opiniones diferentes, tolerancia es aceptar a personas que no sólo piensan sino que creen, viven, y son diferentes a mí. Tolerancia es saber escuchar y aceptar a los demás; es valorar a todo a aquel que desde su diferencia a la nuestra, obran, viven, piensan, creen, rezan, aman, escuchan distinto a nosotros. Eso es la Tolerancia: eso es vivir y agradecer estar vivo cada día.

Pero ¿tan difícil es ser tolerante? No olvidemos que podemos ser diferentes en la religión, en la raza, en la procedencia, en la cultura… pero somos iguales en la esencia: en la persona, en el ser HOMBRE.

Desde que el mundo es mundo no hemos dejado de hablar de Tolerancia sin llegar a ser tolerantes. Se nos llena la boca a todos de ‘tolerancia’, todos somos ‘tolerantes’ de palabra. La tolerancia es muy fácil de aplaudir, pero es muy difícil de practicar y más difícil de explicar, o al menos eso se dice.

Por eso he decidido hablar mínimamente de la Tolerancia porque siempre he creído que la ‘no tolerancia’ o ‘intolerancia’ ha sido, es y será, la responsable de generar conflictos, guerras, catástrofes y las máximas atrocidades humanas que han pasado por nuestra historia. 

¿Se podrían haber evitado?  ¿Podríamos haber evitado las guerras? ¿Se podría haber evitado la Inquisición? ¿El Holocausto? ¿Podríamos evitar el racismo, la xenofobia, las dictaduras? Claro que podemos. 

Podemos con una educación que tenga como base los valores, la ética y el desarrollo de actitudes que tengan como principio máximo el respeto a los demás, a la diversidad: el respeto a los diferentes. Una educación que nos disponga, que predisponga a nuestros hijos a admitir en el otro, en su compañero de pupitre, en su vecino, una manera de ser y de obrar distinta a la suya que genere en un futuro una convivencia tolerante.

La tolerancia es un valor indispensable a promover, a provocar, a inculcar desde la base de la persona y la base es la educación.

La Tolerancia puede salvar vidas.

Por eso  quiero defender, una vez más, la importancia de la educación en valores a nuestros hijos, desde el principio, en el Colegio.

Aprender a tolerar, aprender a respetar desde el pupitre. Aprender a reconocer al otro y aceptar al otro, al que tienes al lado aunque el color de su piel, sus creencias, su cultura o tradiciones sean distintas. Porque es desde niño cuando normalizamos todo y nos grabamos esas virtudes o defectos que nos marcarán el camino para bien o para mal.

Pero no es sólo en el colegio dónde debemos inculcar esos valores tan importantes como es la tolerancia a los niños, no, existe una responsabilidad fundamental en la familia como núcleo formativo por excelencia; y cómo no, también, tienen gran responsabilidad los medios de comunicación.

Entre todos podemos erradicar la intolerancia de nuestras calles, de nuestras escuelas, de nuestros barrios, de nuestras vidas. Y aquellos que desprendan de sí, que generen y provoquen intolerancia, aquellos grupúsculos minoritarios no tendrán otro remedio que habitar escondidos en la clandestinidad y terminar asumiendo las decisiones de la mayoría.

Los padres, los educadores, los medios de comunicación, las administraciones, tenemos la obligación de formar a nuestros hijos en valores. Somos responsables directos de inculcar el concepto de ciudadanía por la vía de la educación y el conocimiento, como bien apunta el filósofo Savater, que añade, que "la educación debe formar a un ciudadano integral, completo, con sentido de sus obligaciones, con respeto a lo que hay que respetar, y también con capacidad de crítica y de autocrítica frente al poder."

Hay una frase que tiene innumerables versiones en todas las culturas y en todas las religiones y marca la esencia de esa tolerancia a la que me refiero: si no somos capaces de respetar a el otro, no podemos exigir que nos respeten a nosotros.

En España todavía nos queda mucho camino por andar. En España todavía nos quedan rastros de intolerancia, rastros y ejemplos de racismo, de xenofobia. 
Es triste pero es.

Me gusta contar a mi hijo que conozca y valore que en su país, España, se vivió una época de oro en la que llegaron a coincidir las tres religiones de occidente: cristiana, judía y musulmana. Una época en la que cada uno, desde la tolerancia, se enriquecía del otro. Desgraciadamente esta etapa no duró mucho y, como sabéis, a partir de 1481 comenzó a generarse lo que yo planteo aquí como una de las primeras catástrofes y atrocidades humanas generadas desde la base de la intolerancia y el odio: la Inquisición. La Inquisición acumuló durante su desgraciada existencia cerca de 400.000 víctimas de las que 50.000 fueron quemadas. Y la Inquisición fue ese primer momento dramático en el que prevaleció la intolerancia llevada a sus máximos extremos: fue el primer Holocausto.
Y el segundo momento de extrema intolerancia fue el  Holocausto Nazi.


Vivimos en una sociedad dura, perversa, competitiva y a veces casi absurda. Pero es la que tenemos y la que hemos hecho. De nada vale quejarnos. Tenemos una oportunidad en nuestras manos. Sólo tenemos que echar a andar convirtiendo un valor en un principio fundamental: convirtiendo la TOLERANCIA en la esencia de nuestras vidas.

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