Hay días que pasan como secuencias de una película. Días en los que sin pretenderlo, haces aquello que realmente te apetece aunque luego sea el pretexto para enjuiciarte a ti mismo o echarte la bronca por no hacerlo más a menudo. Son estos días de ventisca, de vientos desaforados que parece quieren levantarte del suelo o, por contra, no dejar salir de él. Así volvió a amanecer hoy, según la previsión de ayer, pero con un débil sol que invitaba con recelo al deporte. No hace mucho no había nada que frenase a poner las zapatillas y lanzarme por los caminos a sudar y hacer sufrir las piernas. Anoche decidimos que la previsión no lo aconsejaba y esta mañana, aunque no era para tanto, decidí con acierto no moverme de entre los periódicos, mis libros y mi música . Y parece que la necesidad de descanso, de tranquilidad, de esa poesía perdida, ha convertido este fin de semana en un verdadero reparador físico y mental. Ayer, también, aprovechando una climatología especialmente rar...