Me preocupa que el odio termine convirtiéndose en argumento, que la discrepancia se transforme en desprecio y que dejemos de reconocer la humanidad de quien piensa de otra manera. Una sociedad democrática necesita normas, responsabilidades y límites, pero también necesita personas dispuestas a escuchar y a respetar la dignidad de los demás.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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