EL LUGAR AL QUE SIEMPRE VOLVEMOS...

Post publicado inicialmente en DEL TODO Y DE LA NADA

Pueblo: donde la vida se hace en las plazas, calles y caminos.
Pueblo: donde siempre cuesta más irse que volver.
Pueblo: donde nacen las amistades que duran toda una vida.
Pueblo: donde existen rincones que nunca dejan de esperarte.
Pueblo: donde siempre alguien pregunta: «¿Cuándo has llegado?» y, antes incluso de que hayas terminado de deshacer la maleta: “¿Hasta cuándo te quedas?».
Pueblo: donde, aunque te marches, siempre sueñas con volver.

Quizá por eso cada uno tenemos un pueblo. Y quien no lo ha tenido alguna vez, probablemente lo ha soñado.

Hay una tristeza muy particular que aparece cuando termina el verano. Diría que no es exactamente tristeza. Tampoco es melancolía. Es algo más difícil de explicar. Una especie de vacío que se instala despacio, como cuando una casa se queda en silencio después de que todos se hayan marchado.

A mis años, cuando termina el verano, todavía me ocurre.

Estos días de atrás volví del pueblo. Quizá por eso hoy tengo esa sensación de desasosiego que conozco desde niño.

Recuerdo aquellos finales de agosto, cuando mis padres nos miraban a mi hermano y a mí mientras cargaban el coche. Bolsas, maletas, alguna caja, todo colocado como si aquello fuera una mudanza. Y entonces llegaba la frase inevitable: —Arriba y sin rechistar. Nos vamos a Madrid.

Y nosotros llorábamos. Llorábamos de esa manera limpia y desordenada con la que lloran los niños cuando todavía no saben esconder lo que sienten. Las lágrimas comenzaban antes incluso de arrancar el coche y parecían acompañarnos durante los doscientos kilómetros de regreso.

Había terminado el verano. Había terminado el pueblo.

Habían terminado las bicicletas, las noches en la plaza, los amigos, la piscina, los abuelos, las calles, los juegos y aquella maravillosa sensación de que el tiempo no tenía ninguna importancia.

Entonces nos quedaba una esperanza: la Feria. A primeros de septiembre volveríamos. Ese era el consuelo.

Hoy, muchos años después, la Feria llega, pasa y se marcha. Y cuando llega el siete de septiembre, aproximadamente, aparece de nuevo aquella sensación. La misma.

Solo que ahora ya no soy aquel niño que llora en el asiento trasero de un Seat 850. Ahora soy un hombre, metido en canas, que sabe perfectamente por qué se le encharcan los ojos. Porque ayer volví a Madrid. Y con ese regreso se terminó, una vez más, el verano.

Terminó la paz.

Terminó la calma.

Terminó el silencio.

Hay lugares que no se visitan: se pertenecen

Para algunos, los pueblos no significan demasiado. Para otros, incluso, no significan nada. Quizá porque nunca tuvieron uno. Quizá porque nacieron en una ciudad y aprendieron a mirar el mundo desde el asfalto. Pero para quienes tenemos pueblo, el pueblo puede serlo todo.

Es una especie de fuerza gravitatoria. Una fuerza que tira de nosotros hacia dentro. Y cuanto más pequeño es el pueblo, mayor parece esa fuerza.

Porque allí las personas todavía se abrazan a través de las pequeñas cosas. Desde el «buenos días» de la mañana hasta el «buenas noches» cuando cae el día.

Cada día aparecen los mismos rostros haciendo, más o menos, las mismas cosas en los mismos lugares. Y eso, lejos de aburrir, tranquiliza.

Porque en un mundo donde todo cambia demasiado deprisa, encontrar algo que permanece se convierte en un regalo.

Los pueblos ofrecen certezas. Ofrecen una calma que resulta cada vez más difícil de encontrar. Son, de alguna manera, magia. La magia de las vacaciones. Y no solamente para los niños. También para nosotros, los adultos. Quizá especialmente para nosotros.

Porque cuando crecemos descubrimos que descansar no consiste únicamente en dejar de trabajar. Descansar consiste, muchas veces, en dejar de representar. Dejar de demostrar. Dejar de competir. Dejar de correr.

En el pueblo nadie parece preguntarte qué has conseguido. Simplemente te preguntan si has llegado. Y quizá esa sea una de las preguntas más hermosas que alguien puede hacernos.


Los niños que fuimos

La piscina es, durante el verano, una especie de escaparate de la vida del pueblo. Allí están los treintañeros con niños pequeños. Los que vienen de fuera porque sus padres o sus abuelos tienen casa.

Los que se acercan a nadar. Los que toman el sol. Los adolescentes que aparecen alrededor del socorrista.

Las señoras que juegan a las cartas. Los que no se separan de la barra del bar y ni siquiera se ponen el bañador.

Todos. Los que viven allí todo el año y los que regresamos los fines de semana o en verano. Todos terminamos encontrándonos.

Y al final del verano todos sufrimos una nostalgia parecida. Los que se van. Y los que se quedan. Quizá porque todos sabemos que algo se acaba.

Los niños de ahora corren por las mismas calles por las que corríamos nosotros.

Cogen gatos.

Salvan pájaros.

Atrapan lagartijas.

Montan en bicicleta.

Se lanzan cuesta abajo sin miedo.

Pasan la noche en la plaza.

Y uno los mira y, por un instante, vuelve a tener diez años. Pero ya no te bañas como antes. Ya no te escondes detrás de los árboles con aquella novieta mientras tus amigos ríen o juegan a las cartas. Ahora contemplas. Observas. Recuerdas.

Y empiezas a descubrir que la infancia no desaparece del todo. Se queda escondida en los lugares donde fuimos felices. Por eso quizá hay rincones que nos reconocen. Por eso un olor puede devolvernos treinta años en un segundo. Por eso una calle puede contener una vida entera.

Recuerdo aquellas tardes interminables. Las calles todavía sin asfaltar. El polvo pegado a las piernas. El sudor. Las carreras. Los gritos. Las bicicletas. El día entero fuera de casa.

Y luego regresábamos gloriosos, pletóricos, hambrientos, a por aquel bocadillo hecho con una barra de pan de la Valentina y dos o tres chorizos fritos de la última matanza.

Solo de pensarlo se me saltan las lágrimas.

Después besabas a los abuelos. Besabas a los padres. Y volvías a salir. Hasta que alguien gritaba desde la puerta: —¡Nene! ¡Pa dentro, que hay que acostar!

No hacía falta teléfono móvil. No hacía falta WhatsApp. No hacía falta GPS. No hacía falta nada.

Todos sabían dónde estabas. Y todos sabían quién eras.

¿Televisión? ¿Televisión?

No había televisión. O había, pero daba igual. Caías rendido en la cama.

Muchas veces compartida con tu hermano. Y hasta el día siguiente. Eso también era vivir. Quizá no lo sabíamos entonces. Pero lo era.

El tiempo en el pueblo camina de otra manera

Cuando paso largas temporadas en el pueblo me doy cuenta de que allí el tiempo parece habitar más despacio. Se camina más lentamente. Se conversa sin mirar el reloj. Se piensa con más calma.

Una vecina puede pararte en mitad de la calle y comenzar una conversación que dure media hora. Y nadie parece tener demasiada prisa por terminarla. Puede hablarte de tu abuela. De aquella vez que tu padre hizo esto. De cuando tu madre era joven. De aquella familia que vivía en la esquina. De un verano de hace cuarenta años. Y tú escuchas.

Porque en ese instante entiendes que la conversación no trata realmente de aquello que te está contando. Habla del tiempo. De la memoria. De la necesidad humana de contar y ser contado.

En el pueblo todavía existen esas conversaciones que no sirven aparentemente para nada y que, sin embargo, sirven para todo. Porque nos recuerdan que pertenecemos. Que alguien nos conoce. Que nuestra historia forma parte de otra historia mucho mayor.


En el pueblo también existe lo cotidiano. Comprar unas magdalenas recién hechas porque el olor llega hasta casa. En el mío, ir al Horno de la Valentina.

Que el aire de abajo te traiga durante la Feria la música de la verbena hasta el salón.

Que el aire de arriba te recuerde, en cambio, que existen corrales de ganado y que el campo no siempre huele a perfume. Y eso también forma parte del pueblo.

Porque el pueblo no es una postal. No es una fotografía de Instagram. No es una casa rural decorada con gusto.

El pueblo también es frío. Es calor.

Es polvo. Es trabajo.

Es soledad. Es envejecimiento.

Es problemas.

Es puertas que antes permanecían abiertas y que hoy necesitan llave.

Es bares que desaparecen.

Es comercios que cierran.

Es calles en las que cada vez quedan menos voces.

Idealizarlo sería tan injusto como despreciarlo. Yo conozco lo bueno. Y también conozco lo malo. Pero sigo pensando que hay algo allí que merece ser defendido. Algo que no deberíamos permitir que desapareciera.


La memoria vive en las casas

Llevo toda la vida teniendo una casa en un pueblo.

Primero fueron las casas de mis abuelos maternos y paternos. Después, la de mis padres. Y finalmente, en los últimos años, la mía.

He ido y venido durante toda mi vida. Por eso conozco bastante bien esa forma de vivir. Sé que no todo es maravilloso. Sé que existen dificultades. Sé que vivir todo el año en un pueblo no es lo mismo que pasar allí agosto.

Los inviernos son largos. El día se hace pequeño.

Hay calles vacías. Negocios que cierran.

Servicios que no siempre están cerca.

Personas mayores que se quedan solas. Y jóvenes que muchas veces tienen que marcharse porque no encuentran una oportunidad.

Pero también sé otra cosa. Los problemas, en los pueblos, muchas veces se amortiguan. Porque cuando alguien tiene un problema, alguien suele enterarse. Y quizá aparezca un alguien. Un vecino. Un amigo. Una familia. Una mano.

No siempre. Tampoco vamos a pasarnos de románticos idealistas. Pero existe una red humana que las grandes ciudades han ido perdiendo.

En una ciudad puedes vivir rodeado de miles de personas y sentirte absolutamente solo. En un pueblo puedes sentir que todos saben demasiado de ti. Y, paradójicamente, eso también puede hacerte sentir acompañado.

San Agustín escribió una de las frases más profundas de la espiritualidad cristiana: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Quizá algo parecido sucede con nuestras raíces.

Hay lugares donde el corazón descansa. No porque sean perfectos. Sino porque allí dejamos de fingir. Allí no necesitamos explicar demasiado quiénes somos.

Allí están las personas que nos recuerdan cuando todavía no éramos nadie. Y eso tiene un valor incalculable.

Minaya

Cuando entro en Minaya, algo cambia.

Lo he vivido cientos de veces.

Desde que mi padre compró aquel Seat 850 blanco.

La carretera. Los pueblos que van quedando atrás. El Provencio. Las Pedroñeras. El Pedernoso. Mota del Cuervo. Quintanar de la Orden. Corral de Almaguer. Ocaña. Aranjuez. Valdemoro. Pinto. Getafe. Y Madrid.

La inmensa ciudad. La ciudad y todo lo que representa. Su ruido. Sus obligaciones. Sus prisas.

Sus responsabilidades. Su exigencia. Su permanente movimiento.

Todo aquello que se va quedando detrás.

Y cuando finalmente entro en el pueblo, ocurre algo difícil de explicar. La nebulosa comienza a desaparecer.

Ese ruido interior que traigo conmigo empieza a apagarse. Me lleno de calma.

Huelo la tierra. Escucho los pájaros. Percibo el viento. Miro el horizonte.

Y empiezo a respirar de otra manera.

Es como si mi cabeza recuperase espacio.

Como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de mí.

Entonces puedo contemplar.

Puedo estar.

Puedo sentir.

Puedo escuchar.

Puedo ser consciente del presente.

Y en ese instante aparece una sensación que pocas veces encuentro en otros lugares: Soy. Estoy. Me siento y siento.

Quizá eso sea, sencillamente, volver a casa.

La tierra que llevamos dentro

Hay que haber agarrado alguna vez con las manos la tierra marrón del campo recién arada. Dejarla escurrir entre los dedos. Mirar cómo pequeños granos quedan pegados a la piel. Sentir que aquello que aparentemente es polvo contiene, en realidad, vida.

Hay que haber corrido alguna vez entre los trigales.

Haberse tumbado en una era para mirar un cielo completamente estrellado.

Haber caminado por esos caminos llanos y polvorientos que separan las siembras.

Escuchar cómo el viento murmura entre los campos.

Ver el sol perderse detrás de un horizonte interminable.

Entonces uno empieza a entender que el campo no necesita grandes paisajes para ser hermoso.

La mayoría de nuestros pueblos no están situados frente a mares turquesa ni rodeados de montañas espectaculares.

Muchos están en tierras secas. Frías. Llanas. Duras.

Pero precisamente ahí reside parte de su belleza. La belleza aparece cuando caminamos despacio. Cuando aprendemos a mirar. Cuando dejamos de exigir que todo nos deslumbre.

El campo enseña eso. Que la belleza no siempre grita. A veces simplemente permanece.

Marco Aurelio escribió que la felicidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestros pensamientos. Quizá por eso el silencio rural nos hace tanto bien. Porque cuando desaparece el ruido exterior empiezan a escucharse nuestros pensamientos.

Y entonces descubrimos qué llevábamos demasiado tiempo intentando no escuchar.

El pueblo no soluciona nuestra vida. Pero puede ayudarnos a verla. Y a veces eso es suficiente para comenzar a cambiarla.

Una España que también somos nosotros

Hay algo más detrás de toda esta nostalgia. Algo que va mucho más allá de mis recuerdos.

España tiene una herida abierta en muchos de sus territorios rurales.

La despoblación no es una metáfora. Es una realidad.

Pueblos que envejecen. Calles que se vacían. Escuelas que cierran. Comercios que desaparecen. Bares que dejan de abrir. Casas que quedan cerradas.

Y niños que cada vez aparecen con menor frecuencia. ¿Dónde están?

¿Qué ha ocurrido?

¿Qué hemos hecho?

El problema no nació ayer. Durante décadas se alentó el éxodo rural. Se marcharon nuestros padres y nuestros abuelos buscando una vida mejor. Y tenían razón. Los trabajos agrícolas eran extraordinariamente duros. Las oportunidades eran escasas.

La ciudad ofrecía estudios, empleo, hospitales, universidades, servicios y posibilidades.

Muchos padres hicieron algo extraordinario: se marcharon para que sus hijos pudieran tener aquello que ellos no habían tenido.

Nos dieron una vida mejor. O eso pensaban. Y quizá lo consiguieron.

Pero existe una paradoja. Nos dieron oportunidades para salir. Y nosotros hemos terminado perdiendo algunas de las cosas que ellos dejaron atrás.

Valores humanos.

Solidaridad.

Sencillez.

Humildad.

Comunidad.

Tiempo.

Quizá no hemos perdido todo. Pero sí hemos perdido algo. Y deberíamos preguntarnos qué.

¿Qué significa realmente progresar?

Durante mucho tiempo asociamos progreso con alejarnos del campo. El pueblo era atraso. La ciudad era futuro. Quien permanecía era el «paleto». Quien regresaba de la ciudad con traje nuevo parecía haber triunfado.

Y muchos padres, comprensiblemente, hicieron todo lo posible para que sus hijos no tuvieran que vivir la dureza de aquella vida. Pero quizá ahora necesitamos hacernos otra pregunta. ¿Progresar significa necesariamente vivir más deprisa?

¿Significa tener más? ¿Consumir más?

¿Moverse más? ¿Trabajar más?

¿Acumular más? ¿Vivir rodeados de ruido?

¿Pasar una hora para ir al trabajo y otra para volver?

¿Tener centros comerciales a pocos minutos mientras tardamos media vida en encontrar tiempo para hablar con nuestros hijos?

No tengo respuestas absolutas. Tampoco creo que exista una única manera correcta de vivir.

Ciudad y pueblo no tienen por qué enfrentarse. Pueden complementarse. Lo urbano y lo rural necesitan encontrarse.

Cooperar.

Compartir.

Equilibrarse.

Porque tampoco se trata de convertirse en ermitaños. Se trata de recuperar la libertad de elegir cómo queremos vivir.

Ruralizar la vida

Últimamente pienso mucho en una palabra: ruralizar.

No sé si existe exactamente como yo la utilizo. Pero me gusta.

Ruralizar nuestras vidas. No significa necesariamente abandonar la ciudad. Puede significar recuperar dentro de nosotros algunas de las virtudes que asociamos al mundo rural.

Caminar más. Consumir menos.

Hablar más. Escuchar.

Mirar el cielo.

Conocer al vecino. Comprar cerca.

Cuidar la tierra. Recuperar la comunidad.

Dar valor al tiempo. Vivir con menos ruido.

Trabajar para vivir y no vivir únicamente para trabajar.

Aprender que descansar no es perder el tiempo.

Entender que la vida no se mide exclusivamente por aquello que acumulamos.

Thoreau escribió que se marchó a los bosques porque quería vivir deliberadamente.
Yo lo expresaría de otra manera: Me voy al pueblo porque simplemente quiero vivir.
Y cada vez entiendo mejor esa necesidad.


Los pueblos también tienen futuro

No quiero convertir estas líneas en una elegía. No quiero escribir sobre pueblos como si fueran únicamente lugares destinados a desaparecer. Me niego.

Porque los pueblos no son el pasado. Pueden ser futuro.

Hay jóvenes que quieren quedarse. Otros quieren volver.

Hay personas que están creando empresas. Hay profesionales que pueden teletrabajar.

Hay emprendedores. Hay agricultores que innovan.

Hay familias que buscan otra manera de criar a sus hijos.

Hay personas que quieren una vida menos acelerada.

Hay talento. Mucho talento.

Lo que necesitamos es generar las condiciones para que ese talento pueda quedarse.

No valen solamente los discursos. No valen las buenas intenciones.

No valen los programas escritos en documentos que después no se convierten en hechos.

El reto está en actuar.

Invertir. Crear empleo.

Mejorar las comunicaciones. Garantizar servicios sanitarios y educativos.

Facilitar vivienda. Impulsar la conectividad digital.

Poner en valor el patrimonio natural y cultural. Crear espacios para empresas.

Favorecer el emprendimiento. Conectar los pueblos con las grandes vías de comunicación.

Y, sobre todo, comprender algo muy sencillo: quien vive en un pueblo tiene exactamente los mismos derechos que quien vive en una gran ciudad.

No debería haber ciudadanos de primera y de segunda dependiendo de su código postal.

Si el campo produce, la ciudad come

A veces olvidamos algo elemental. La ciudad depende del campo.

Los alimentos que llenan nuestras neveras no aparecen mágicamente en los supermercados. Detrás están la tierra, el agricultor, el ganadero, el agua, las estaciones, el trabajo y una cultura agrícola transmitida durante generaciones.

Si el campo no produce, la ciudad no come. Por eso defender el mundo rural no es una cuestión romántica. Es también una cuestión económica. Social. Territorial. Medioambiental. Humana.

Necesitamos equilibrio.

Un país no puede ser solamente una sucesión de grandes ciudades cada vez más densas mientras enormes territorios pierden población.

La España rural también es España. Y quizá necesitamos dejar de hablar de ella como si fuera una periferia. No lo es. Es una parte esencial de nosotros.

La memoria de un pueblo

Alejandro López Andrada escribió en El viento derruido una idea hermosa: la memoria de un pueblo no está únicamente en sus casas, sus piedras o sus edificios, sino en los hechos y las palabras, en el alma de quienes lo habitan y también en quienes lo habitaron y, aunque estén lejos, todavía lo recuerdan.

Creo que ahí está todo.
Porque un pueblo no son únicamente sus calles.
Son las personas que caminaron por ellas.
Mis abuelos.
Mis padres.
Mis amigos.
Los vecinos.
Los niños.
Los que se fueron.
Los que volvieron.
Los que ya no pueden volver.
Todos forman parte del lugar.

Cuando recuerdo una calle, no recuerdo únicamente una calle. Recuerdo a alguien.

Cuando miro una casa, veo una historia.

Cuando huelo el pan, regreso a la infancia.

Cuando escucho las campanas, aparecen rostros.

Cuando veo un campo de trigo, recuerdo tardes enteras.

Eso es la memoria. Una geografía emocional.

Tendemos a buscar fuera lo que ya tenemos dentro

Somos extraños. Nos pasamos la vida buscando fuera aquello que muchas veces tenemos dentro.

Buscamos lugares lejanos. Playas paradisíacas. Paisajes extraordinarios. Experiencias diferentes.

A veces no somos capaces de mirar el camino que tenemos al lado. Quizá porque lo cotidiano deja de sorprendernos.

Quizá porque hemos aprendido a valorar más lo que viene de fuera que lo que forma parte de nosotros. Pero hay una riqueza enorme en lo cercano.

En un camino de tierra.

En una conversación en una plaza.

En una sombra al caer la tarde.

En un cielo estrellado.

En una barra de pan recién hecha.

En una puerta que se abre.

En alguien que pregunta: —¿Cuándo has llegado?

La vida también está ahí. Quizá especialmente ahí.

Mi pueblo

Minaya envejece. Como tantos pueblos. No quiero engañarme. Sé lo que está sucediendo. Sé que la despoblación es una realidad, también en mi pueblo.

Sé que hay cosas que hemos perdido y quizá no recuperemos. Pero también sé que todavía queda mucho.

Quedan personas.

Quedan jóvenes.

Quedan casas.

Quedan campos.

Quedan caminos.

Quedan fiestas.

Quedan recuerdos.

Quedan niños.

Quedan proyectos.

Queda vida.

Mientras quede vida, hay esperanza. Por eso no quiero escribir un réquiem. Quiero escribir una llamada. Una llamada a mirar. A cuidar. A defender. A volver. A quedarse cuando sea posible.

A hacer deseable aquello que durante décadas consideramos atrasado.

Quizá lo verdaderamente atrasado no sea vivir en un pueblo. Quizá sea haber olvidado cómo vivir.

La libertad de necesitar menos

Uno va echando canas y empieza a comprender algunas cosas. Entre ellas, que necesita menos. Mucho menos.

Durante años creemos que la vida consiste en conseguir.

Más reconocimiento.

Más dinero.

Más éxito.

Más cosas.

Más contactos.

Más poder.

Más velocidad.

Hasta que un día descubrimos que todo eso tiene un precio. Y entonces empezamos a preguntarnos qué queremos realmente. Quizá queremos tiempo.

Paz.

Salud.

Familia.

Amigos.

Naturaleza.

Silencio.

Una conversación.

Una mesa.

Un paseo.

Un cielo.

Una vida que tenga sentido.

Teresa de Jesús lo resumió con una sencillez extraordinaria: «Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda».

Todo se pasa. También la ciudad.

También el éxito. También el fracaso.

También el reconocimiento. También el ruido. También las preocupaciones.

Lo que permanece es aquello que hemos construido dentro. Quizá también aquellos lugares que nos ayudaron a construirlo.

Hasta que Dios quiera

Cuando estoy en Minaya siento algo que no sé explicar del todo.

Quizá porque allí están mis raíces.

Quizá porque allí están mis muertos.

Quizá porque allí todavía puedo reconocer al niño que fui.

Quizá porque allí el tiempo parece hablarme de otra manera.

O quizá, sencillamente, porque allí puedo escuchar mejor.

Escuchar el viento.

Escuchar a los pájaros.

Escuchar a los demás.

Escucharme.

Y también escuchar a Dios.

Porque la espiritualidad no siempre aparece en grandes momentos. A veces aparece caminando por un camino de tierra.

Al amanecer. Cuando el sol comienza a iluminar los campos. Cuando el pueblo todavía duerme.

Cuando una iglesia permanece en silencio. Cuando miras el cielo y descubres que no necesitas ninguna respuesta inmediata.

El campo tiene algo de oración. No porque sea perfecto. Sino porque obliga a detenerse.

Y cuando uno se detiene, quizá empieza a comprender.

No dejemos morir lo nuestro

No sé si estas líneas son un alegato. No sé si son una defensa del mundo rural. No sé siquiera si son nostalgia. Quizá sean las tres cosas. Pero, sobre todo, creo que son una llamada a la esperanza.

No podemos dejar perder aquello que somos.

No podemos permitir que desaparezcan nuestros pueblos mientras miramos hacia otro lado. No podemos resignarnos.

No podemos pensar que todo está escrito y que nada puede hacerse. Porque una propuesta escrita no cambia un pueblo. Lo cambia una decisión.

Una inversión.

Una empresa.

Una familia.

Una escuela.

Un niño.

Un joven que decide quedarse.

Un adulto que decide volver.

Un vecino que abre un negocio.

Una administración que cumple.

Una comunidad que se organiza.

Un pueblo que recupera el orgullo de serlo.

El futuro rural no puede construirse únicamente desde los despachos. Tiene que construirse también desde las plazas. Desde los campos. Desde las casas. Desde las personas.

Y volveremos

Cada año pasa. Cada verano pasa. Cada generación cambia.

Los niños crecen. Los padres envejecen. Los abuelos se convierten en recuerdo.

Las casas cambian. Algunas puertas se cierran. Otras permanecen abiertas.

Pero existe algo misterioso en los pueblos. Una especie de fidelidad.

Uno vuelve y descubre que el lugar, de alguna manera, ha aprendido a esperarlo. Todo parece estar en su sitio.

El olor. Las calles.

El cielo. Los caminos.

La torre de la iglesia. La plaza.

El campo. Los amigos.

Y, sobre todo, los recuerdos.

Cada rincón parece guardar una risa. Un paso.

Una conversación. Una tarde. Una vida.

Por eso vuelvo. Y volveré. Verano. Otoño. Invierno. Primavera.

Hasta que Dios lo quiera.

Hay lugares a los que uno no regresa solamente con el cuerpo. Regresa con el alma.

Volví de Minaya estos días de atrás. Como aquel niño de hace tantos años, aunque ahora ya no haya nadie que tenga que decirme «sube al coche y sin rechistar».

El viaje de vuelta siempre parece más largo. La carretera se hace interminable. Y Madrid vuelve poco a poco. Primero aparece el tráfico. Después los coches. Después los edificios. Después las prisas. Y finalmente el ruido.

Pero algo del pueblo siempre permanece.

Permanece en la ropa. En la memoria. En la mirada. En la forma de respirar. En esa tierra que parece haberse quedado pegada a las manos. Y, sobre todo, en el corazón.

Porque uno puede abandonar momentáneamente un pueblo. Lo que no puede hacer es abandonar aquello que el pueblo ha dejado dentro de él.

Quizá por eso, cuando llego a la ciudad, vuelvo a sentir nostalgia.

No solamente nostalgia del lugar. Nostalgia de quien yo era allí. De aquel niño que corría por las calles. De mis padres jóvenes. De mis abuelos. De los amigos. De las noches interminables. De los bocadillos. De las bicicletas. De las voces llamándonos desde las puertas.

De aquellos veranos en los que parecía que la vida iba a durar para siempre.

Y quizá esa sea la verdadera nostalgia: no echar de menos únicamente un lugar, sino echar de menos una forma de vivir.

Una forma de estar. Una forma de mirar.

Una forma de sentir. Una forma de pertenecer.

Por eso creo que vivir en un pueblo puede cambiarte la vida. Porque te recuerda algo que la ciudad, con todo lo bueno que tiene, a veces consigue hacernos olvidar: que no hemos venido al mundo solamente para correr. Hemos venido para vivir.

Para amar. Para cuidar.

Para recordar. Para dejar algo.

Para agradecer. Para caminar.

Para contemplar. Para estar con otros.

Para saber de dónde venimos. Y quizá también para descubrir hacia dónde queremos ir.

El pueblo no es únicamente pasado. Puede ser futuro.

No es únicamente nostalgia. Puede ser esperanza.

No es únicamente tierra. Es raíz. Y las raíces no nos atan. Las raíces nos sostienen.

Por eso, cuando vuelvo, siento que algo dentro de mí vuelve también a su sitio. Entonces miro el horizonte. Respiro. Y por un instante todo vuelve a estar en calma. Y pienso que quizá la vida sea eso: tener un lugar al que volver.

Un lugar que nos recuerde quiénes somos.

Un lugar donde alguien todavía sepa nuestro nombre.

Un lugar donde el tiempo no haya conseguido borrar nuestras huellas.

Un lugar donde, aunque hayan pasado muchos años, alguien pueda seguir preguntándonos: —¿Cuándo has llegado?

Y nosotros podamos responder: —He llegado.

Porque al final, después de tantos caminos, de tantas ciudades, de tantos éxitos y fracasos, de tantas prisas y tantas búsquedas, quizá la vida consista en eso.

En volver. En reconocer.

En agradecer. En quedarse.

Y quizá algún día, cuando ya no tengamos que volver porque nos quedemos definitivamente, podamos mirar por última vez aquellos campos y comprender que nunca estuvimos realmente lejos. Porque hay lugares que no abandonamos jamás.

Hay lugares que llevamos dentro. Y hay lugares a los que siempre volvemos.

Minaya es uno de ellos.

Mi pueblo.

Nuestro pueblo.

El pueblo.

Y hasta que Dios quiera.

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