En toda comunicación escrita hay un receptor. Si el receptor no lee adecuadamente lo escrito o lo malinterpreta por intereses ajenos a lo normal, todo carece de sentido.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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