jueves, 27 de julio de 2017

27.07.2017... Semblanzas de Verano IV: meditando sobre la felicidad.

Solemos dejar de lado, casi siempre, el análisis y la reflexión de lo esencial de la vida. Vamos corriendo de un lado a otro sin tiempo. El curso laboral pasa a una velocidad vertiginosa sin dejarnos tiempo a detenernos y meditar sobre lo esencial.

Es en momentos así, sentado en este patio, buscando en el cielo, inmensamente azul, alguna nube blanca que resalte como en un brochazo ese lienzo; escuchando cómo cada pájaro tiene su cantar y simplemente revolotean pendientes de acercarse, tímidamente, a la higuera.

¿Realmente qué necesidades materiales buscamos y por qué? ¿Pero son acaso lo que esencialmente necesitamos para ser felices?




Frente a mi, junto al huerto, hay una silla vacía. No sé por qué todos los días termino por colocarla ahí. Es de madera y cuerdas. No vale nada, pero sirve de mucho. En ella me siento a contemplar el cielo, a respirar ese olor a mata de tomates; a dejar llevar mis pensamientos por los más poéticos rincones de mi mente.

¿Dominamos nuestra vida o la vida nos domina a nosotros?

Culpamos de nuestro trajín de vida al sistema, pero realmente el sistema de vida que llevamos lo hacemos nosotros, porque nosotros somos los responsables de cada acción y cada paso que damos en nuestro caminar.

La raíz de todos nuestros males está en el deseo, si controlamos nuestros deseos, nuestras necesidades, como decía Buda, controlaremos también nuestro sufrimiento.

Tendemos a convertir la felicidad en un mito.

Cada uno la siente de una manera.

Cada uno la busca de una manera.

Todos deseamos ser felices ¿Alguien no lo desea? Creo que en lo único que estamos de acuerdo todos los humanos es en esa búsqueda incesante de la felicidad. Si todos la buscamos es, tal vez, porque ninguno la hemos encontrado.

¿Qué es la felicidad? Depende para quién, depende para cada uno.

La felicidad se encuentra entre uno mismo y en los demás.

Pensamos que la felicidad está en tener más, en acumular. Pero la felicidad está en lo sencillo, a veces en la nada. Es curioso cómo muchas de las personas más adineradas son las que se sienten más solas e inestables. ¿Por qué? Porque dedican sus días a seguir acumulando más y más y intentar vencer sus miedos a perder todo lo que tienen. Viven sin vivir. 

Nuestra felicidad reside en controlar nuestras expectativas en comparación con los acontecimientos.

A muchos la vida nos sonríe, pero nosotros no sonreímos.

Nos embarcamos en viajes y más viajes inútiles que no llevan a ninguna parte. Eso no solo nos hace perder el tiempo sino que nos genera expectativas absurdas.

No tengamos duda de que una de las claves de la felicidad está en ser capaces de aprender a ignorar las palabras, actitudes y comportamientos de muchas de las personas que nos rodean.

Ignorar puede ser un equilibrio mental para el que ignora, un espacio de salud mental. Son las dichosas relaciones tóxicas. Hay que aprender a ignorar.

No soy especialmente un tipo alegre, ni siquiera simpático. No lo he sido nunca y por eso tampoco lo voy a ser ahora a mis cincuenta.

Tengo mil y un problemas, como cada uno de los que habitamos en este mundo. Para mí mis problemas son los más importantes, como para cada uno lo son los suyos. Sé que soy afortunado con la vida que tengo, pero esto no quiere decir que sea feliz.

Buscamos momentos felices, ni siquiera anhelamos una vida feliz.

En instantes así medito hacia dentro y escudriño en todo eso en lo que he podido equivocarme hasta ahora. Lo hecho, hecho está. Siempre es mi respuesta. De nada sirve mirar atrás.

Sé que controlar las emociones no es fácil, para nadie lo es, pero lo intento día a día, tanto es así que me despierto dando las gracias al GADU por tener otro día, otra oportunidad.

Siendo así yo, como digo, y aun así, inicio mis días sonriendo, cantando y bailando mentalmente hacia mi interior, buscando esa felicidad interna que, al fin y al cabo, es la más importante.

Aquí, en este rincón del universo que se llama Minaya, contemplando el cielo y la sombra de esa silla, siendo consciente de este momento, del presente, sencillamente no deseo nada más que estar, que caminar con lo justo.

Estar constantemente deseando bienes materiales, imponiéndonos objetivos externos nos condena al sufrimiento y al desequilibrio.

Está claro que la felicidad no está hecha de bienes materiales. Este momento no tiene precio.

Estamos de paso por aquí, por esta vida. Cuanto más vacía esté nuestra mochila, más cómodos caminaremos.

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