martes, 25 de julio de 2017

25.07.2017... Semblanzas de Verano III: minayeando!

¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué estoy aquí? Son dos preguntas que todos deberíamos hacernos cómo mínimo cada dos meses en nuestras vidas. Responder es, posiblemente, saber y tener claro hacia dónde ir.

Es una forma de despertar como otra cualquiera. Yo, cuando me empapo de estos silencios, mis silencios, prefiero iniciar mi día así para, a partir de ahí, construirlo de la forma más positiva posible.

Esta mañana, por ejemplo,  inicié mi día con alguna de esas lecturas que te hacen pensar y reflexionar sobre la vida. Sobre todo, sin duda, te hacen meditar sobre algo que yo llevo practicando desde hace mucho tiempo y que de vez en cuando dejo anotado por aquí: nunca se debe prejuzgar ni juzgar a nadie, tampoco criticar ni hablar de lo que ni se sabe ni se conoce. Tendemos a hablar por boca de lo que percibimos; tendemos a equivocarnos siempre. Diré que, el no practicar este mal hábito me ha hecho acertar con las personas más que errar. Me he equivocado, alguna vez; he acertado, casi siempre. 

Aquí las moscas parece que te atacan en formación de a tres. Revolotean sobre ti, despistándote, hasta que caen lanzadas a posarse sobre tu brazo o nariz, sobre aquello que tengas al descubierto, a piel, para hacerte saltar por los aires como en un respingo alocado.

Solo me apetece leer y perderme por estos caminos que me alejan de los tiempos, de los horarios.



Aquí todo viene envuelto por el valor de lo tranquilo, de lo lento. Curiosamente a mí me falta tiempo, aunque solo sea para escribir y repasar esos versos.

Anoche me quedé como ido, tonto, mirando el cielo. Apagué todas las luces y me senté a contemplar ese infinito repleto de diminutas luces que nos miran como lejanos farolillos en un mar calmado.

Cuántas veces en mi vida habré contemplado este inmenso cielo. Cuantas veces en estos cincuenta años que pueden no parecer nada pero lo son.

Todo es calma y todo se puede disfrutar si simplemente paramos y sentimos el instante.

A veces la vida nos fatiga y encontramos la tristeza tras cualquier esquina. Esta mañana, como he dicho,  leí algo que me entristeció en el inicio, aunque en el final me alegró, sentimentalmente hablando. Hasta la tristeza sentida puede resultar una maravilla.

Durante el día hace calor, lo justo. Es un calor agradecido, desde luego no el mismo que sentían los abuelos mientras araban las tierras antes y tras la cosecha, bajo esos soles veraniegos.

La noche es agradable, silente.

Esta año no escucho grillos, han debido coger vacaciones. 

Tampoco he visto esos murciélagos que merodeaban en la oscuridad sobre la higuera. Lo que sí veo, en las paredes blancas, cantidad de salamanquesas, algunas enormes, que se pegan a la pared buscando su aperitivo de insectos. Mientras tomaba mi zumo, en la cocina, comprobé que una de ellas me estaba mirando justo desde encima del televisor. Esto es naturaleza. Esto es campo. Esto es vida.

El cielo ha enrojecido. Más bello que nunca. La luna va cambiando y busca la ternura de los sueños que, de seguro, respiran versos hasta convertir en esos poemas que empapen de dulce licor nuestras almas.

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