domingo, 25 de junio de 2017

25.06.2017... Meditaciones de domingo.

Llueve en esta tarde y dan ganas de salir a la terraza y dejarse mojar para limpiar, de forma natural, nuestras impurezas que, no sé si por costumbre o por desgracia, llegadas estas fechas van acumulándose en nosotros.

He tenido mi sesión de running y me doy cuenta que las piernas, como la cabeza, van pidiendo descanso. El descanso que busco muchas veces, ahora que huelo esa tierra mojada y me trae los recuerdos inevitables de esos caminos que suelo transitar en el silencio natural, no es otro que el de no tener más obligación que la de despertar cada día con la ilusión de vivir sin estar obligado a nada. No estar obligado a nada no es renunciar a todo. No estar obligado a nada es vivir sin esas necesidades de las que nos hemos ido rodeando, y que nos hacen estar en constante tensión, para conseguir que todo funcione sin desprendernos de lo innecesario.

Solo en ese instante, en el que creemos podemos perder algo, es cuando nos vienen los miedos del fracaso, el valor de lo que tenemos. Constantemente le digo esto a mi hijo, pero constantemente es algo que todos deberíamos tener en cuenta.

El hombre, y digo el hombre, en masculino, es ese ser capaz de ir cometiendo estupideces toda su vida, cayendo y levantando constantemente hasta lo irremediable.



Vamos tirando de la cuerda, pensando que nunca se romperá, hasta que se rompe.

Nos pensamos eternos y vamos deshaciendo lo que hemos hecho, pensando que siempre tendremos otra oportunidad de hacer.

No es cierto. Las oportunidades nunca son las mismas porque nada es igual ni comparable.

Soy un eterno buscador. Busco mi espiritualidad como el que busca la esencia de su ser. En ese caminar me doy cuenta de los tropiezos, porque buscar significa ser consciente de cada instante y al igual que vivimos instantes acertados, sentimos cuando erramos en nuestras acciones.

La vida no es tan larga como creemos. La vida la hacemos corta y vamos estropeando algunas de sus partes con nuestras acciones erróneas.

A veces, cuando corro, cuando camino por la mañana y voy pensando, meditando, me doy cuenta que echo de menos algo. Es un algo que es parte de mi. Esa parte que ya no dejará de acompañarme siempre, a no ser que cometa el mayor error de los errores que sería destruir lo que con tanto esfuerzo se ha construido.

Mi lucidez está en la mañana, que es cuando mi cuerpo, mi mente, permanecen limpios si  haber sido sometidos por ningún tipo de lectura o substancia incendiaria de mi intelecto.

Llego a pensar que uno deambula por la vida más que caminar. Llego a pensar esto porque cada día me entiendo menos.

Leo lo que escribo y soy incapaz de entenderlo. Así, no me extraña, esas personas que también me leen, nunca llegan a encontrar el verdadero significado de mis palabras. Pero, las palabras quedan escritas para que a uno le sirvan más de desahogo que de ahogo.

Necesitamos espacios. Vamos agobiados, sin aire, sin libertad. Hemos construido un mundo de desafíos rápidos, sin tiempo. Hemos construido un mundo dónde, como dice alguien a quién tengo un especial cariño, nadie tiene cabida si no es igual al resto. A veces no me reconozco en este mundo pero formo parte de él. Tal vez eso sería lo más importante y el mayor favor que podríamos hacernos nosotros mismos, volvernos a conocer.

Es importante tener un propósito en la vida. Para tener nuestro propósito debemos ser conscientes de nuestras vidas, debemos conocernos. El propósito es nuestra brújula. El propósito nos ayuda a tomar decisiones frente a esas adversidades o desafíos diarios.

Sin propósito, sin brújula, nada nos será suficiente por mucho que tengamos.

Para llevar una vida consciente debemos reorientarnos, recordar nuestras intenciones.

El tiempo es oro, el tiempo es vida. Detenernos a pensar es una buena forma de recomenzar a conocer. 

Todos recibimos veinticuatro horas de paz y felicidad, son un regalo en la vida que cada mañana volvemos a recibir. No deberíamos desperdiciarlo en estupideces, en sufrir o hacer sufrir. Deberíamos aplicarlo en sonreír y hacer sonreír.

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