domingo, 11 de junio de 2017

11.06.2017... Conversaciones con uno mismo!

Uno cree que tiene siempre claro las cosas, que camina en la dirección correcta, que todo lo hace bien, pero no tiene por qué ser así. Lo que es bueno o correcto para uno no tiene por qué serlo para otros, ni la dirección que uno lleva tiene por qué ser la misma que deseen llevar los otros.

Cuando se entra en este tipo de contradicciones normalmente ocurren dos cosas: o se asume que lo mejor, o correcto, es lo del otro o se defiende lo suyo y cada uno opta por un camino.

Normalmente esto no debería ser difícil. He conocido empresas en las que los socios han discutido sobre la dirección de la empresa, normalmente en momentos de incertidumbres y crisis, cada uno ha tomado un camino generando proyectos deferentes y ambos han obtenido buenos resultados. También he conocido todo lo contrario, los que tras la discusión, se separaron, optaron por no unir esfuerzos sino ser competitivos y ambos fracasaron.

Yo siempre he creído más en la primera opción. Cuando surgen las diferencias de planteamiento, si no puede reconducirse lo que hay, lo mejor es optar por caminos diferentes sin rencor ni competencias absurdas.

Siempre es mejor sumar que restar.



Pero no todo lo que yo pienso o siento está en lo razonable, en lo cierto ni, por supuesto, lo pretendo.

Lo más importante siempre es lo que nosotros pensamos, no lo que otros quieren que pienses.

Esta mañana, bajo un sol que hacía justicia y con una temperatura temprana que ya se acercaba a los 30º C, hemos superado los 16 kms de rigor. Y digo de rigor, porque no sé si pensar que, debido a la vida poco ordenada y salubre que llevo, en muchas ocasiones, sobre todo últimamente, estos kilómetros se convierten más en un castigo que en un placentero recorrido. Hoy ha sido uno de esos días. Uno de los días en los que el cerebro ordena a las piernas detenerse, que pesen; que más que levantarse para dar la zancada, se arrastren en el polvoriento camino. Hoy ha sido uno de esos días en los que he sufrido cada kilómetro, pero también he recordado cada uno de esos platos que, junto a un vino de la tierra y posterior gintonic, he disfrutado esta semana. Es lo que toca, es el sacrificio de andar, de caminar de allí acá, de pensar que la vida es el momento, cada momento, y no pensar tanto en el mañana como a lo mejor debería hacer.

Pero soy así, ni tengo remedio ni lo quiero. ¿Cambiar ahora? ¿Para qué? No sé si habré hecho, ni haré, todas las cosas bien en mi vida. No seré yo el que me juzgue. Es más, reconozco que no todo lo he hecho bien. Sé que camino siempre hacia delante, que me esfuerzo, que me exijo, que me equivoco, que me caigo y me levanto. Uno merece sus tiempos, sus momentos. Uno merece sentir esa vida que quiere, que necesita, que le impulsa cada mañana a continuar adelante. Porque eso es vivir, el resto sería dejarse morir.

Y por eso cada vez necesito sentirme más cerca de mi estado natural de ser: mis rincones. Alejarme del ruido, del estado habitual de supervivencia al que nos vemos sometidos diariamente.

No deberíamos estar siempre así, no deberíamos caminar siempre hacia nuestro objetivo dejándonos llevar por esas obligaciones que lo único que hacen es quitarnos tiempo para pensar y vivir la vida que queremos.

La vida no puede ser puro deseo, deben ser hechos. La vida debe ser un camino, con sus obstáculos, con ese faro en su final que solo el GADU sabrá si lo tocaremos, pero mientras, no debemos dejar de caminar.

Lo que he tenido siempre claro en mi vida es que no tengo nada claro. Exceptuando algún que otro proyecto, como estos que me llevan en los últimos tiempos, siempre voy hacia delante de un lado a otro del camino, de aquí allá, con ansia de saber, al punto de saber de todo y no especializarme en nada concreto.

Pero sí sé cómo me he visto siempre, cómo quiero verme: leyendo bajo un árbol, con mi cuaderno al lado. Dejándome llevar por esos textos, esos versos o, simplemente, por el silencio.

Y puede que algunos se rían de mi, de lo que pienso o siento. Puede que algunos piensen que estoy zumbado por necesitar ese encuentro con uno mismo cada vez más, por huir del ardiente asfalto o los bulliciosos lugares. Lo más importante es saber lo que se quiere, buscarlo, sentirlo. No dejarte llevar por lo que los demás piensen. Cada persona tiene su lugar y su mundo.

Y ni si quiera sé por qué escribo todo esto hoy.

Tal vez tenga un exceso de optimismo en la vida, aunque es posible que algunos me vean como una de esas personas que sienten amargor en la existencia por el exceso de exigencia sobre uno mismo. Sinceramente, solo espero cosas buenas de la vida, para todos los que me rodean y para mi, me siento mucho mejor así.

Y como suelo hacer últimamente, aquí os dejo con una de esas canciones que levantan y motivan... Grandes Varry Brava:



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