domingo, 7 de mayo de 2017

07.05.2017... Seguimos meditando!

Día este de todas las madres en España, primer domingo de este mes de mayo en el que he podido disfrutar de una deseada y maravillosa carrera por los campos de Getafe, por ese tan necesitado entorno, rincón mío que es el Cerro de los Ángeles que siempre me guarda y aguarda, en su silencio, para recogerme en pensamiento y forma.

Debería escribir sobre mucho hoy. Uno escribe siempre porque necesita expresar de alguna forma lo que piensa o, simplemente, por ese placer que ha ido acumulando con los años y que hace vomitar desde dentro lo bueno y lo malo. Cierto es que no todo lo escrito tiene sentido, ni siquiera lo tiene para el que lo escribe; cierto es que no todo lo que por aquí se deja debería ser entendido de una forma correcta por quién lo lee. Cuando se escribe en abierto, en público, como es un cuaderno de este tipo, leído por muchos, criticado por unos y amado por otros, nunca se piensa más del sentido que yo, personalmente, doy a las palabras. A veces, ojalá, es como esos versos, como ese cuadro que solo el artista llega a saber de su emoción o sentimiento en el momento.

Hoy, que me siento algo atomizado, en positivo, por la energía del sol, pretendía escribir unas líneas sobre los liderazgos. No sé muy bien por qué, pero me han venido algunas ideas para mis charlas y debo dar forma. Pero no pienso hacerlo hoy. Creo estoy demasiado reflexivo y meditativo como para abstraerme de plasmar opiniones, tal vez poco objetivas, sobre ciertas formas de liderar organizaciones que cohabitan a nuestro alrededor.



Si piensas correctamente, actuarás de forma correcta.

Uno discute porque quiere, no porque los demás quieran.

Con los años voy aprendiendo que puedes hacer de tu vida una eterna discusión o una eterna escucha.

¿Discutimos por aburrimiento?

¿Por llevar la razón en todo?

¿Por ser los unos más que los otros?

¿Discutimos por saber yo más que tú?

¿Por qué coño discutimos?

He llegado a la conclusión que discuto con quien me interesa discutir. Para eso voy camino de los '50. De algo me tiene que servir. Si doy con un imbécil que me merece la pena echar tiempo y defender mis posiciones, a capa y espada, discuto. Si doy con alguien que me importa y no me merece la pena llevar la contraria, aunque uno u otro no lleve la razón, pues no discuto. ¿Para qué? ¿Qué más me da?

Podríamos pasar toda nuestra vida discutiendo con unos y otros.

¿Qué más me da, por ejemplo, que mi madre o padre quieran llevar la razón, o lo crean, aunque no sea así? ¿Qué más me da que piensen que saben lo que no saben? El cariño, el respeto, la edad, el valor de los años, debería prevalecer.

Lo que no admitiré nunca es que un indocumentado, un niñato, con más o menos años, trate de llevar razón sin tenerla. Discutiré, claro que discutiré, echando el tiempo que deba echar. Si finalmente pierdo la razón, se la daré; si la razón es mía, la defenderé hasta el final.

No sé muy bien por qué escribo esto, tal vez porque me he dado cuenta de que cada día discuto menos. Tampoco es malo, lo gano en salud.

Lo que sé, sinceramente, es que en un rato pienso poner mi mente en un estado de meditación para conseguir terminar el día en equilibrio y enfrentarme a la semana como debo: pasión e ilusión para completar todos los objetivos previstos.

El Dalai Lama considera la meditación como “una disciplina en la que se cultiva la familiarización con el objeto de meditación escogido. El problema es que en la vida diaria, debido a nuestros estados mentales dispersos, dejamos que nuestra mente nos domine y nos controle, la cual a su vez está dominada por emociones y pensamientos aflictivos, y como consecuencia esto afecta a todos nuestros estados mentales que se ven sobre cargados de emociones y pensamientos destructivos y negativos, lo que perpetúa un círculo completo de problemas como confusión, sufrimiento y demás. Así que lo que buscamos en nuestra práctica espiritual es intentar revertir este ciclo hasta llegar al punto de poder hacernos cargo de nuestra mente y de prevenir que se encuentre bajo el dominio e influencia de nuestros impulsos y pensamientos negativos”.

Me sentaré en mi cojín, en ese rincón mío, frente al Budha, buscaré la serenidad de la mente con la respiración y la observaré. No es fácil, estoy en ello, poco a poco, paso a paso... pequeños pasos hacen un Todo.

La columna recta, el cuello un pelín hacia abajo y la mirada al frente con la lengua apoyada en el paladar.

Las manos, la izquierda bajo la derecha y los pulgares en contacto formando un triángulo.

Siempre nos enfadamos con los que frustran nuestros deseos. La ira se fomenta por esos pensamientos erróneos que nos envuelven y nos convierten en enemigos y víctimas a la vez. Todo es mental y todo puede ser contrarrestado por pensamientos que frenan esas emociones angustiantes.

Debemos dejar de pensar en lo que ocurrió en el pasado y también en lo que podría ocurrir en el futuro: simplemente debemos vivir el instante, dejar que la mente fluya libremente sin llenarla de pensamientos. 

Observar nuestra mente. Observarnos nosotros mismos hacia dentro.

Vivamos.

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