lunes, 1 de mayo de 2017

01.05.2017... Lunes en Minaya!

Algunos me comentan, con cierta incredulidad y envidia, cómo puedo sentirme en ese estado de bienestar cuando me alejo de mi entorno habitual, del eterno conglomerado de ruido, particularmente absurdo, en el que me muevo en mi día a día. A veces tampoco soy capaz de describirlo, otras, egoístamente, me invento o silencio las verdaderas y terapéuticas razones. Lo simple y curioso es que todo está a nuestra mano, simplemente es querer acercarte o cogerlo.




Estar en un pueblo poco conocido, el que sea, evidentemente no es estar en lugares de más ajetreo o de postín. Esto no es Marbella, tampoco son los Alpes ni esas playas afrodisíacas del Caribe. Esto, esta maravilla manchega, es Minaya. Simplemente.

Esta mañana, por ejemplo, tras comprobar que el sol ha decidido bañar el campo con su atenta mirada, abrí la puerta de la casa para ir a tomar un café y, al mirar hacia el techo del descansillo, justo en el plafón que cubre la luz, una golondrina ha interrumpido su labor de construcción de un nido de barro para mirarme fijamente como diciendo “¡y éste ¿qué coño hace aquí?”. No se ha movido. Ha quedado quieta, como perpleja, paralizada. Yo también. Ambos nos hemos mirado desconfiados. Evidentemente, su belleza y valentía me ha sorprendido. A ella, entiendo, que no siendo la primera vez que posaba ahí su vestimenta azul metálico, hasta decidir que sería su lugar de cría, también le ha sorprendido tal inesperada intromisión.

Al instante, otra ha pasado veloz su vuelo en dirección al mismo lugar. Ha frenado en seco en el aire, ha mirado confusa, desafiante, y ha marchado planeando al viento. Ha vuelto varias veces en los instantes siguientes pero sin entrar. Su gorgojeo era ahuyentador, como si en mi hubiesen visto un depredador. Nunca más lejos de la realidad.

Tanta belleza, tanta poesía en un momento así, me ha superado. Imposible contemplar nada igual en nuestros lugares de residencia y habitat habituales. Esto es el pueblo, un pueblo.

He marchado, pasando por debajo de la mirada de este elegante ave que, desde luego, construye su nido para la cría en el resguardo de un lugar habitado para reproducirse.

Solo cuando he salido del todo, ha levantado el vuelo, acrobático entre las columnas del porche, y ha marchado junto a su acompañante que esperaba, vigilante, atento, posado en las tejas cercanas.

Y así se van haciendo los pueblos. A base de nidos, de cantos, de vuelos, de los más audaces instintos.




He tomado café con mi padre, dónde Olegario, en Los Manchegos, mientras el sol, audaz tras las nubes de ayer, saludaba alto.

Los comentarios de siempre, los fallecimientos de la 
semana que traen los entierros del día. El pueblo que se va.

No, los pueblos no se van, los abandonamos nosotros.

Suenan las campanas. Anuncian entierro.

Todos los vecinos, prácticamente todos, pasaban anoche por el tanatorio a despedir sus vecinos.

Siguen cantándome las golondrinas mientras disfruto de un silencio que solo rompe lo clásico que escucho en el iPod mientras me empapo de este sol. Sé que me arriesgo a coger un resfriado. Me da igual.

Creo que merezco momentos así, embriagarme de este campo que no es más que otros; que son nuestros campos y tierras llenos de historia, esa historia que olvidamos mientras buscamos un futuro que no sabemos si será.

Cada día que estoy aquí es como una batalla ganada al consumismo, al falso progreso y a la absurda modernidad.

Almuerzo en El Cubillo, en el paseo, con esa cocina siempre casera de Pilar. 
Un futbolín con mi hijo en la cafetería de las cuatro esquinas que vierten esos recuerdos de siempre y el gin tonic en el antiguo Diego que atiende con elegancia y simpatía Jose.

Las zapatillas de running y al camino. Otra vez a ese camino que me evoca y me hace olvidar el cansancio y ritmo del corazón mientras las zancadas parece buscan penetrar el sol que se pone en el infinito llenando de color y poesía un paraje que consigue que, en algunos momentos, las lágrimas salpiquen las amapolas que encuentro.

Y sí, todo evoca poesía. Ahora, aquí, mientras escribo y siento el anochecer por la ventana, el cielo que se inunda de estrellas, solo puedo agradecer ser de Minaya.

Esto es un día por aquí: un privilegio de lunes.

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