martes, 7 de marzo de 2017

07.03.2017... Reflexiones de martes!

No sé si a ustedes les pasa, a mi me ocurre de vez en cuando y se convierte en una especie de rayo de sol entre tanta nube oscura: tropiezo al levantarme.

Despierto en la semana, con algo de desconcierto, se me hacen cortos los fines de semana o, tal vez, los hago cortos por no diferenciar unos días de otros.

Levanto deprisa. Para mi el lunes, ayer, es un día importante, alegre, de inicio de esa ficticia carrera que convierte los objetivos en metas al final de la semana. Y tengo un tropezón.

Tropiezo sobre mi mismo, tropiezo por no pisar a mi perra que surge de no se sabe dónde a saludar con una alegría inusitada en la mañana; tropiezo hasta con el calcetín, que me he quitado el día anterior y olvidé dejar en el cesto de la ropa sucia. El caso es que tropiezo y al hacerlo, sonrío. ¿Por qué? Porque mentalmente he generado una sensación en mi que me dice que es mejor tropezar al inicio del día que durante el día.

Somos capaces de transformar nuestra realidad a través de nuestras emociones y nuestros pensamientos.

Esta mañana, mientras atravesaba El Retiro de Madrid, agradeciendo a cada paso ese privilegio que tengo, de poder caminar mientras amanece por esa fantástica capital nuestra, pensaba en lo diferente que es valorar como positivo un tropezón a pensar que ahí termina todo o generar sensaciones negativas.

Nuestros días los construimos nosotros desde que despertamos.



De seguro todos estamos expuestos durante el día a momentos poco o nada positivos: llamémoslo por su nombre, negativos. Nos encontramos con discusiones que no esperábamos, problemas que aparecen, momentos en los que perdemos los nervios o nos aceleramos sin saber por qué o sí; recorremos un tramo de nuestra vida que seguro está lleno de despropósitos u obstáculos. En esos momentos perdemos mucha energía, nos desgastamos y, sobre todo, nuestra mente se debilita.

A veces, muchos de esos momentos los somatizamos de tal manera que nos convertimos en esclavos de ellos.

Por eso cuando tropiezo a primera hora de la mañana me alegro enormemente. Los tropezones te ayudan a levantarte y ver el resto del día de forma diferente.

Hay quién ve la vida en un gris constante y quiere que los demás la vean igual que él. Son esas personas que denominamos como tóxicas o esos diablillos que a veces aparecen en forma de pensamiento. 

Hay quienes pensamos que en cada tropezón hay una oportunidad y que la vida está para eso: para caer y levantar.

Hay quienes sonríen con su mirada y provocan en los demás ese equilibrio que a veces son incapaces de provocarse ellos mismos.

Hay quién esculpe poesía en cada silencio y es capaz de rimar con solo aletear sus alas de mariposa. Yo creo en las personas así, por mucho que, en momentos, ellos dejen de sentir ese valor que tienen. Pero ese valor está ahí, sólo tienen que reconocerlo, sólo tienen que creer en ellos.

Creer. Creer en ti es el primer paso para conseguir todo lo que nos propongamos.

Encontré estos días, entre algunos papeles guardados en una carpeta, el dibujo que os muestro por aquí. 

Es una caricatura, un dibujo, que me hizo mi hijo hará diez u once años. Él tendría cinco añitos más o menos. Lo cierto es que al verlo, además de sentir cierta emoción, me he reconocido. Así me veía él entonces. Tal vez así era yo para él y así soy yo. ¿He cambiado? Hoy tendría que utilizar tonos grises en la barba pero, realmente, sigo siendo aquél.

Entonces creía; ahora creo.

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