domingo, 29 de enero de 2017

29.01.2017... Transparencia: los huevos de La Bodega.

No sé, aquí, frente a esta página blanca, junto a mi cuaderno a rebosar de notas, ideas, tareas pendientes, reflexiones, versos en madurez, fotos y recortes de revistas y prensa... no sé si escribir o no escribir. 

¿Qué escribir y qué no escribir? 

Imagino siempre que si algún día, publicado o guardado por aquí, lo lee él con los años, se hará una imagen más o menos fiel de lo que era su padre. Tampoco es que estos cuadernos tengan mucha más finalidad. 

Cierto es que cada vez son más los lectores adeptos, seguidores, pero también, en lógica, los adversos. Es lo que tiene el escribir lo que uno piensa o siente. Pero tal vez, lo que uno guarda para sí, en su silencio, en su interior, pueda ser más, más o menos interesante o importante, o tal vez no, pero suyo es, que lo que por aquí se deja.

Digo que en ocasiones, uno no sabe si escribir o no escribir. Escribir lo que piensa o siente, escribir sus sueños, sus secretos, sus vivencias u optar, simple y llanamente, por no escribir nada.

Vivimos, los que tenemos el privilegio de andar enredados en mil y un proyectos, en ese estado permanente de aquello que tan de moda se ha puesto últimamente y que es la 'transparencia'

¿Ser transparente? Siempre ¿Ser transparente absolutamente? Depende.

No estoy de acuerdo del todo con esta teoría tan reciente (fecundada, sin duda, por la irresponsabilidad y mal comportamiento de algunos), de la transparencia en lo público, ni mucho menos en lo privado. No estoy del todo de acuerdo porque sé, soy consciente, que la transparencia absoluta en lo público es imposible. Siempre hay algo que no conviene que se sepa. Como siempre hay algo, o mucho, que en lo personal tampoco conviene que se sepa... es mejor que se adivine con el tiempo, en todo caso. 

La exigencia, sin duda, en ambos casos, público y privado, debe estar en la responsabilidad, en la ética, en los valores. No todo tiene por qué ser contado. 

Cada uno debe contar, decir, escribir, lo que desea que se sepa y lo que no pues no.

¿Qué es más interesante, lo que se conoce de primeras o lo que se descubre poco a poco? A  mi me encanta descubrir poco a poco, ir conociendo, sabiendo, por mi mismo y no que me lo den todo masticado.

¿Qué quiero como ciudadano? Que me gobiernen con responsabilidad e integridad, que vea invertidos mis impuestos en la mejora de la calidad de vida de mis vecinos, de los que me rodean y en la mía. 

Por eso, ahora, frente a estas páginas en las que voy soltando esos pensamientos que deseo y quiero, me digo siempre que aquello que cuento, es aquello que deseo compartir con el resto y con ese futuro que me lea.



Por ejemplo, esta mañana, en una especie de amanecer neblinoso, de humedad palpable, salimos a correr, C y yo, con menos ánimo del habitual. No solo que el día no resultaba agradable, sino que la pesadez de las piernas, desde el primer kilómetro, nos hacía repetir mentalmente, que o entrenamos más a menudo o tampoco puede ser nada bueno hacer lo que hacemos. Pero ahí estábamos, dispuestos, sacrificados y orgullosos.

Mientras corría o, mejor dicho, mal corría; mientras sufría a cada metro, entre nuestras conversaciones pseudofilosóficas sobre lo espiritual o esa vida que llevamos, puedo asegurar, y por ello lo escribo ahora, no dejaba de pensar en aquél plato de huevos con patatas y panceta, anterior al de carne a la plancha que siguió, y que nos metimos, entre pecho y espalda, el otro día los amigos.

Según salía del Cerro de Los Ángeles, subiendo el paso elevado que cruza la carretera de Andalucía, cuando mis piernas chillaban a cada zancada, me acordaba de los sabrosos huevos del Berna, que es quien regenta, junto a su familia, está entrañable taberna de Valdemoro que se llama Bar/Mesón La Bodega y que a mi, sinceramente, me encanta.

Y claro, tras una semana en la que las tensiones se acumulan, semana en la que los momentos poéticos se reducen a lo mínimo por falta de tiempo; semanas en las que lo deportivo parece que queda aparcado para 'cuando se pueda'; semanas en las que lo profesional obliga a comidas y cenas; semana en la que consigues, por fin, encontrar ese hueco para reunir a amigos que son socios y amigos que no lo son, simplemente Amigos, en uno de los lugares más entrañables que conozco de España, para entre cuestiones laborales, conversaciones varias, desahogos y risas, consigues pinchar una de esas yemas hasta hacerla chorrear sobre las patatas, es cuando sientes que tus ojos saltan en lágrimas sedientos de catar, nuevamente, ese vino que engrandece la mesa. 

Por lo tanto, es imposible que, luego, en un día como el de hoy, tras 16 kilómetros a la espalda, no estés pensando, nuevamente, en ese momento y en lo que te ha costado terminar enderezado el recorrido.

La verdad es que, y si lo escribo así es porque lo es, no me gusta recomendar lugares  que significan para mí, que me encantan y que guardo como esos rincones míos. No me gusta por puro egoísmo. Los siento muy míos. Pero por otro lado, y aquí el escribir o el no escribir, no sería educado por mi parte, no dejar reflejado en estas páginas lo entrañable y lo bueno que hay por ahí y que merece, sin duda, ser descubierto y, claro,  degustado. Eso sí, una recomendación, evitar hacer deporte en días posteriores: Bar La Bodega, San Nicasio Fraile 9 (Valdemoro).


Así, con estas líneas breves pero mías, termino este domingo algo más cansado, físicamente, de lo habitual pero, por qué no decir, contento.

Y a por otra semana.

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