viernes, 14 de octubre de 2016

14.10.2016... ¿Preparado para morir?

A vueltas andamos con esa división de opiniones sobre la concesión del Premio Nobel de Literatura al compositor y cantante Bob Dylan. Humilde opinión de un ciudadano de a pie, interesado en el arte, la literatura y la música: no me parece justo. Bob Dylan se dedica a la música, aunque sus canciones, las letras de sus canciones, puedan estar llenas de poesía. No sé si Philip Roth o nuestro Javier Marías tocan la trompeta o el piano: pero sus libros están llenos de potente literatura. El nobel de literatura debería ser un reconocimiento a una carrera literaria consolidada en páginas y páginas de buena literatura. No he entendido muy bien este giro al populismo cultural. 

¿Es que no hay poetas, novelistas, ensayistas... mejores o merecedores de tal consideración? ¿Se han terminado los escritores para el nobel?

Imagino que el Premio Nobel de Química puede recaer, como dicen por ahí, por ejemplo, en Juan Luis Guerra que, además de gustarme su música, cantó aquello de "me gusta la bilirrubina... tarirorí".

En fin, ya puestos, mucho más merecido, poeta reconocido: el gran Leonard Cohen.

"Estoy preparado para morir. Espero que no sea demasiado incómodo." Estas palabras son de Leonard Cohen y las leí ayer en la prensa a cuento de una entrevista ofrecida a 'The New Yorker'. Cohen tiene 82 años. Al leer estas palabras me he quedado gratamente estremecido. Y digo lo de gratamente porque me parece extraordinario que alguien, cuando es consciente que por su estado físico o edad esté preparado para morir.



Cohen es un gran músico, compositor y, también, un gran poeta además de novelista.

A mediados de los 90 se recluyó voluntariamente en el Mount Baldy Zen Center, un monasterio budista en el que se encerró durante dos años para contribuir a sí mismo con el arte de la meditación. Jinkan, lo llamaban, quiere decir silencio.

Durante los últimos años no ha dejado de dar concierto y de producir música y poesía. Su último trabajo, 'You want it Darker' lo esperamos para finales de este mes.

Es como si durante esta última etapa de su vida fuera consciente de su muerte y no dejara ni un segundo al ocio o al silencio con los que sí compartía su tiempo en otras épocas.

"Es difícil de describir. A medida que me acerco al final de mi vida, tengo aún menos y menos interés en examinar lo que han llegado a ser las evaluaciones u opiniones muy superficiales acerca de la importancia de la vida o el trabajo de uno."

Enfrentarse a la muerte, ser capaz de mirarla cara a cara, digno y no humillado. Un gran reto, un gran objetivo para todos.

No sé por qué pero, repasando mis cuadernos, suele ser en estas épocas del año, climatológicamente grises aunque mentalmente fuertes y creativas, cuando más reflexiono y medito sobre la muerte, sobre el envejecer. 

Tal vez también se haya unido esa cuestión familiar que te va indicando las etapas de la vida de cada uno. Que te avisa para que no te despistes. Que te dice que vivas lo que puedas porque los años te van quitando eso, vida.

Casualmente leía ayer, también, parece que todo se envuelve en ciertos temas, unos versos fantásticos de la poeta argentina Silvina Ocampo. El poema lleva por título eso, "Envejecer", y se escriben así:

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.

Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.

Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.

Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.

Hermosos versos, emocionantes, bellos y ciertos.

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