domingo, 25 de septiembre de 2016

25.09.2016... Filosofando.

Cuando esta mañana comenzamos nuestra sesión running al Cerro de los Ángeles, no pensé que, con los traginosos días que llevo, terminase prácticamente intacto los dieciséis kilómetros. Pero es que desde la primera zancada, nos pusimos a charlar y no paramos hasta parar en la puerta de casa. El tiempo así se hace diferente y, sin querer, sin pretenderlo, vas reflexionando sobre lo pasado, entre una meditación filosófica que va recorriendo, junto a nosotros, los mismos caminos.

Y es que parece que mi día ha consistido en eso, en filosofía. Nada más bello que no perder ese amor por el saber. El saber nos permite pensar y decidir. La ignorancia hace que sean otros los que piensen y decidan por nosotros.

Y más allá de mi encontronazo, no resuelto, con ese difícil poema de Parménides ("[...]Ea, pues, que yo voy a contarte (y presta tu atención al relato que me oigas) los únicos caminos de búsqueda que cabe concebir:/ el uno, el de que es y no es posible que no sea,/ es ruta de Persuasión, pues acompaña a la Verdad;/ el otro, el de que no es y el de que es preciso que no sea,/ este te aseguro que es sendero totalmente inescrutable.[...]") me he topado con un ejemplo maravilloso de lo que nos diferencia a los hombres del resto de seres: esa libertad de elegir porque sabemos lo que es y lo que no es.

Momento filosófico

No sé si sabéis, sin duda que sí, que las termitas son esas hormigas que levantan impresionantes hormigueros, de varios metros de alto y duros como la piedra. Su cuerpo es muy blando, carecen de coraza, y por ello levantan esos hormigueros que les sirve de refugio o caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas. A veces, los hormigueros se derrumban por culpa de situaciones climatológicas o, simplemente, porque son tirados por otros animales. En ese momento, rápidamente, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su fortaleza a toda prisa. En ese momento, las grandes hormigas enemigas, que merodean alrededor, se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender su tribu e intentan detener a las enemigas. Como no pueden combatir con ellas, ya que son más pequeñas y frágiles, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de las malas las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿Verdad que este heroico sacrificio merecen una medalla?

En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia, a sus vecinos, a su ciudad. Esta claro que Héctor es un héroe, un valiente. ¿Pero, Héctor es igual de valiente y héroe que las termitas-soldado, cuya gesta repetida millones de veces ningún Homero ha contado?

¿Es que Héctor acaso es más valiente de las termitas?

Las termitas luchan y mueren porque tienen que hacerlo sin poderlo remediar. Héctor sale a enfrentarse a Aquiles para defender su ciudad porque quiere. Las termitas no pueden desertar ni rebelarse, están programadas. Hector sí podría hacerlo aunque tuviera que aguantar que sus conciudadanos le llamasen cobarde. 
(Este ejemplo lo leí en un excelente libro de Fernando Savater, Ética para Amador)

Hector no está programado, es libre.

Los animales son tal y como la naturaleza les ha programado para ser. No saben comportarse de otro modo. Nosotros sí.

Y todo este ejemplo es para argumentar mi reflexión de hoy: ¿por qué nos comportamos, habitualmente, como seres programados? 

¿Por qué, siendo libres de elegir como somos, sabiendo lo que está bien y lo que está mal, lo que quema o congela, lo que nos hace bien o mal, nos comportamos como seres programados, como animales incapaces de decidir? 

¿Por cobardía? ¿Por el qué dirán? ¿Por imbéciles?

Si sabemos lo que tenemos que hacer ¡por qué no lo hacemos?

Somos libres y sabemos. Tomar decisiones es nuestra responsabilidad. A unos gustará, a otros disgustará. La libertad también es eso, respetar lo que hacen los demás si lo hacen para su consciente bien. 

No se equivoca el que hace; normalmente se equivoca aquel que no hace nada.

Pues entre filosofía y poesía, termino este día.

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