sábado, 24 de septiembre de 2016

24.09.2016... Entre versos y reflexiones desde León.

Escribía ayer estas líneas, volviendo de León, en el tren, como el que trata de no perder un pensamiento o recuerdo. 

Escribo siempre anotando en ese cuaderno, lo que luego dejo abierto, tratando de terminar otra semana con el ansía de buscar el silencio y el equilibrio, la Paz y la quietud de un libro y nada más.

El verdadero placer de ese escritor es atrapar los pensamientos con la pluma en el papel. Ya vendrá tiempo de acariciarlos.

Mis semanas son un privilegio que me da la vida y, aunque el cansancio me acompañe junto a esa necesidad de acampar en los versos y la filosofía, solo puedo rememorar lo que vivo, entresacando en momentos como este, mientras la belleza del campo apura mi retina, cada uno de los momentos vividos. (Tren)




No siempre uno acierta en lo que hace, pero trata de disfrutarlo y sacar lo positivo aunque sea mínimo.

Mis proyectos están en marcha, unos van y otros vienen; mis libros siguen parados, ni van ni vienen; los viajes continúan, voy y vengo; entre medias, momentos especialmente poéticos, que siempre quedan.

Algo más organizado, algo más centrado, aunque todavía queda por romper con alguno de esos hábitos nefastos. Todo lo que me he propuesto lo he conseguido, nada es fácil, pero si la buena filosofía te acompaña, todo es un reto más y otra montaña que escalar.

Ahora que he regresado de una de las ciudades más bellas de España, que paro a pensar que, mientras inauguraba unas jornadas de formación, casi estaba ya saliendo en coche hacia una reunión en Palencia -con la presidenta de la Diputación- para volver después a comer al mismo León y regresar, poco después, a casa, con la carpeta repleta de ideas para desarrollar, y el bolso lleno de libros para leer, pienso que solo somos dueños de una cosa: nuestra vida.

Podemos maltratar nuestra vida como el desgraciado que maltrata un animal y debería dar con sus huesos en la cárcel. Nosotros mismos deberíamos castigarnos si no hacemos buen uso de nosotros.

Nos pensamos eternos; no lo somos.

Nos creemos dueños del tiempo; ni lo somos.

Antes de anoche celebraba un feliz evento con mis amigos, los de verdad, esos que terminan por acompañarte  en esta etapa de la vida: en lo malo y lo bueno. Es en esos momentos cuando realmente abrazas la esencia de la fraternidad: "eres un gilipollas pero te quiero, eres mi amigo". Mi Amigo, Amigo. Que belleza de palabra. Palabras y frases que a lo largo de la velada se repiten de corazón, como si no fueses a tener otra oportunidad de decir. Y es entonces cuando, tras cuatro whiskies, caes en la cuenta de que tampoco habrás hecho las cosas tan mal cuando un puñado de personas fantásticas te quieren. 

Y te pones a pensar en todo eso que te rodea, en los que te hacen la vida más vida, que no son tantos pero son. Unos están, otros comienzan a formar parte de ti como si lo hubieran hecho siempre.

Y vuelves a pensar que necesitas parar, que necesitas tiempo de disfrutar de muchos más momentos, solucionar lo que queda y recuperar muchas mas sonrisas.

Equilibrar los tiempos. Conseguir ir ganando espacio a lo superfluo para llevarlo a lo interior y espiritual.

Los viajes en tren te hacen meditar porque te detienen y vas llenando páginas de garabatos, de frases, de pensamientos desinhibidos.

Y quedan algunos versos que, sin madurar, dejas por aquí como el que deja un vaso medio vacío a la espera de llenarse para volver a vaciar y así...

Alguien ha escuchado
posar un suspiro
en esa oquedad 

mesurada
a la sombra
del cuello.
Descansado, 
relativa blancura
al hombro.

¿Alguien ha visto
sonreír una ola
mientras pizca
de espuma
mar en frío
te atrapa los pies.?

¿Alguien supo
alguna vez
que ese silencio
embravecido
dispuesto y condenado
podía engendrar
poesía?

Si es así
si alguien más reprende
el alado caminar
el pervertido pensar
que lo celebre conmigo 
que tras recomponer 
virutas perdidas 
de incertidumbres
amontonan mi momento.

Desear sentir hueco
que solo sostiene
como viento
esa hoja que flota
reposando
en un baile sin compás...
que duerme.

¿Qué es la vida si no un baile sin compás?

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