sábado, 30 de julio de 2016

30.07.2016... Olas de Verano I.

Los veranos siempre son como las olas, vienen y van; e igual que vienen van. Los esperamos en la orilla, con ese deseo, prácticamente como del que no ha tenido nunca, nos acaricia, nos moja, y vuelven a marchar a ese infinito mar que se va llenando de recuerdos a los que sólo, cuando nos atrevemos a adentrarnos y bucear en su interior, encontramos.

Ayer, en mi cuaderno, recorté esta caricatura para evocar, en mis páginas diarias, el comienzo de mi verano. Virginia Woolf y Herman Meelville. Dos grandes de la literatura. Me gustó la caricatura, tal vez, por esa especie de parecido físico mío a la imagen de Melville. Tal vez, también, por tratar de provocar en mí una especie de aliento o ansia de convertir estos días en literatura. Sólo así podría ser capaz de conseguir unos días distintos al restos.

Sé cómo comienzo; no sé cómo termino.

Vivo y existo; busco y disfruto. No tengo claro lo que encuentro, sí lo que deseo. Descubro cada presente y, simplemente, me transformo en él.


Gomá reflexiona hoy, en el periódico El País, sobre la ‘dignidad’.

La dignidad, es la cualidad que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden.

Nos dice que Kant distinguió entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad.

Tiene precio todo aquello que es susceptible de adquisición o compra por algo equivalente.

Aquello que no tiene precio, que es canjeable, es digno de ser.

¿Es el hombre incanjable? Depende.

Los años te hacen recordar situaciones y momentos. Me venía a la cabeza aquél primer almuerzo con uno de esos vecinos del municipio, además de empresario, con intereses respetables, varios y variados, pero que utilizaban su ‘poder económico’ para intentar amedrentar a unos y otros con la intención de influir en determinadas situaciones o decisiones para que no fueran en contra de su particular interés. 

Ni digo por justificar, ni mucho menos justifico, pero es cierto que mi norma siempre fue y es, cuando almuerzo de trabajo, sea quién sea, abonar yo la primera. Tiene motivo fundamental básico: si no hay más reuniones, evitar todo tipo de comentarios mal intencionados.

Ahora, bastantes años después, el que un político municipal almuerce, en lugar público, con un empresario de la localidad, es prácticamente un ‘delito social’. Yo sigo creyendo que el concejal de un pueblo tiene que hablar, comer, alternar, reunirse, con todo el mundo, sea vecino de a pie, empresario, activista social o lo que sea. La responsabilidad es otra. La responsabilidad es tratar de buscar el bien general y nunca el interés particular.

El caso es que este señor, terminado el almuerzo reunión, antes de marchar, me dijo:

“Más tarde o más temprano, JL, vendrás y me dirás tú precio, porque todos tenemos un precio”.

Atónito me marché no sin antes despedirme diciéndole una gran verdad: “la dignidad no tiene precio”.

Ni antes había escuchado algo así de nadie, ni nadie me ha vuelto a decir algo así.

Nunca llegué a llevarme bien con aquél tipo, tampoco me he sentido nunca más digno que nadie. Él tampoco llegó a llevarse bien conmigo, algo que, por cierto, era habitual en ciertos ambientes.

Termina Gomá su artículo con una de esas máximas que hay que dejar guardada en nuestros cuadernos:


“Compórtate de tal manera que tú muerte sea escandalosamente injusta”.





No hay comentarios:

Publicar un comentario