domingo, 21 de febrero de 2016

21.02.2016... El Tiempo!

Correr es una magnífica actividad para, entre otras muchas, reflexionar y analizar el tiempo como espacio. 

Tras un par de domingos sin poder salir, hoy hemos vuelto a buscar nuestra mística sesión running, en esos caminos que bordean uno de los lugares más bellos de España y, con orgullo decirlo, el universo entero: el Cerro de los Ángeles.

Cómo va pasando, cómo nos va dejando atrás: el Tiempo. Tal vez hoy, no sé por qué, o sí, ha sido mi tema de reflexión. Cómo el tiempo necesita momentos, como los que vivimos para ser. Si no los vivimos no Son. Es realmente curioso que el tiempo sea algo que no se pueda ahorrar. El tiempo se vive o se pierde, no se puede guardar.


Cada vez más hipnotizado por lo literario, por la esencia poética de la vida, uno se cuestiona sobre innumerables cosas y comportamientos. No para todo obtenemos una respuesta, porque no todo tiene por qué tenerla.

¿Quién no reflexiona sobre el tiempo? 

Tiempo que ganamos, Tiempo que perdemos, Tiempo que vivimos o, incluso, Tiempo que morimos.

Si tenemos la oportunidad de vivir muchos años, comprobaremos que la vida, como un camino, son etapas. Las etapas las va marcando el tiempo, el de cada uno, el nuestro.

Hay etapas para todo, pero cada una tiene su tiempo. No deberíamos intentar vivir una etapa a los 70 años que deberíamos haber vivido a los 40. Y tampoco podemos vivir con 40 años como si tuviésemos 70. 

Si malgastamos los años, querremos correr demasiado en la última etapa y podemos rompernos. Romperse al final de la vida, es derrumbar los pilares básicos que sostenían el edificio.

Si lo rompemos, todo cae y se hace añicos. En ese momento no queda tiempo para recomponerlo y, entonces,  puede llegar la desesperación.

Todo está inventado, hasta en la vida. Todo está ejemplificado en las vidas de los demás. Solo tendríamos que fijarnos un poco y ser capaces de utilizar ese instinto que nos ha hecho superar tantos y tantos obstáculos.

La edad nos va alejando de la infancia irremediablemente; pero la edad no nos hace madurar, la edad nos convierte en seres inmaduros que imitan comportamientos de niños. De niños imitábamos a nuestros mayores. Queríamos ser como ellos. De mayores imitamos comportamientos de niños, aunque no nos guste que nos traten o riñan como tal.

En la vida uno no es uno mismo; no es lo que aparenta hacia el exterior. Cuando terminamos nuestra vida, uno es lo que tiene, lo que le acompaña: el espíritu, la familia, los amigos.  Si no tiene nada de eso, no es nada.

A veces nos escondernos en una especie de estoicismo. Nos recreamos con esa búsqueda de felicidad personal o intimista, nos disfrazamos de Bon Vivant, entre bohemios y hippies reflexivos. ¿Realmente qué buscamos? O realmente ¿qué queremos encontrar?

En nuestras vidas dedicamos mucho Tiempo a quejarnos de que necesitamos tiempo. Cuando nos hacemos mayores, parece que ese tiempo que ya no tenemos que dedicar a necesidades materiales, lo dedicamos con ansia a vivir o tratar de vivir lo no vivido pero ¿es lo que toca?

No haber vivido siempre será culpa nuestra. Vivir lo que no se debe en cada momento, también lo es.

Es verdad que llegará ese momento que nos cueste levantarnos solos, que nos tengan que ayudar hasta para orinar. Ese momento irremediable en el que si la consciencia nos acompaña, buscaremos, como esos maestros yoguis o budistas, pasar al estado durmiente eterno.  Pero y ¿mientras qué? ¿Nos dejamos morir en vida?

La vida hay que vivirla en cada momento, el suyo. El presente es nuestra vida. El mañana es algo que está fuera del control de cada uno. Sólo somos capaces de ser conscientes de nuestro presente si queremos serlo. 

Por eso, si el Eterno nos da la oportunidad de vivir ese Futuro, no deberíamos llegar pensando en lo que hemos ahorrado o dejado de vivir porque el vivir también tiene su espacio y momento.

En estos días ando absorto, hipnotizado, con Julio Ramón Ribeyro y sus 'Prosas apátridas'. Lo descubrí, como algún que otro autor, gracias a la lectura de mi entrañable Virginia Galvín. El otro día me hice también con sus diarios, publicados por Seix Barral, y que llevan por título 'La Tentación del Fracaso', deseando zambullirme en sus páginas como el que deambula sin rumbo literario buscando referentes. El caso es que en su anotación '36' de estas prosas apátridas, escribe algo así:
"Dentro de algunos años alcanzaré la edad de mi padre y, unos años después, superaré su edad, es decir, seré mayor que él y, más tarde aún, podré considerarlo como si fuese mi hijo. Por lo general, todo hijo termina por alcanzar la edad de su padre o por rebasarla y entonces se convierte en el padre de su padre. Sólo así entonces podrá juzgarlo con la indulgencia que da el "ser mayor", comprenderlo mejor y perdonarle todos sus defectos. Sólo así, además, se alcanza la verdadera mayoría de edad, la que extirpa toda opresión, así sea imaginaria, la que concede la total libertad."

Joder. Buenísimo. Ni podría decir, ni me podría venir mejor. Y prefiero quedarme más con estas líneas de Ribeyro que con algunos de mis pensamientos.

El tiempo se nos va y no vuelve. 

Curiosamente, estos días, tenía que reflexionar sobre ese sentido temporal de la existencia, habitar el presente y convertirlo en verso. Pensar en el instante, tratar de poseerlo deteniéndolo, congelándolo. Mirarnos como si lo único que funcionase en nosotros fuera el sentido de la vista frente a un espejo. Es complicado hablar de nuestro tiempo, mirarlo, verlo, destrozarlo, criticarlo, enjuiciarlo. De estas reflexiones surgió un poemilla con algunos versos como...


(...)
Cada día busco
ese marco del espejo
que encuadra el tiempo
que es mi tiempo
que no es nada
o lo es todo.
Que abre fisuras
o cierra grietas,
que colecciona
telas de araña
que me sujetan,
que me animan
que despiertan
ansia de volver

atraparlo de nuevo.
(...)

Del tiempo de cada uno se justifica una vida; una forma de ser, de existir, de ver, de amar y, también, de morir. Cada uno lo suyo.

Feliz noche amigos... Vivamos nuestro tiempo!!!

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