domingo, 14 de febrero de 2016

14.02.2016... Reflexiones Personales II.

Es realmente asombroso cómo uno llega a conocer sus estados. Me asombra comprobar la capacidad que tenemos para saber reconocer cómo una semana va a resultar extrañamente diferente, aún sabiendo de antemano que por la actividad no debería resultar así. Pero es verdad que cuando a uno se le comienzan a agolpar ideas o pensamientos en la cabeza que no deberían estar ahí, nos cuesta demasiado expulsarlas. Sólo un examen meditado y reflexivo de los 'por qué' puede conseguir expulsarlos.

Si a todo esto unimos que, a diferencia de todos los domingos, no he tenido mi sesión running larga, por esos caminos místicos, que equilibra, despeja dudas y nos vuele a la realidad, mi deseo de comenzar otra semana y ver cómo va cogiendo forma, venciendo la anterior, aumenta considerablemente en un momento como el de ahora.

Entra una semana en la que viajaré, con lo que mi tiempo andará algo más desorganizado de lo normal. Vuelvo a embarcarme en varios proyectos a la vez, proyectos que requieren cierta concentración y que, sin saber de su éxito o no, necesitan de dedicación y tiempo.

Las respuestas a lo inexplicable, si tienen que llegar, llegarán. Si no tienen que llegar quiere decir que nunca hubo de haber preguntas, ni dudas. Ese es el éxito de la vida.





Tengo que ponerme a corregir unos artículos que debo enviar esta noche, pero no sé por qué, me he detenido un instante, embobado, además de para desahogar por aquí, para coger unos segundos los diarios del escritor, poeta, Cesare Pavese 'El oficio de vivir'. No sé el tiempo que hacía que no abría este libro.

Es un libro extraño. Son unos diarios recriminatorios, de bronca continua y continuada del propio autor a sí mismo. Nos va hablando de todo lo que deja de hacer buscando ese trágico final tan de moda en algunos escritores y poetas de la época: el suicidio. Da la sensación que en vez de ser el oficio de vivir es el oficio de morir

"Vendrá la muerte y tendrá sus ojos"

Parece que este fue el último verso que escribió Pavese. ¿Cuántos vivos lo hemos leído y nos habremos preguntado qué sentía verdaderamente al escribirlo a sabiendas de su decisión de muerte? A lo mejor por eso muchos creemos que escribir, cuanto más, y aunque mal, mejor. Cuantas más palabras más vida. Cuantas más palabras queden esparcidas por ahí, muchos más se preguntarán o tratarán de adivinar el por qué de ese instante nuestro.

Tengo libros en las estanterías que los abro en una época y soy incapaz de leerlos. Con el tiempo vuelven a mis manos y mi deseo es tal que soy incapaz de separarme de sus páginas. Cada libro tiene su tiempo, su momento, su estado.

Me doy cuenta de que todos tenemos una especie de necesidad de encontrar un sentido a nuestra vida. Que con los años lo buscamos más. Que según vamos haciéndonos mayores nos entran las prisas. Que esas prisas a veces nos llevan a comportamientos absurdos. O tal vez sean esos comportamientos los que intentan justificar el haber vivido sin mucho sentido, mediatizados por el entorno.

Siempre he dicho, siempre aconsejo, vivir el momento, el presente. No desperdiciar ni un sólo instante, ni una sola oportunidad presente. Pero claro, a veces las consecuencias de algo así pueden ser catastróficas. Lo que crees haces en un instante de vida, o felicidad, con ese sentido vital de no desaprovechar, puede resultar un disparate en un futuro. Pero ¿siempre hay que estar dándole vueltas a ese futuro incierto? Siempre hay que andar con ese erre que erre de inseguridades que parece nos acompaña siempre o, por el contrario, hay que tirarse, de vez en cuando, desnudo a la piscina si eso es lo que nos apetece en ese instante. Eterna pelea mental.

La verdad es que creo que, por hoy, ya es suficiente de escribir tonterías. Vamos a dar comienzo a otra semana que sé va a estar repleta de buenas iniciativas.

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