miércoles, 19 de agosto de 2015

19.08.2015... Pensamientos y Notting Hill...

Un viaje rápido me tiene hoy en Madrid. Los acontecimientos obligan.  Tratamos de mantener la mente y el espíritu en positivo, pero es difícil evitar pensamientos desequilibrados.

Anoche, en el tren, más que a leer me dediqué a pensar. Cometí un gran error. No hay que pensar, hay que vivir, si pensamos demasiado la mente toma las riendas de nuestro momento y no es bueno. 

Pero pensé y lo hice demasiado. Pensaba que hay sensaciones que a uno se le escapan. Nos vienen condicionadas por el momento o por las circunstancias. Son sensaciones que te hacen saber que en la vida, en ese camino que te queda, tal vez debas enfrentarte más al sufrimiento que a las alegrías.

La vida es realmente extraordinaria y lo extraordinario hace complicar ciertos momentos. 

Creo que aprendemos a todo menos a dirigir las malas circunstancias. 

Se nos da muy bien lidiar con esas pequeñeces que nos surgen; se nos da mejor aconsejar a otros, pero a la hora de la verdad, en el momento de enfrentarnos y superar alguna de esas paredes de hormigón armado que se nos plantan en el camino, bloqueamos nuestro cerebro y no somos capaces de ver más allá. La solución casi siempre es simple, apartarnos un poco del camino, visualizar y, en casi todas las ocasiones, bordear el muro. Y ya está. Pero tendemos a complicarnos mentalmente.

Soy incapaz de entender, dentro de mi experiencia, el por qué de muchos de estos obstáculos que nos aparecen de repente. 

Hay veces que a uno le entran ganas como de llorar. Es cuando echa en olvido todo lo bueno que la vida le da y ha dado y sólo se queda con ese instante frío y amargo.

Reconozco tener poco derecho a la queja y sí mucho deber de agradecimiento.

Los desequilibrios mentales nacen del ahogo en lo mínimo. Es curioso cómo en esos grandes problemas nos crecemos y en los tropezones de la vida casi nos 
ahogamos en gemidos penosos. 


Digamos que en determinadas ocasiones son las circunstancias las que van marcando los caminos. Difícilmente podemos cambiarlas, así que afrontemos el destino.



Y así, ya en casa, en esta casa que en estas fechas más parece una caja de música vacía, escribo estos pensamientos tras haberme desahogado en 10 km running posterior a un baño en la solitaria piscina de la urbanización.

Echo de menos las voces televisivas, con esas frases grotescas llenas de humor, de los protagonistas de Aída o Aquí no hay quién viva mientras mi hijo, tumbado en el sillón se muere de risa viendo una y otra vez los mismos capítulos.

En estas vacaciones creo que he visto alguno como tres veces. Pero es igual, me llena su sonrisa y compañía. 

Echo de menos sus malas contestaciones adolescentes o ese continuo retar suyo. Es el corazón que tiene lo que me vence.

Echo de menos hasta el ruido de los coches o de los niños jugando en la calle. Madrid está vacío o es el vacío lo que me está llenando hoy.

No tenía muy claro si esconderme en los Diarios de Virgina Woolf o volver a las páginas del último volumen de los del maestro Trapiello. Toqueteo uno y otro y, posiblemente, me quede abrazando a Virginia Woolf, por eso de la compañía femenina.

Y como ando en plan nostálgico acabo de ver en la programación de TV que esta noche nos volverán a poner Notting Hill. Así que tras unas páginas de lectura dormiré en esa enorme sonrisa de Julia Roberts.

Feliz noche.

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