domingo, 15 de febrero de 2015

15.02.2015... El tiempo... el 65 de la calle Sánchez Preciados.



Llega ese momento dominical de encontrarse con la semana que termina y enfrentarse con la que comienza.

Mientras corría unos kilómetros solitarios por Getafe, esta mañana, reflexionaba sobre lo deprisa que avanza el tiempo y lo lento que parece avanzan los proyectos. 
Reflexionaba también sobre lo extraña que ha sido esta semana ya pasada, lo torcida que comenzó y lo retorcida que terminó el viernes.

No hay cosa peor que dejar que te organicen. A veces uno se deja llevar, pensando más en los demás que en sí mismo, y convierte sus tiempos, esos que no vuelve a recuperar, en cajones vacíos.

Con esa sensación terminé el viernes y de esa sensación he tratado de deshacerme en el fin de semana.

No creo que sea egoísta pensar más en uno mismo. Creo que nadie debemos ser carga de nadie ni nadie debe pretender ser carga nuestra. Debemos estar dispuestos a prestar siempre nuestra ayuda a aquél que lo necesite y de hecho, sinceramente, no hay cosa que más me guste y agradezca a la vida: ayudar a los demás. A veces pienso que ese es uno de mis mayores problemas: estar demasiado pendiente de todos y de todo. Pero lo que nadie puede hacer es obligarnos a hacerlo. 

Otro día reflexionaré por aquí sobre el concepto de egoísmo que entienden unos y entendemos otros, sobre lo que es y lo que no es, creo es interesante.

Tengo la sensación de no avanzar en algunos proyectos. Si no avanzamos no es que estemos parados, es que retrocedemos. Tengo la sensación, y  me ocurre pocas veces, de estar perdiendo tiempo. Los tiempos no se recuperan y, cuando se trata de proyectos que requieren de otros tipos de inversión, no sólo de tiempo, es mucho lo que se pierde.

El hecho de ser, entre otras cosas, coach, de gustarme analizar a las personas y, si puedo y me lo solicitan, ayudarles, me hace en muchas veces ver más allá de lo que me gustaría. 
Uno se da perfecta cuenta cuando sufre un bloqueo, cuando necesita un reseteo o, simplemente, salir corriendo y que el frío le vaya secando el sudor de la frente y limpiando la mente de pensamientos tóxicos. Por eso me doy cuenta  cuando son otros los que sufren esos bloqueos; cuando pierden ilusión, emoción o, simplemente, motivación.

Generalmente esto es problema de cada uno, como diría aquél, exceptuando cuando son personas que te importan o cuando esas personas,  de alguna manera están relacionadas con tus proyectos.

No hay nada que lleve peor en la vida que perder el tiempo, me hace sentir estúpido. 
Comencé la semana con esa sensación. Traté de enderezarla como pude y llegué al viernes. Cuando entré por la puerta de casa, tenía la misma sensación que el lunes pero con un grado mayor de sentimiento de estupidez. Sólo hay una cosa que supere a la sensación de perder el tiempo, es que el tiempo te lo hagan perder los demás.

Estos dos días me he recompuesto. Al final uno, de vez en cuando, tiene que hacer de si su propio Coach, un auto coaching. Y funciona, aseguro que funciona. Ese Coaching #DVida que trato de ofrecer a los demás, no viene mal conmigo.



Ayer, por ejemplo, decidí hacer algo que hacía tiempo tenía ganas de hacer y no hacía: recorrer la calle Sanchez Preciados de Madrid. Parar el coche a la altura del número 65. Bajarme, dar un paseo, respirar, ver lo que ha cambiado y lo que no, dejar correr los pensamientos y recuperar muchos recuerdos. 
En esa calle del distrito Tetuán de Madrid, en ese barrio humilde, en ese portal 65, vivimos mi familia y yo, desde que nací hasta que cumplí los 14 años aproximadamente. Como aquél que dice, aunque mi madre nos dio a luz a cada uno en su hospital (en mi caso fue en el Hospital Militar Gómez Ullá), al día siguiente ya estábamos allí: llegué, vino mi hermano y, más tarde, nuestra hermana.

Esa cuesta de la calle me parecía inmensa. Ahora me resulta corta.
¿Cuántas veces la subí y bajé? ¿Cuántas veces me caí por allí, me reí y lloré? 

Allí, en esa calle, en ese barrio, inicié mi vida junto a mis padres. Allí tuve los primeros amigos. Allí sentí el valor de la vecindad, era como otra familia, esos valores que ahora prácticamente no existen o se han perdido (la señora Areceli, don Antonio, el señor Pascual, la señora Reme, doña Segis...) Allí comencé a ir al colegio: aquellos párvulos.
Qué felicidad se tiene cuando se es niño. Qué felicidad aquellos niños que vivíamos y sentíamos del esfuerzo de nuestros padres por sacarnos adelante, por darnos una vida mejor. Aquellos tiempos sin tecnología al alcance, sin muchos o ningún lujo más que esa pelota o patín que compartir con tu hermano en aquellas tardes interminables pero únicas.
Por un momento me vi bajando las escaleras, con aquella carilla, que parecía más sacada de la serie Star Trek, triangular, con mi flequillo y aquellas orejas que parecía crecían más rápido que el resto del cuerpo. Esperando junto a mi madre a que llegase mi padre, con aquél primer Seat 850 blanco de dos puertas que compró, para ir a comer el bocadillo que previamente habíamos preparado, a El Pardo o la Dehesa de la Villa.

En fin, algún día de estos comenzaré a soltar por aquí esos recuerdos que uno ya va amontonando en su vida.



Luego visité a mis padres. Un ratillo para sentirlos y volver a casa con la cabeza centrada en lo importante, los tuyos, lo tuyo. Una sesión de coaching de lo más simple: saber de dónde se viene, saber a dónde se quiere ir, ordenar, priorizar, objetivizar.

Ahora a seguir caminando y moviéndonos. Trataremos que la próxima semana no nos venza.

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