lunes, 26 de enero de 2015

26.01.2015... Catastrofistas negativos...

¿Quién comienza la semana, el lunes, con optimismo? ¿Quién comienza ese día en el que parece que el sueño es más sueño, que el domingo descansado nunca existió, pero piensa que la vida nos ofrece una nueva oportunidad? Muchas personas. 
Somos muchos los que al despertar, sea el día que sea, sentimos que tenemos una nueva oportunidad. Al despertar nos lanzamos a ese día como si fuera el primero en la vida y tuviésemos todo por descubrir.



Los lunes suelo olvidar cómo he terminado la semana anterior. Anoto en el cuaderno, como si fuese la primera vez, todos los objetivos que me propongo, los visualizo con optimismo, con ilusión, y voy tras ellos desde el primer minuto del día. No permito que nada ni nadie se interponga en el camino. Al primer atisbo, o mensaje altamente tóxico o negativo, zarpazo como si de una mosca cojonera se tratara.

Y es que vivimos momentos en los que priman los mensajes negativos y catastrofistas, sobre los positivos e ilusionantes. No porque no los haya, que los hay; no porque no haya motivos de esperanza, que siempre hay. Simplemente es porque los voceros negativos, esos que normalmente viven encantados y se aprovechan de ese estado emocional, consiguen tapar el ánimo, que lo hay y mucho, positivo.

No sólo está pasando en el ambiente ciudadano, político. También pasa en el ambiente laboral, empresarial y/o emprendedor.

Los mensajes catastrofistas generan desesperanza y desilusión. Nadie tiene derecho a quitar la ilusión a otro. 
Los hay que desde una negatividad manifiesta y vital siempre merodean como sanguijuelas, dispuestos a ofrecerte su opinión negativa de todo y a todos.

Últimamente he escuchado mucho hablar del verbo Creer
Creer es tan importante en la vida como que si no lo hacemos no vivimos. Creer es necesario para Andar y llegar a Ser.

Todos creemos en algo, en lo que sea. Unos creen en dioses, otros creen en ídolos musicales, otros en políticos o empresarios; algunos les gusta creer más en sí mismos que en nadie y otros creen en proyectos de vida o en los ángeles. 
El que cree en algo, sin radicalismos, trabaja, se mueve, se emociona por que sea realidad. Eso en lo que cree le mantiene vivo, le mantiene emocionado.

Ayer tuve la oportunidad de escuchar el discurso del Presidente del Gobierno Mariano Rajoy. Sé que no es alguien que reciba muchos elogios, en estos momentos. No está de moda hablar bien de un político, tampoco. Yo, como lo he hecho desde siempre, sí voy a hablar bien de Mariano Rajoy. He hablado bien antes, desde que le conozco, y tras todo este tiempo no sólo creo no haberme equivocado sino que puedo ratificar lo que pensaba en positivo. 
El Presidente del Gobierno de España cree en España, ha creído en su proyecto por más que de fuera y dentro haya sido criticado, y mal que pese a algunos, a día de hoy, está convencido de haber cambiado el rumbo de un país que hace tres años se dirigía al abismo.
Es curioso. Pocos creían en él. Ni de fuera, repito, ni de dentro. Por muchas críticas, por muchos juicios de valor injustos e injustificables, por muchos intentos de desestabilización, por muchos obstáculos que ha encontrado en su camino, no ha movido ni un milímetro su rumbo, su proyecto, en este caso: España.

Y ayer el Presidente del Gobierno nos instaba a los españoles a creer en el proyecto positivo; nos instaba a creer en España, a creer en lo que somos y tenemos. ¿Por qué hacemos más caso a aquellos que nos lanzan mensajes negativos que a los que ponen en valor lo positivo? Si las cosas van mejor, ¿por qué negar la evidencia?

Por eso es fundamental que el que lidera un proyecto crea en él. O se cree o no se cree, no se puede estar a medias. Por eso unos proyectos triunfan y otros no. Por eso unas personas tienen éxito, aunque antes se hayan dado mil batacazos, y otras no. Creen. Y si no se cree en un proyecto lo mejor es no estar y trabajar por otro, por el que se crea, pero no estar negativizando al resto que sí cree. 

El mayor peligro para una organización es estar lleno de esos intrusos que no sólo no aportan sino que tratan de destruir la ilusión, optimismo y creencias de los demás.

Ultimamente me he dado cuenta de que en este país nuestro nos falta creer. No tenemos espíritu ni sangre. Tratamos de pasar la vida sin molestarnos, sin arriesgar mucho o nada, sin que nos molesten mucho. Eso sí, queremos que nos den de todo y criticamos a aquellos que apuestas, emprenden, se esfuerzan y sacrifican por sacar algún proyecto adelante.

Se ha generalizado esa disfunción. Y lo más peligroso, en muchos casos llegan a dejar de creer en sí mismos y se abandonan a la suerte del viento. Van como una hoja, de un lado a otro, posándose si el viento para, hasta que vuelve a levantar.

Me niego y reniego del catastrofismo, el negativismo y el pasotismo. De ello viven y se aprovechan muchos. Y luego nos arrepentiremos de habernos dejado llevar.

La literatura está muy bien, luego hay que salir a la calle y poner en práctica lo que hemos leído.

Cuando uno cree en lo que hace nada ni nadie le hará parar.

1 comentario:

  1. Muy buen artículo, muy de acuerdo, menos mal queda gente como tú

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