domingo, 28 de septiembre de 2014

28.09.2014 Campo o ciudad...





Ultima semana y último fin de semana de septiembre. Es domingo, unas horas ya de final de día y no me apetece mucho ponerme a repasar lo que ha sido la semana. En resumen puedo decir que en lo profesional van saliendo las cosas y se van poniendo los mimbres en todo aquello que nos hemos propuesto, digamos que cumplimos objetivos; en lo personal bastante bien, sin tiempo para todo, como siempre; y en lo deportivo ha sido una semana que mejor no comentar, muy mal.

Pero sí podemos decir eso de que el fin de semana ha conseguido equilibrar lo importante que es ese estado que te hace sentir verdaderamente bien.

La fórmula: Familia, padres y el pueblo. Es cómo uno de esos regalos que recibes no sabes por qué en semanas que van escalando de disparate en disparate a una velocidad que no te da tiempo ni a pensar.



Esa sensación de bajar a Minaya en estos últimos días de rayos de sol, recoger esas últimas hortalizas del huerto, dar ese último paseo por el camino de la casuta. Es como si todo alarmase de que el otoño ha llegado de verdad.

Hemos estado por allí: disfrutando y viviendo. 

Y es que son esos momentos los que te crecen y enriquecen: arrancar de la mata esos últimos tomates y pimientos, preparar la barbacoa, ese almuerzo calórico contemplando un cielo limpio, el café rodeado de esas personas de siempre, del pueblo, y ese paseo que te permite pensar, repensar, descubrir esos nuevos colores de la tierra envuelta en la luz del sol que se esconde y que hace cambiar los colores azules por fuego.

Y es que a veces, cuando salgo a andar por esos caminos que ya hago míos, dejando que el viento me acaricie, escuchando tan solo el rumor de esas aves que, como yo, pasean el final del día, me emociono. Me emocionan ciertos privilegios que Dios te brinda y no llego a saber por qué. Me emociona también saber que vivir es sentir la poesía en lo breve y sencillo; está a nuestro alcance y si no lo aprovechamos como podemos es que somos estúpidos. Es verdad, no es mas privilegiado, o somos, por tener. Lo somos por la simpleza de saber encontrarnos sentados en la piedra de una linde, viendo el sol ponerse. Eso sí es un privilegio y yo, gracias a Dios, lo tengo.


Y es que la diferencia de ayer a hoy, a la misma hora, es que ayer paseaba por esos campos de Minaya que me reconstruyen la mente y el alma; y ahora ya estoy en Getafe preparando esa agenda de la semana envuelta en retos, objetivos y tensiones. Es lo que hay: campo o ciudad.

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