domingo, 27 de julio de 2014

27.07.2014... días de vino y silencio!




Y como últimamente, despedimos el domingo tras un fin de semana fantástico en esa Mancha que me atrapa, en ese Minaya en el que las raíces terminan por agarrarme cada vez que estoy.

Un fin de semana en familia, con sobrinos y con tiempo para la lectura, la reflexión, la música, el silencio y algo de running.
















Ayer, para variar, como el calor apretaba bastante, estuvimos en la piscina del Club. Es la única forma de ver ya padres a aquellos que como yo, fueron los chavales que ahora son nuestros hijos. Los recuerdos se amontonan. Poco ha cambiado todo, sí hemos cambiado nosotros.

Por la tarde hice unos kilómetros por ese camino que lleva a las Casas de Gachas y que pasa por esos pequeños olivares de mi familia. 



Pasa también por unas viñas que al contemplarlas, según baja el sol, es como reunirte con aquellos dioses que te incitaban a ese vino rojizo, denso, de altos olores a tierras que envolvían los cerebros con músicas evangélicas. El vino de esta tierra es duro, como sus gentes, hecho para compartir con buen jamón y queso, con buenas carnes y, sobre todo, por la mejor compañía.
De vuelta, con 11 kms en las piernas y los pies llenos de polvo del camino, nada como contemplar nuevamente -nunca me canso- esa inmensa puesta de sol de Minaya. Es una inmensidad de luz, una danza de color, que simplemente puedes dar gracias a Él por permitirte estar ahí.



Esta mañana regué por última vez el huerto, acariciando esos tomates ya verdosos en sus matas, y esos pimientos que están gritando ser fritos y envueltos en pan aceitoso. 


Es curioso pero qué rico está todo lo calórico. Ese olor de pimientos fritos me recuerda a siempre. Muchas veces son olores que han pasado de casa de mis abuelos a casa de mis padres y ahora, finalmente, a la mía.

Despertar en mi casa de Minaya es despertar en el paraíso. Sentarme solo, en el porche, contemplando el cielo. Más allá del cantar alegre de los pájaros no escucho nada hasta esas horas puntas que repican las campañas de la iglesia recordando que el tiempo existe.

Decía Thoureau que "para estar solo considero necesario escapar del presente. Me evito." Qué razón, cuántas razones en sus escritos. Yo lo comparto. A veces me siento egoísta por esa necesidad mía de estar a solas, en silencio, fuera de todo. Una necesidad que se acrecienta con los años, con la vida, con esa desesperada vida que uno se hace.

Construimos nuestras vidas alojadas sobre un materialismo absurdo. Nos sentimos mal cuando no poseemos cosas que realmente no nos aportan nada. No nos sentimos cómodos con lo simple, nos rodeamos de lo difícil. Y cuando estamos así, sintiendo eso, lo más simple, lo humanamente sencillo que es estar sentado contemplando el cielo y escuchando el silencio, entonces nos damos cuenta del valor de lugares así, frente a esos otros que nos llenan de un consumo material absurdo.


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