domingo, 19 de enero de 2014

18 de enero, sábado.

Estos días pasados, esta semana, ha sido tan particularmente rara que no encuentro forma de poder describirla con esas palabras que digan lo que no quiero decir. Mis días fueron como uno de esos valores bursátiles que suben y bajan el precio sin control, sin un motivo aparente, volviendo locos a los broker deseosos  de convertirse en gurús financieros del siglo. He ido y venido, he tenido picos de euforia y baches, he llegado a confundirme conmigo mismo y encontrarme. Y aquí estoy ahora, en la tranquilidad del sillón y el hogar, preguntándome nuevamente por eso que llamamos felicidad.
No sé por qué uno llega a asumir que su felicidad depende de los demás. Si culpamos siempre a los demás de nuestras miserias parece que así descargamos nuestra culpa. Es como si confesamos nuestros pecados y pensamos que así ya estamos exentos de culpabilidad. Y así construimos nuestro mundo, un mundo de penas al que en soledad nos adentramos cuando vamos perdiendo nuestras vidas.


Espero todos los sábados el artículo que publica Antonio Muñoz Molina en Babelia,  el suplemento literario de El País. Leo los suplementos literarios cuando encuentro ese momento de tranquilidad que me permite degustarlos sin prisa, huído del resto. El de hoy lo titula 'Libros de guardia' y lo reseño aquí porque, casualmente, comparto con él esos textos a los que vuelves siempre, de los que no te separas y que son los que llevarías contigo a todas partes, los que te acompañan. Yo, en esas manías mías, los tengo en todos esos lugares que voy habitando: en casa, en el pueblo y en la playa. Alguno de ellos, también, por por qué no decir, en la oficina.
Termina Muñoz Molina su maravilloso artículo con estas palabras: "Sin Montaigne y Emerson Thoreau no habría existido. De Thoureau vienen en línea recta militancias tan contemporáneas como la de los derechos civiles y la ecología. Gandhi leyó a Thoreau en la cárcel, y Luther King en la Universidad. Walden y los Ensayos de Montaigne son dos de mis libros de guardia. Con ellos y con un Quijote, un Juan de Mairena, un libro del desasosiego, un volumen de Emily Dickinson, me podría retirar durante bastante tiempo a una cabaña en el bosque." Yo le añadiría, y añado, alguno más: la Biblia y unas obras completas de Pedro Salinas.

1 comentario:

  1. ¿Puede ser que nuestro entorno social y personal influya tanto en nuestro ánimo o desánimo que consecuentemente provoquen nuestros comportamientos?. Parte de ello hay, y ante tal fenómeno, es conveniente anticiparse con el dominio de nuestro pensar, porque para escoger sí que somos libres. Los fenómenos opuestos a nuestro interés, al descuidarnos, se anticipan y nos comen el coco.
    Si salimos del área propia materialista en la que inevitablemente también nos movemos, concluimos en que existe dos fenómenos externos a los que bien a uno u a otro —libremente— le damos entrada en nuestro espíritu y que podemos definirlos como 'El Bien' y el 'Mal'. Siempre que estemos despiertos para elegir entre los dos, no tengamos duda en hacerlo por el primero que es el que siempre nos dará las alegrías o esperanzas, según necesitemos.
    Y resumiendo: Este putito mundo no es el tuyo, no es el mío, y no lo es de toda persona de buena voluntad. Así es que ello es lo que motiva nuestro ánimo o desánimo.
    Cuídate,
    Un abrazo

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