jueves, 16 de mayo de 2013

111.5.13. Venía en el tren esta noche, de regreso a casa, como todos los días.  Y también como casi todos, por desgracia, ha subido en el vagón una de esas personas que por maldita necesidad -entendemos y creemos- se ve en la humillación y obligación de pedir una ayuda. El discurso suele ser el mismo de todos, prácticamente con el mismo tono. Reconozco que a veces esto me mosquea. Pero últimamente, como en este caso, ya no son de esos jóvenes en la mayoría inmigrantes, casi en edad de buscarse la vida más que vivir de la limosna, no, son españoles de edades entre los 50 y 60 años. Relataba el hombre de seguido, que además de la edad, estaba impedido para trabajar por diversas operaciones.  He dejado de leer y le he escuchado hasta el final, tal vez por eso, por ser alguien mayor. Me ha puesto los pelos de punta, sinceramente.
Cuando ha terminado iba parándose uno a uno solicitando esa ayuda 'para poder comer'. Me he fijado en quienes se metían la mano en el bolsillo y le daban unas monedas. Es un ejercicio de curiosidad que nos pone en su sitio a cada uno. Nunca lo había hecho. Han sido unos cuantos los que han ayudado a ese hombre, a ese señor. Lo más chocante es que casi todos los que lo han hecho, por su forma de vestir, por  su apariencia, no tenían pinta de que les sobrase mucho al final de mes. 
Casi siempre ayuda más el que menos tiene.  El que más tiene suele volverse egoísta, el que poco tiene lo da.

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