Escribir cuando termina el día es un acto de inteligencia, de fe y de desahogo personal. Es el momento en el que te desprendes de todo lo vivido, el instante para dejar en la memoria del papel lo que merece la pena y lo que no, lanzarlo con fuerza a la papelera.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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