No se escribe para nadie, escribimos para ese yo que nos lee y ese otro que habita entre las tapas del cuaderno. Siempre hay alguien tras una palabra escrita.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
Como la secuencia de un fotograma ...
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