Por ahí, perdidos de todo pero encontrados por si mismos, se encuentran los verdaderos discípulos de los dioses. Son pequeños, no tan inmensurables como Él, aunque grandes entre tanto chikilicuatre que estamos, pero sin ser vistos -tan solo por aquellos que les necesitan- día a día, sin descanso, sin cansancio, transmiten el Amor en mayúsculas, el Amor desinteresado, ese Amor humano que les hace grandes, ese que se da para no recibir. Y otros nos dedicamos a mirar, a dejar pasar, a incordiar, a volvernos hacia otro lado. Qué poco costaría hacer, agradecer.
Hay una frase que deberíamos repetirnos de vez en cuando: el pasado, pasado es. No podemos modificarlo. Podemos comprenderlo, aprender de él, pedir perdón por nuestros errores, perdonar a quienes nos hicieron daño y, si es necesario, llorar aquello que perdimos.
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