lunes, 7 de agosto de 2017

07.08.2017... Semblanzas de Verano VII: esos pequeños dioses!

No dejo de pensar, en estos días, lo importante que es estar cerca de las personas para conocerlas realmente. Creemos que nos conocemos por el mero hecho de pasar más o menos ratos juntos, pero no nos damos cuenta que tal vez perdemos los momentos más importantes, esos que te hacen sentir, comprender, realmente al otro.

Reflexiono y medito mucho, este verano, sobre nuestros adolescentes, nuestros hijos: esa generación que viene por detrás y que más pronto que tarde tomarán nuestro relevo.

La persona se va haciendo poco a poco y va construyendo bajo sus pies la base de su futuro.

Tengo, y no me importa decirlo porque si fuera lo contrario también lo diría, la suerte de tener un hijo extraordinario en el que confío y creo. Tengo, en estos momentos, un adolescente con cuerpo de hombre, con un corazón infinito, una capacidad inmensa, un carácter fuerte y, como casi todos los de su edad, con ganas de comerse el mundo.



Lo bueno de los veranos, de estos que quedan, es que recuperas tiempo y te permiten conversar de una manera diferente al resto del año: tranquilo, en chancletas y en pantalones cortos, casi de igual a igual. Te das cuenta de lo que te vas perdiendo y te das cuenta, también, de lo que desde tu punto de vista debes ir corrigiendo.

Algo que me tiene preocupado es el cambio de valores en estos jóvenes; el cambio de valores y de prioridades. La culpa no la tienen ellos, ni siquiera podemos culpar a la sociedad que nos rodea: la culpa la tenemos sus mayores, nosotros.

Les hemos acostumbrado a tener todo y a no valorar nada. Les hemos enseñado que lo que para nosotros supone un esfuerzo y sacrificio, para ellos no supone ningún tipo de esfuerzo. Crecen pensando que todo en la vida es tan fácil como salir a la calle y obtenerlo.

Por ello, digo y me afirmo, que los primeros culpables somos los padres.

Cuando yo tenía la edad de mi hijo si quería algo, una bici nueva, unas zapatillas de moda o cualquier cosa, sabía que tenía que ganármelo en casa con esfuerzo, a  base de comportamiento, con el ahorro de las propinas y, aun así, me quedaba sin muchas de las cosas que deseaba. En aquel momento a lo mejor no lo entendía, ahora sí.

Mis referentes, en aquél entonces, eran los grandes empresarios y banqueros (los bancos eran otra cosa); los políticos de entonces, que buscaban los consensos y trabajaban por sacar a este país del lastre de la dictadura.

En aquel entonces no tenía muchos ídolos del deporte, pero seguro alguno había más allá de Hugo Sánchez, Arteche o Santana.

Tenía mis dioses, claro que sí. Ya comenzaba a buscar e indagar en la filosofía y la espiritualidad. Comenzaba a dejar de lado esos catecismos rancios que durante ocho años me hacían aprender en los salesianos, y leía a otros autores cristianos, hinduistas y budistas.

Los referentes de los adolescentes, de mi hijo y todos los de su edad, son esos niñatos que se creen dioses y les pagan cientos de millones por jugar al fútbol en un equipo o en otro.

Son todos esos que se creen guapos porque llevan un peluquero personal que diariamente les peina las cejas. Que piensan que tienen amigos porque todos los que les rodean les hacen la pelota y ríen las gracias. O esos que se presentan ante un juez, por engañar, presuntamente al fisco y decirle que está allí sentado porque se llama tal o cual… y en la puerta, como si de un héroe se tratara, los fans aplauden como locos y le alaban por tan inteligentes palabras.

Pero es que estos chavales, que no son dioses pero les hacen que se lo crean, les pagan millones y millones tan solo por sonreír a una cámara.

O esos llamados youtuber que por el simple hecho de subir a la red vídeos de cómo juegan a tal o cuál juego de la consola se convierten en reclamos publicitarios para sus millones de seguidores. Millones de chavales atontados que les siguen como zombis mientras el que se forra es el otro.

Estos son los referentes de estos chavales de hoy que, por otro lado, a lo mejor critican a Amancio Ortega porque dona, independientemente de lo que le pueda suponer de desgravación fiscal, no sé cuántos millones de euros para la lucha contra el cáncer.

Es verdad que uno comenzó de la nada y no ha dejado de trabajar, con esfuerzo, sacrificio y tesón para crear al imperio empresarial que ha creado, además de que no porte un físico espléndido ni lleve peinados a la moda; y los otros, con veinte y pocos años, escupen billetes de cien euros.

Pero estos son los dioses de nuestros hijos y, a mí personalmente, me preocupa.

No es fácil, pero es la labor de los padres, nuestra responsabilidad, hacerles ver que la vida no es eso que les ponen en el televisor.

La vida se hace desde abajo, no desde arriba.

Los años van marcando nuestro carácter y alguien debe estar al lado nuestro corrigiendo esos desajustes que pueden ir surgiendo en el camino del crecimiento personal.

Si nadie va ajustando las tuercas, cuando terminas de crecer habrá demasiadas desajustadas y tu ser será frágil, voluble y fácil de romper.

Esa es, fundamentalmente, la labor de los padres; estar ahí, ir ajustando y engrasando las tuercas y tornillos. Dejar que se vayan acoplando unas y otras por sí solas y apretar las que queden sueltas, o aflojar aquellas que puedan pasarse de rosca.

Un padre tiene muchas responsabilidades y un deber fundamental: dejar caminando a su hijo, libre, recto, derecho, por el camino adecuado de la vida.


La cantidad de información que corre por ahí, libremente, sin filtro ninguno, hace que las mentes sean más fáciles de moldear.

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