viernes, 4 de agosto de 2017

04.08.2017... Semblanzas de Verano VI: vaya par!!

Se me van los días de forma extraña, como la vida, sin darme cuenta. Aparezco poco por estos cuadernos porque no tengo muy claro a qué dedico el tiempo más que a idas y venidas. Lo cierto es que voy reflexionando, meditando y anotando los días. Las vacaciones es lo que tienen.

Ayer leía una frase, en el inicio del capítulo 5 de ese libro inmenso que se titula Un Curso De Milagros, libro que engrosa mis lecturas de textos espirituales, que me instó a reflexionar sobre las equivocaciones que cometemos

Y es que todos cometemos equivocaciones, absolutamente todos, pero lo que no es de recibo es estar cometiendo la misma equivocación constantemente, una y otra vez.

Sin darnos cuenta, sin ser conscientes, esas equivocaciones muchas veces repercuten en personas, en otras personas y entonces esa responsabilidad nuestra se hace mayor ya que los daños colaterales no solo nos afectan a nosotros sino que repercuten en los demás. 

Creo que en los últimos cuatro años me he dejado tanto ir que he perdido mucho de mi y me refiero, fundamentalmente, a mi estado físico, de salud y, por ende, a mi equilibrio espiritual.

Cuando salgo a correr noto que mi forma física está al nivel prácticamente de cuando comencé. No es fácil recuperar hábitos perdidos, pero lo que se ha hecho quiere decirse que puede volverse a hacer.




Pero no es solo eso. Las equivocaciones que nos rodean no solo tienen que ver con nuestros estados físicos o mentales.

Tengo un gran amigo, y tal vez que por eso lo sea, que debe ser igual de raro que yo o yo que él. Debemos ser los dos únicos raros del planeta o que, por casualidad o causalidad, nos toca vivir las mismas o parecidas rarezas.

A veces pienso que en vez de raros lo que somos es gilipollas. 

Nuestra vida viene transcurriendo más o menos en paralelo desde que nos conocemos. Eso hace que sepamos siempre el uno del otro, que conozcamos del uno y del otro y que, con nuestras diferencias, con nuestros defectos, pero también con ciertas virtudes, que aunque cueste verlas las tenemos, nos comprendamos el uno al otro. Cuando uno da un traspié, ahí está el otro;  si el traspié lo damos juntos, pues nos sujetamos. 

He de ser sincero y reconocer que él me ha sujetado más veces a mi que yo a él.

No sé si esto es una verdadera relación de amistad, pero sí sé que es lo más cercano que conozco a sentirse amigo de alguien y ser correspondido. 

Yo soy más paciente y el más valiente. Él se lanza al abismo sin pensar muchas veces las consecuencias y yo trato de meditar algo más. Lo cierto es que ambos solemos obtener el mismo resultado, más o menos, y nos sentimos igual de imbéciles la mayoría de las veces. Tanto, que hemos llegado a pensar que el resto de los que nos rodean, más o menos cercanos, más que raros lo que verdaderamente piensan es que somos gilipollas y, por eso, nos tratan como a tales. 

El caso es que esta mañana hablamos sobre el valor de las cosas, el esfuerzo que supone conseguir, tener, llegar a ser lo que sea y el poco valor que le dan aquellos que muchas veces nos rodean ya sea en un círculo cercano o lejano. Eso, en ocasiones, nos provoca controversias y, por qué no decirlo, ciertas desilusiones vitales.

Tendemos a olvidarnos pronto de lo que cuesta ganar las cosas, sobre todo,  lo olvida más rápidamente aquél que tiene todo pero no le ha costado nada ganarlo.

Parece que cuando tenemos algo, nos cansamos y queremos otra cosa diferente. Aquello pierde el valor y lo gana el deseo en lo que no se posee. Esto no solo es un disparate sino que significa, también, caer en esa enfermedad sistémica que es el no esforzarse por nada y el no valorar nada.

Últimamente, en este ir y venir espiritual o reflexivo, me hago muchas veces la pregunta del ¿para qué? 

¿Para qué tanto esfuerzo?
¿Para qué pensar tanto en los demás?
¿Para qué todo esto?

Y es que tal vez, como reflexionaba en el inicio, cometa siempre las mismas equivocaciones y no escuche a esa voz interna que cada vez me da más avisos y me viene diciendo que siempre caigo en el mismo error que no escucho nunca las señales.

A lo mejor hay que escuchar más nuestro yo interior y dejar pasar esas voces externas que lo único que hacen es confundirnos, desilusionarnos y abocarnos una y otra vez hacia la misma equivocación de siempre.

Tal vez sea eso, que debemos comenzar a pensar más en uno mismo y preocuparnos lo justo de los demás. No quiero con esto que se sea egoísta, para nada. Lo que sí digo es que se sea un poco egoísta con uno mismo.

Decía mi amigo que la vida no deja de exigirnos que que vamos constantemente pensando en esas exigencias que nos marcan el resto cuando ni siquiera luego valoran, cuanto ni más agradecen.

Busquemos nuestro sentir y nuestro momento. Agradezcamonos a nosotros mismos nuestro ser y, sobre todo, no caigamos una y otra vez en las mismas equivocaciones. La vida es una y nosotros, uno también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario