miércoles, 5 de julio de 2017

05.07.2017... Horror!

Leía esta mañana, mientras tomaba un rápido café, una noticia de esas que no solo ponen los pelos de punta sino que hacen dudar de la condición humana. Bajo la aparente imagen de un tipo de mirada tranquila, sosegada, con un peinado algo hipster para estar en prisión, un 'padre' (¿?) se declara confeso, con toda la tranquilidad del mundo, de haber asesinado con una sierra radial a Amaya y Candela, sus pequeñas hijas de 4 y 9 años: «Reconozco los hechos de los que se me acusa».

«Las situaciones que viven las personas a veces son límite y se toman decisiones de las que hoy me arrepiento y pido perdón por ello, y no tengo manera de solucionarlo», ha declarado el hijoputa este.

¿Qué limite? ¿Dónde está ese límite?

Un informe psiquiátrico, que le fue realizado por especialistas, niega que padezca ningún trastorno que le impida tener conciencia de sus actos.



Mientras leía esta escalofriante noticia, ejemplo de que la maldad no tiene limite en el género humano, pensaba en mi hijo. Pensaba en la agradable conversación que mantuvimos anoche, hablando de sus cosas, de sus ilusiones adolescentes. Esa adolescencia que todos hemos vivido y que no por ello se comprende mejor o peor. Esa adolescencia que se llena de rebeldía e ilusiones; de poesía y emociones. Tener momentos así es un lujo y uno marcha a la cama con una sensación de plena felicidad. Tal vez no se lo diga mucho, pero me siento muy orgulloso de él. Pensaba que si algo he tenido claro en mi vida es que la daría, sin dudarlo, por él en cualquier instante. Por eso siento que el máximo amor, el más puro, que puede sentir un ser humano es el de unos padres hacia sus hijos y el de esos hijos hacia sus padres.

¿Cómo alguien, en su sano juicio, puede cometer unos hechos de tal extrema brutalidad como es acabar con la vida de sus hijos teniendo plena consciencia de lo que estás haciendo? ¿Qué merece un tipo así? Lo siento, o no, pero la prisión de por vida se me queda corto.

Todavía me asombro, de verdad, con la mente humana, esa mente que dirige nuestros actos en cada momento y que es capaz de los más atroces delirios y acciones.

En fin, seguiré con mis conferencias sobre coaching y liderazgo.

A las 8.30h de esta mañana estaba tomando café, tras caminar algo más de 4 kilómetros por las calles de un cálido Madrid. Seguidamente, sin mucho más tiempo para la reflexión, me he envuelto en papeles y presentaciones varias y variadas que reclaman mi atención como si fueran nuevas. No lo son. Las he repasado cada día, las corrijo y recorrijo y, en las últimas noches, hasta me han provocado sueños que, de seguro, no se corresponden con la realidad.

Es ese maldito exceso de responsabilidad, es esa excesiva exigencia que me acompaña desde siempre. No permitirme, a mi mismo, ni un milímetro de error en lo que hago, siendo luego el más imperfecto de los imperfectos. Y uno es lo que es, con sus más y sus menos. La valía de cada uno no depende de lo que se haga, todos somos valiosos. Puede ser que alguien tenga una expectativa sobre otro y luego el resultado no sea el esperado, eso no es que la persona no valga, eso es, simplemente, que a lo mejor uno no llega dónde otros esperan que llegue. Nos exigimos en exceso y eso nos machaca física e intelectualmente.

Hoy tendría que haber escrito sobre las emociones, pero no es el día. Tal vez me encuentre demasiado tenso o, simplemente, también, uno deba dejar descansar los pensamientos para poder objetivar en sus escritos. Es verdad que a veces lo que se debería escribir no es lo que se escribe.

Vamos caminando y en muchas ocasiones no somos conscientes de nuestros actos. Andamos y andamos, incluso dando codazos a cada paso. Esos codazos duelen; el dolor es humano y fruto de una sensibilidad extraordinaria. Los versos sienten y se sienten en libertad sin pensar que donde llegan posan.

Un hombre camina, deambula, pero nunca debe perder de vista lo que le rodea. Si lo perdemos de vista, si vamos como si estuviésemos solos en el camino, no nos daremos cuenta del daño que en ciertos momentos podemos provocar.

Hay que mirarse más al espejo, y lo dice un coach vestido de filósofo y poeta, aunque no lo parezca.

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