martes, 2 de mayo de 2017

02.05.2017... Volvemos al ruido!

Cuando uno consigue escapar, aunque solo sea por unos días, de esa cárcel virtual a la que no me acostumbro -y menos con los años que vamos echando a la espalda-, me doy cuenta que la mayoría de las gentes, con sus más y sus menos, con sus cosas, con sus aromas y miserias, viven de espaldas a ese monstruo que llamamos 'capital', ciudad, envuelto en ruidos y tufos que desesperan.

En Minaya nadie es ajeno a lo que en el día a día ocurre. No lo son, pero lo miran desde una perspectiva distinta, casi mística.

Hoy era día de trabajo en Castilla la Mancha, un día de trabajo cualquiera tras un fin de semana largo. 

Las calles tranquilas, los alrededores del ayuntamiento con algo más de gentes; es el centro de un pueblo extenso pero cada vez más pequeño en habitantes. 

El canto de los pájaros que sobrevuelan los tejados animando al despertar. En el campo hoy se notaba otro movimiento, tranquilo, pero siempre preocupado por el futuro de la siembra que sufre las inclemencias del tiempo.

En el estanco, donde entre muchas cosas también venden la prensa, con una atención siempre educada y cálida, con ritmo atento pero envuelto en serenidad ,cuando he ido a por los periódicos ya no tenían El País. Faltaba uno o, de seguro, no contaban con este cliente poco habitual en un día como el de hoy.

Al poco de estar en casa, Paqui ha llegado con ese periódico que yo acostumbro a leer, junto con otros, todos los días. No sé cómo lo ha localizado, sí sé que se ha molestado en hacérmelo llegar como uno de esos detalles que distinguen la vecindad de los pueblos, siempre humana, frente al tumultuoso anonimato individualista que acostumbramos a vivir en la ciudad.



Ahora ya regresado, apenado como siempre, envuelto en contradicciones místicas, en lo que uno querría y lo que puede; lo que realmente queremos, o nos gustaría, pero no hacemos. Dicen que el verdadero cambio comienza con uno mismo. Si sé, si siento, lo que me genera un estado de auténtica sensación de paz, serenidad y tranquilidad, qué hago emborrachándome siempre de tanto ruido.

Dejo atrás mis meditaciones, mis paseos, mis sesiones running por el campo. Dejo atrás esa mente pacificada y equilibrada para volver a ese vacío que provocan ciudades como la mía. Dejo mis silencios, que aquí me es tan difícil encontrar.

Y quiero terminar el día con esta foto de las golondrinas; esas golondrinas que me han acompañado este fin de semana y que no sé si volveré a ver.

Ayer escribía (aquí) que temprano las encontré en el plafón del descansillo de entrada a la casa. Anoche, antes de ir a dormir, salí a deleitarme, por última vez antes de volver, ese cielo estrellado y buscar entre todas las estrellas la más poética, que sé me mira, y siempre está. Sin encender la luz vi dos elegantes colas  asomaban tras el plafón de la luz. Di la vuelta, sigilosamente y allí estaban. Allí estaba la pareja de golondrinas que habían vuelto a pasar la noche a cubierto.

Me resultó emocionante y poético. La naturaleza es así. Allí estaban acurrucadas buscando el sueño y el calor mutuo. El macho y la hembra. El macho que ayer por la mañana, nervioso, intentaba asustarme pensando su pareja corría peligro. Lo que no saben las golondrinas, es que me acompañan desde mi niñez y siempre me hacen sentir ese poeta que no seré. Sería incapaz de hacer daño a un mosquito, menos a un ser tan bello.

Esta mañana volví a ver si estaban. Habían marchado ya. Es día laborable. Imagino volverán en la noche. Imagino también, no sé, que es muy posible, si sienten que los vecinos no están estos días, anidarán para la cría.

Y qué cierto es, imágenes así no se ven por aquí.

Volvemos al ruido amigos.

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