domingo, 4 de diciembre de 2016

04.12.2016... La envidia.

Ayer me dormí escuchando el sonido arrítmico de las gotas de lluvia sobre el tejado. He despertado con el mismo sonido, tanto es así que he tenido que mirar el reloj porque pensaba que no me había quedado dormido y todavía, somnoliento, me encontraba en la noche anterior.

Este otoño tengo la sensación de que la lluvia ha superado los días de sol. Tal vez eso nos mantiene más somnolientos, amodorrados.

La sesión larga de running con C ha vuelto a caer. De momento me provoca una especie de desazón que va mermando a lo largo de la mañana aunque, como hoy, haya decidido antes de la comida, calzarme las zapatillas y salir a hacer unos kilómetros por las calles mojadas del pueblo. No mucho, pero lo justo para soltar mis venenos en cada zancada.



La semana ha estado impregnada de momentos de esos que podemos sentir como poéticos, pero es cierto que otros se convierten en verdaderas pruebas de paciencia, de análisis y reflexión.

Hay mucho escrito sobre la envidia. Yo mismo, creo, he escrito varias veces por aquí sobre ese sentimiento, o estado, que provoca en la persona que lo padece dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles. La RAE ha definido la envidia como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee.

La envidia es uno de los grandes defectos de este país. Para mi siempre ha habido dos tipos de envidia: la sana y la maligna. La envidia sana es esa que utilizamos cuando nos alegramos de los éxitos de los demás, de su mejor ser o vivir, de su progreso. Es esa 'envidia' que te genera un sentimiento de motivación por el bien del resto. Es más un dicho, una manera de expresar la alegría.

Pero decía mi gran amigo Aristóteles que "La envidia es el dolor que causa la prosperidad de los otros." 

La envidia maligna, esa más generalizada en nuestra sociedad, es la dañina, esa del 'quiero y no puedo', esa que culpa de todos los males o situaciones a los demás. La envidia maligna es peligrosísima porque a veces pone en juego la confianza del resto. La envidia maligna hace un daño brutal sobre aquél que la siente pero, en ocasiones, también sobre los que le rodean.

Estas personas que sienten constante envidia, de todo y de todos, suelen estar amargadas o frustradas porque no disfrutan de lo que tienen, de la vida, de lo que les rodea.

La envidia maligna desemboca en sentimientos negativos que provocan estados emocionales como el rencor, la avaricia, el odio o la frustración. 

Hoy, mientras corría por esos paseos, tapados por las hojas caídas de los árboles, convertidos en verdaderas postales otoñales, disfrutando de esos kilómetros meditativos, repasando situaciones, analizando, como siempre, el porqué de ciertos comportamientos, llego a la conclusión que yo mismo no soy capaz de responder a ciertas situaciones.

Hay personas que, por su propia naturaleza, son liantes, les gusta enredar. Son esas personas que ni han hecho ni van a hacer nada más en la vida que dedicarse a hablar de unos y otros, criticar y enjuiciar, porque su mundo se reduce a eso. Detrás de esto se pueden esconder muchas patologías, pero la más coincidente y peligrosa es la envidia. En vez de disfrutar de su vida, o preguntarse el porqué de su vida, se hacen la pregunta contraria y negativa para ellos: ¿por qué unos u otros son o tienen más que yo? Para avanzar en su vida, lo primero que deberían preguntarse, por contra, es ¿por qué yo no soy o no tengo?

Otro de mis amigos, Arthur Schopenhauer, decía que "la envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren".

No existe la suerte ni la casualidad. 

Las cosas se ganan con esfuerzo, con sacrificio y renunciando a mucho. No se puede tener todo. No se puede trabajar poco y querer vivir como el que trabaja mucho. No se corre un maratón sin entrenar, ni se termina una carrera sin estudiar. 

Todo aquello que viene sin esfuerzo o sin merecer, se va de la misma forma.

No soy yo quién, ni nadie lo es, para juzgar si una persona merece o no algo: ganar más, mejores cargos, vivir mejor. Si sé que muchos merecen mucho más que otros y la vida, aún sin dejar de intentar, todavía no ha tratado bien; tal vez, otros muchos, no merecerían lo que tienen. Mi problema, en todo caso, no es estar pendiente ni preocupado por los que tienen sin, según mi juicio, merecer. Por eso juzgar a otros suele ser una pérdida de tiempo.

Mi problema, es y será, apostar, ayudar en lo que pueda y animar a aquellos que no se rinden nunca, pase lo que pase, que tienen proyectos y metas por los que se sacrifican, que no tiran nunca la toalla porque no dejan de creer en ellos. Estoy seguro que, tarde o temprano, les llegará su momento, triunfarán y tendrán éxito. Mi aplauso lo van a tener siempre, mientras lo están intentando y cuando lo consigan.

El problema del envidioso es que siempre piensa que lo que tienen los demás es porque se lo han quitado a él; o que si el resto tuviera menos ellos tendrían más. No se paran a pensar, si piensan, que los que tienen lo hacen a costa de un sacrificio y esfuerzo muchas veces impagable.

No merece el éxito aquel que lo espera de brazos cruzados.

De todos los proyectos que uno lleva en marcha, que uno emprende, unos van y otros no, unos siguen y otros van cayendo por el camino, eso sí, me levanto todos los días con una inmensa ilusión y pasión porque todo avance y salga lo mejor posible y, si puede ser, que a todos aquellos que me importan y me rodean, les vaya muy bien las cosas. 

Y dicho esto, por no decir más y porque siempre he pensado lo que comentaba al inicio: uno de nuestros mayores males es la envidia que sentimos hacia el otro, el de enfrente, el vecino, el compañero, el 'amigo'. 

A los envidiosos así les va.

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