sábado, 5 de noviembre de 2016

05.11.2016... Divagaciones de sábado por la tarde II.

Llueve durante todo el día y eso provoca que volvamos a resguardarnos en la paz de la casa, entre libros, entre versos y filosofías, convirtiendo la tarde del sábado en un enjuague perfecto de pensamientos.

Y pensaba, entre otras muchas cosas, que en España, como siempre, parece que lo que más ha preocupado estos días pasados, es aquello que demuestra el nivel de estupidez que nos viene acompañando en los últimos años, ejemplo de ello sea: la cobra de Bisbal y Chenoa en un concierto. 

En cambio, cientos de noticias que merecen una profunda reflexión, parece pasan desapercibidas o ni siquiera se les presta la atención o análisis que deberíamos. 

Tal vez pasen como desapercibido porque preferimos dar la espalda, mirar para otro lado o no caer en un debate en el que deberíamos reflexionar sobre la parte de responsabilidad que tenemos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.

Hace unos días, una niña de 12 años ha muerto al ingerir una cantidad ingente de alcohol mientras hacía botellón con sus amigos, en un parque de un municipio madrileño. 

Es verdad que el señor Bisbal, del que no me gusta su música pero respeto, no quiso ejercer de generador de fotos morbosas y especulaciones tontas, a un público necesitado de fantasías e historias sacadas de contexto. Sabía que ese beso provocaría una serie de comentarios histéricos, en un país que se alimenta de las historias de los demás para tapar sus miserias. ¿Y qué si besó o no besó? ¿Y qué si quiso o no quiso? ¿Es tan importante como para ser noticia de telediario?



Casi a la vez, miles de  padres han decidido ponerse en huelga y debaten sobre si los chavales deben llevar a casa más o menos deberes del colegio. No toca dar mi opinión sobre el tema pero muchos de estos padres son, en su mayoría, esos que luego, a lo mejor,  y digo a lo mejor (de todo hay y habrá) prefieren que sus hijos anden por ahí, en las calles, tentados por todo aquello que produce efectos nocivos, todavía desconocido por ellos y que, como es el caso de la niña, te pueden llevar a la muerte. 

No fuimos, ni mis hermanos ni yo, chavales de la calle. No lo fuimos no porque no hubiésemos querido, simplemente fue porque nuestros padres entendieron, en aquel entonces, criticado por nosotros, ahora agradecidos, que la calle no solo podía traer cosas malas para nosotros, también peligrosas. 

Salíamos los fines de semana, desde el viernes al domingo por la mañana; en verano, si habíamos cumplido con el deber de aprobar. 

Nuestros amigos no tenían problema, estaban en la calle desde que llegaban del colegio hasta la noche. 

"La calle es la escuela de la vida". Una frase utilizada por muchos padres para defender que, mientras ellos están en sus cosas, es mejor que sus hijos estén en la calle para no molestar. La escuela de la vida es la propia vida, esté dónde esté; la filosofía, la educación paterna y escolar. Lo que sí está claro es que en la calle se puede encontrar lo peor de la mala vida.

De todos aquellos amigos y conocidos nuestros de entonces, aquellos que vivían más en la calle que en sus casas,  la gran mayoría son excelentes hombres y, a estas alturas, padres, y no precisamente por haber paseado sus mocos por el asfalto diariamente. Pero los hubo, de uno y otro barrio, que quedaron en el camino porque sí pasaron las líneas establecidas y decidieron dejarse tentar por los peligros. 

Todos, saliésemos más o menos, teníamos al alcance aquellos males de la época: alcohol y drogas.

Todos rozamos, olimos, sentimos los peligros. Pero había algo importante que a mí sí me han enseñado mis padres e hizo que hoy estemos donde estamos: los adultos, los padres, deben estar siempre vigilantes. Los nuestros lo estuvieron, creo que todavía siguen estando pendientes. En cuanto veían o notaban el más mínimo despiste, allí estaban para reconducir rápidamente aunque en aquellos momentos sus decisiones fueran protestadas y provocaran no pocos enfrentamientos. 

Estoy de acuerdo en que hay que dar confianza a los hijos; hay que permitir y dejar. Sí, pero en sus tiempos y sin perder de vista. No pasa nada por decir que No. 

Noticias como esta que hemos conocido estos días no es la primera vez que leemos o escuchamos. Esas niñas que van de un pueblo a otro, menores de 15 años a altas horas de la madrugada. Esos críos que con 12 o 13 años llegan a sus casas de noche mientras sus padres se divierten por ahí o duermen como si nada.

¿Quién vende o consigue alcohol a menores? Pero ¿quién consiente que una niña de 12 años ande por ahí sin control ni vigilancia?

Autoridades, padres, educación, valores. 

Hoy es sábado. Muchos padres, y no les culpo, por no tener conflictos con los hijos, por no discutir, por no decir que no a tiempo, resignados o en una especie de pacto interesado, despreocupan o viven en vilo porque sus chavales menores a saber que andarán haciendo en esos parques donde proliferan las botellas de plástico y los litros de 'ron' del hipermercado chino del barrio, las pastillas y demás tentaciones maléficas.

A Laura, esta niña, la policía la había llevado dos veces a casa bebida. 12 años. ¿No había nadie alrededor que la cambiase de camino? ¿No hubo nadie?

Sigo con lo mío: vuelvo a reivindicar la filosofía en las aulas. La filosofía práctica, no esos rollos que muchos creen que es, porque no hay quién la enseñe con la pasión que merece. La filosofía te enseña a vivir.

Los chavales deben aprender a preguntarse, a reflexionar sobre los valores, las virtudes, la ética. Sobre el bien y el mal, sobre lo que realmente aporta felicidad.

Hemos provocado tal crisis institucional, política y educativa que se ha trasladado a una crisis social y existencial. ¿Cuántas veces tendremos que echarnos las manos a la cabeza para corregir el camino?

Solo el GADU sabe lo que nos espera con nuestros hijos. Cada uno vamos caminando a la par de los nuestros, yo del mío. Confío en él, trato de mostrarle el camino como a mi me lo mostraron. Le dejo que camine solo, incluso que se caiga y levante por él mismo pero, de momento, en estas edades hormonalmente convulsas, prefiero ser de los vigilantes, de los que están pendientes. Esto no quiere decir nada, posiblemente hará lo que tenga que hacer, dentro de los límites de saber dónde está el bien y el mal,  y posiblemente no me entere... o sí.

Pecaré de muchas cosas pero no de no haber estado pendiente y vigilante.

Y esta noche, mientras la edad y el tiempo nos lo permita, volveremos a ver una película juntos.

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