domingo, 11 de octubre de 2015

11.10.2015... De camino por Minaya, en compañía de Marwan.

Las semanas son como son; a veces nos llevan en volandas como la vida, sin darnos cuenta ni de por dónde pasamos. 

Ésta la comencé durmiendo en las islas, en Tenerife, y la concluyo soñando en estos campos míos manchegos, en Minaya. Dejamos Barcelona descansar para las siguientes semanas.

Lo cierto es que la intensidad, la acumulación de cuestiones de diferente ámbito; proyectos que se inician con esos miedos que te remueven la adrenalina, otros que nos aparecen como sin querer y algunos que van aplazándose por falta de concentración, hacen necesarias las paradas, los momentos de reflexión que sólo estos caminos me permiten.



Así me he dedicado, sobre todo hoy, a recorrer estos caminos que desahogan mis pensamientos. Y lo he hecho en compañía de la música de Marwan.

Y es que algunos tendemos a envolvernos siempre en historias complicadas. Nos absorben, rodean y arrastran. Algunas las convertimos en bellos versos y otras, en sorbos amargos, como ese mal tequila nocturno que te desmaya en la mañana. Y así caminamos y caminamos, como por estos caminos repletos de riscos, alguno puntiagudo que se clava en la suela de la zapatilla, atravesando y dejando un recuerdo en la piel.

He descubierto a este poeta, MarwanMarwan Abu-Tahoun Recio gracias a una desconocida-conocida en la casualidad. Curiosamente de las casualidades es de lo único que no me he arrepentido en la vida, tal vez por eso, porque la casualidad aparece o desaparece de la misma manera: casualmente. Aprendes a dejarte ir con las casualidades porque siempre los mejores versos surgen así: cuando te dejas llevar, sin marcar límites. El caso es que leí un maravilloso artículo suyo,  reseñaba uno de los libros de este autor y, en su búsqueda poética, encontré también su música.

Marwan es un trovador de la vida, un poeta y cantautor. Lo incluyo ya entre mis mejores: ese Ismael Serrano, mi Aute, Vanesa Martín o Andrés Suárez. Su música hay que escucharla sintiendo y viviendo cada estrofa como un suspiro de vida. Si además lo haces mientras caminas, bajo un cielo nuboso, tormentoso,  respirando ese perfume a tierra mojada, conviertes cada paso en el más bello momento.

Hace poco me comentaba uno de esos amigos que uno tiene, que qué hacía un tipo como yo, entre poeta y cultureta, entre bohemio e idealista, entre sensiblero y soñador, amante de cantautores más afines a la izquierda, militando en un partido de derechas. A veces hasta yo me lo he preguntado pero, ciertamente, la confusión de muchos hace que no se entiendan las grandezas de unos pocos.

Ganamos la vida o la perdemos en cada segundo que vivimos. Despertamos creyéndonos dueños del mundo y ni siquiera somos dueños de nosotros. Tenemos la esperanza de que aparezca el trovador de nuestros sueños o, tal vez, esa sensual musa que nos provoque versos.

Y entonces nos sorprende la realidad y agarramos el sorbo de aire que nos llega avisándonos de que más que vivir sobrevivimos.

Que hemos elegido sobrevivir porque no sabemos vivir. Y es cuando la tristeza nos envuelve para martillear ese corazón que a duras penas, medio herido medio ensangrentado, busca con deseo ser recogido y querido.

Es la responsabilidad la que nos compromete, es ese exceso de culpabilidad, es insensatez nuestra de ir sobreviviendo sin vivir, pensando que es lo que el Eterno te ha marcado.

Entonces lloras por dentro, te peleas contigo, te retuerce la amargura y buscas la sonrisa en alguna esquina o en el fondo de una copa.

Y no. No es así. El día puede ser un verso y la vida, la que quede, un bello poema. Sólo debemos querer escribirlo o, simplemente, pensarlo y desearlo.

De camino por Minaya, uno piensa tanto que a veces se sorprende.


Feliz noche amigos.

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