martes, 4 de agosto de 2015

04.08.2015... Ensoñaciones bohemias!

Hay veces que uno despierta, se levanta y se pone frente al café,  con más o menos ganas de escribir. 

No sabe el qué y ni siquiera el cómo, no sabe si coger cuaderno y  boli, teclear en el portátil o utilizar la aplicación de Notas del smartphone. Simplemente siente necesidad de escribir.



Es como si en la noche la mente hubiera vagabundeado, sin ataduras, en pensamientos inciertos; como si hubiese soñado con historias inconexas o, tal vez, el sueño le hubiera hecho viajar a ese idílico pueblo, en esa idílica casa, repleta de libros y botellas de buen whisky de malta, con una vieja olivetti sobre una gran mesa, frente a una gran ventana al campo infinito, donde las cuartillas repletas de palabras y relatos, de versos y poemas, se agolpan creando un perfume añejo de tinta y dando forma a la vida de ese bohemio personaje dedicado a la literatura. 

Ahora aquí,  frente al café,  no surgen más que estas líneas desfasadas que le recuerdan a uno quién es y quién no es. 

Sentado como, cada año por estas fechas, en la terraza del Restaurante/Bar Cristina, vetusto pero agradable, con la señora Cristina al mando del establecimiento, asumiendo que sólo a ratos puedes sentirte como ese bohemio dedicado a la mística literaria, al crecimiento del espíritu y la paz que supone lo simple. 

Tal vez es porque pienso que vivir en lo simple, es vivir en la pulcra delicadeza del sentido común; valorando cada instante cómo si fuera el último, bebiendo cada sorbo de vida sediento de esas emociones que sólo provocan momentos así.

Creo que todos los años llego a la misma conclusión. Ocupo tiempo en calcular qué necesitaría para poder consagrar el tiempo en lo que a uno verdaderamente le gusta;  eso en lo que el placer inunda cada instante sin tener que buscar en pensamientos o sueños más o menos nocturnos. Es cuando me veo con mi pantalón corto y zapatillas, con el pelo desaliñado y la barba menos cuidada; con mis libros, cuadernos y el boli siempre a mano, como el que se enfrenta a ese duelo, en el que perder una idea o una frase supone morder las arenas del silencio.

Pero rápidamente, como dando un respingo, despierto, repasando esa prensa que nos bombardea cada verano, te das cuenta que no es tiempo de poetas ni bohemios. Es tiempo de malvados y cuentistas de la vida, defraudadores subvencionados y vividores del estado. 

Termino el café y vuelvo por dónde he venido. 

El sol se refleja en esa película de mar infinito. Despierta el día y mi hijo, en esa adolescencia que les lleva a estar constantemente enfadados con el resto del mundo, sin más motivo que el de vivir en un estado permanente de crispación, se levantará sin valorar ni el tiempo ni el privilegio que tiene de ser y, sin más, hará un tremendo esfuerzo al moverse de la cama al sillón para dedicarme un: "buenos días papá".


2 comentarios:

  1. Para dedicarte a lo que te gusta hacer necesitarás unos cuantos años más (supongo), los necesarios para pasar a la condición de aquel que se dedica al jubilo (jubilado) y no al negocio (no-ocio). Eso si no surgen complicaciones. ;)

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    1. Tienes mucha razón Gema. Pero a veces creemos que necesitamos más de lo que real y verdaderamente nos es necesario para vivir. Es el eterno debate. Uno llega a ciertas edades cansado y lleno de absurdas necesidades normalmente materiales.
      Gracias por tus comentarios.
      Un beso

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