jueves, 9 de abril de 2015

'Qué esperamos de los políticos' por Juan Antonio Sagardoy Bengoechea

Interesante artículo...



A lo largo de la historia de la Humanidad han existido grandes políticos, políticos medianos, políticos insulsos y políticos nefastos. Y entiendo por políticos aquellas personas que aspiran al poder (como Platón los definía) o que ostentan el poder y lo utilizan para el gobierno de los asuntos públicos. Y de la acción o inacción de esos políticos han surgido situaciones muchas veces positivas para el vivir de los ciudadanos y otras muy negativas, hasta el extremo de las guerras de distinto tipo y ámbito que han golpeado a los humanos de modo inmisericorde, a lo largo de los siglos. De ahí que la calidad de los políticos, la humana y la moral, sean de una gran importancia para lograr lo que todos aspiramos en esta vida: ser felices y vivir en paz. Lo primero que llama la atención es la elección de los políticos. ¿A quién se elige? ¿Quién lo elige? En la mayoría de los puestos profesionales de cierto nivel se exige al aspirante unos conocimientos adecuados al puesto a desempeñar y normalmente contrastados con la obtención de un título. Y en esa obtención quien decide suele ser un órgano, comisión o tribunal independiente que juzga la idoneidad del aspirante. En el mundo de la política tenemos que distinguir los políticos puros y los políticos-funcionarios, es decir aquellos que se ocupan de los asuntos públicos mediante un concurso u oposición. Según mérito y capacidad, con independencia de su ideología. Parece claro que esa segunda clase de «políticos» tienen más garantías de eficacia, independencia y sapiencia que los nombrados a dedo por el «aparato» del partido. Y de ahí que resulte altamente deseable que los cambios de gobierno arrastren el menor número posible de funcionarios. Aquellas barridas de funcionarios del siglo XIX cuando caía un Gobierno, resultaron denigrantes y nefastas para la buena administración pública. Es necesario tener una estabilidad y un cuerpo sólido de funcionarios que por encima de los intereses partidistas y de corto alcance, se preocupen del bien común con criterios técnicos. De ahí que al menos a nivel de directores generales debería darse una estabilidad ajena al cambio de Gobierno. Y es que la seguridad jurídica es un bien constitucional de primer orden. Nada mejor para el bien común que un director general honesto y recto que acabe resultando incómodo al ministro de turno.

Los políticos han de ser personas con proyectos e ilusiones que poner en práctica, pues no hay política sin ideas. Un político tiene que transmitir la esperanza de que podemos conseguir un futuro mejor y dibujar con arrojo ese futuro. Y los ciudadanos estarán dispuestos a seguirle si se le explica bien el por qué y el cómo. Aunque cueste. Eso sí, le seguirán si lo que se propone es justo y equitativo en los sacrificios que conlleve respecto a lo que se propone. Tener metas claras y transmitir fuerza para conseguirlas. Y si a lo largo del partido cambian las metas hay que explicarlo muy bien.

Y en esa línea, los políticos han de tener un conocimiento cabal de la realidad social que tienen que moldear y mejorar. Tienen que conocer lo que día a día preocupa al ciudadano. Lo micro y no solo lo macro. De ahí que deban conectar con los sentimientos de los ciudadanos. Conocer la calle. Escuchar. Analizar y concluir. No se puede gobernar –y en eso la historia es magistral– con camarillas aduladoras y suficiencia de centro de estudios. Hay que bañarse en la realidad. Si no se conoce bien lo que hay que cambiar mal podrá cambiarse. Y si un político no ha bregado en su vida en el ámbito privado tendremos un serio problema.

Los políticos han de ser unos apasionados del servicio público. Tener la firme convicción de que su papel en la política es servir al cargo, no servirse de él. Ser un servidor público no un vividor de lo público. Eso resulta duro, por los oropeles y vanidad que generan el puesto que se ocupa, pero resulta clave como elemento orientador de la acción política. De ahí también que la sencillez, la ausencia de soberbia haya de ser consustancial al buen político. Si estás ahí, en lo alto, ¿por qué estás?, le pueden preguntar los ciudadanos. Si el político responde que lo está por ser listo, por ser el mejor, en lugar de porque lo han elegido los demás, estará abocado a lo peor: la soberbia en el mando.

Los políticos han de ser centrados. No se puede gobernar con ideas panteístas. Con un programa totalitario en el que no quepan otras opciones que las contenidas en él. Es imposible –salvo en los regímenes despóticos o dictatoriales– que lo que se propone y exige sea lo único bueno para el razonable vivir de los ciudadanos. Hay que dejar espacio a la divergencia. Entre otras razones porque es consustancial a la naturaleza humana. El pensamiento único ha dejado en la historia jirones de infelicidad y de muerte.

Eso no significa que no se tengan ideas claras. El político no puede ser una hoja al viento. Debe tener firmeza en sus ideas, aunque a veces no resulten «simpáticas». Como decía en estas páginas Ignacio Camacho, hay actuaciones políticas que revelan «la falta de arrojo que agarrota a unos dirigentes encogidos por su falta de convicción, dejando la política reducida a la mera función de comparsa de emotivos sentimientos primarios que anulan su verdadera grandeza: la de fijar horizontes morales y abrir las rutas para alcanzarlos».

El político es un «conductor» que debe saber a dónde va y lo que debe hacerse para llegar al destino sin graves percances. Lo contrario es una aventura, que puede tener consecuencias desastrosas.

Finalmente, los políticos tienen que ser honrados. Exquisitamente honrados. Vivir para la política, no vivir de la política. Lo decía bien Platón: «Ni la gloria, ni las riquezas, ni las dignidades merecen que despreciemos por ellas la justicia y las demás virtudes». El mal uso del poder público para obtener una ventaja ilegítima es la corrupción política. Grave depravación donde las haya puesto que con ella se está haciendo exactamente lo contrario de lo que debería hacerse: servirse del cargo en lugar de servir y honrar al cargo; y además a costa del esfuerzo y sacrificio del resto de los ciudadanos. El viejo aforismo español «pobre pero honrado» da una muestra del valor que en nuestra historia se le dio a la honra, como estima y respeto de la dignidad propia. Y si en la vida, en general, la honradez es importante, en la vida pública es fundamental. Es la clave del arco político y si se pierde es difícil, casi imposible, mantenerlo en su lugar.

Entre lo deseable y lo posible hay un largo trecho; pero solo alcanzará la política su dignidad cuando lo deseable sea una práctica normal y no un sueño inalcanzable.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea, académico numerario de la Real de Jurisprudencia y Legislación.

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